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Resumen de ponencia
La política y lo político del diálogo de saberes

Grupo de Trabajo CLACSO: Educación y vida en común

*Alejandro Pimienta Betancur



Reconociendo que la política ha desgastado el potencial del diálogo de saberes, lo ha neutralizado, lo ha vuelto útil para la hegemonía, es decir, útil para reproducir el orden social que impregna de una determinada significación las acciones, las instituciones y las cosas, es posible re-valorarlo desde lo político por la vía de su potencial educativo, lo cual se aborda en esta ponencia.
El diálogo de saberes, como discurso ha sido cooptado y se ha convertido en una práctica hegemónica que, paradójicamente, neutraliza la diferencia y la pluralidad, en tanto integra la diversidad y reclama el consenso racional entre posiciones distintas. Hoy que estamos todos incluidos en el discurso de la política, que asistimos a un discurso hegemónico multicultural y cosmopolita, estamos más excluidos que antes, cuando el discurso hegemónico de la política era liberal y explícitamente colonial.
El diálogo de saberes alude a reconocer a los otros, a las etnias, a los grupos históricamente excluidos como parte de una sociedad mayor, y por tanto el fin de la política es generar el espacio para que “todos quepan”, para que “ninguno se quede atrás” y para que vamos todos “al mismo paso”, es decir, la política como un proceso de generación de grandes consensos racionales para la búsqueda del bien común, y por supuesto, como la violencia física está proscrita de este entendimiento, el diálogo de saberes es un principio ético y una metodología válida.
El concepto de hegemonía se retoma aquí desde la perspectiva de Laclau y Mouffe (2010), y por tanto no es lo mismo que estado de dominación y supremacía política, como se entiende muchas veces desde el sentido común, sino que expresa una relación política por la cual la particularidad asume una función universal de representación. El dialogo de saberes es usado como un medio y un fin en proyectos políticos de izquierda y de derecha en todo el continente, lo cual no implica, necesariamente, que con ello se estén equilibrando las relaciones de poder inherentes a la producción de conocimientos.
No obstante, para muchos colectivos de base territorial la noción guarda una potencia explicativa, en primer lugar por su remisión a la episteme, es decir, a una producción de conocimiento que no se origina en el logos de las ciencias occidentales. Y segundo porque remite a la práctica, tanto desde la perspectiva educativa, comunicativa y de los aprendizajes como por su acción política de resistencia y reivindicación. Para estos actores, el diálogo de saberes aún tiene el potencial de aportar comprensión a esas relaciones de poder que están en la base de la producción de conocimientos y en la toma de decisiones que de allí se originan, dándole sentido a un posicionamiento ético político que dinamiza las acciones educativas, comunicativas y de movilización política con carácter emancipatorio, incluso en una perspectiva de antagonismo, lo cual, no es oposición real ni contradicción, porque estos últimos aluden a choques entre objetividades con identidades plenas y, en cambio, el antagonismo remite a una relación que muestra los límites de toda objetividad (Laclau y Mouffe, 2010:215). La hegemonía es el intento de cierre de lo social, mientras que el antagonismo el límite de ese cierre y la apertura.
Este panorama podría llevar a pensar que en cuanto a su uso, hay un diálogo de saberes en la política hegemónica y otro uso en lo político. Esta ponencia plantea algunos elementos para la comprensión de estas diferencias y desarrolla algunos elementos para su uso como técnica de producción de lo político.
A pesar de esa hegemonía, esta ponencia muestra también al diálogo de saberes como un posicionamiento de lo político, plateado a la luz de algunos casos de organizaciones sociales que tienen agencia política por el derecho al territorio en Colombia, en específico porque mantiene un potencial educativo. Esta reflexión señala que es posible y necesario recuperar el diálogo de saberes como práctica pedagógica que sirve para desnaturalizar las esencias de la política y entender la dimensión situada y específica de las prácticas, incluso para reconocer la contingencia del lugar de enunciación de cualquier discurso, incluido el propio.
En esta perspectiva, el uso del significante en toda clase de políticas y posturas de los actores hegemónicos, termina siendo un abuso para la significación. Por ejemplo, en las políticas educativas, de inclusión y de desarrollo rural en Colombia aparece tanto la idea de diálogo de saberes que se ha terminado por vaciar su significación originaria y se convierten en lo que Ernesto Laclau denomina “Significantes flotantes”, implicando que si bien se aceptan varios significados para estos términos, el abuso de uso por todo tipo de actores con diferentes intereses, ofrece un ideal de plenitud o sensación de que todo está dicho.
De esa realidad de cooptación del significante diálogo de saberes, no se debe deducir que es los actores políticos que reivindican en sus luchas un diálogo de saberes genuino deben abandonarlo y acuñar otro que refiera mejor la necesidad e interés de reconocer la pluralidad epistémica como un constitutivo del mundo, y por tanto como principio político. Eso sería no entender la lógica de la hegemonía, y que en el nuevo discurso que acuñen esos actores de base también será integrado a la realidad de la política, será usado con impunidad y se repetirá lo que las posturas decoloniales denominan la violencia epistémica. Por eso no es cuestión de cómo nombrar la cosa, no es un asunto lingüístico ni de acuñar otros discursos con “blindaje” a la cooptación. El dialogo de saberes puede y debe ser re-articulado, entendiéndolo en su dimensión política, pero no para una política liberal ni de consensos, sino para lo político, en el que el conocimiento popular sea una ciencia del pueblo (Fals Borda, 1981 y 1987), una pluralidad radical como lo nombra Chantall Mouffe (2003, 2009)
Precisando, el potencial del diálogo de saberes, y en general el potencial de los discursos que sirven a la lucha por el reconocimiento de lo particular, de la razón local, por la reivindicación de la subjetividad como un derecho, no está tanto en la política sino en lo político, en la dimensión del sujeto y por tanto en la experiencia.
La política, siguiendo a Chantall Mouffe (2009, 2014) es el orden que en un momento y espacio determinado se acepta de manera natural, por lo cual se denomina orden hegemónico, que es tanto un orden político y social. Este orden es el resultado de prácticas hegemónicas, de instituciones, acciones, formas de hacer (técnicas) y cosas, que logran reproducir un discurso determinado velando así, oscureciendo, el origen artificial y contingente de dicho orden. Pero, justamente porque toda hegemonía es un orden precario y contingente (Laclau y Mouffe, 2010), es que es posible de ser desafiado por prácticas de lo político, que intentan desarticularlo. Desarticular en esta mirada es mostrar que lo que liga un significante con su significación es una práctica que establece una lógica, y que esa lógica no es absoluta sino relacional.
Desde esta postura analítica, se entiende que ciertos discursos con denominación de origen local y con un lugar de enunciación en lo político, como el discurso del diálogo de saberes, pierden su sentido político cuando dejan de desafiar la articulación hegemónica y son incluidos, para supuestamente ser tenidos en cuenta. Ese proceso de articulación de un discurso de lo político a un determinado orden es una práctica hegemónica, que en nuestro tiempo de globalización y cosmopolitismo es cada vez más visible. Por ejemplo, desde esa lógica se entiende que en Colombia los mayores violadores de derechos humanos sean los que más hablan de derechos humanos; los mayores explotadores y especuladores del capital, son los que más proponen la ayuda al prójimo; los que arrasan con los páramos y con el agua son los que hacen las campañas de defensa del medio ambiente; los que excluyen lo diferente y lo otro, son los que defienden el reconocimiento de la interculturalidad.
La hegemonía, nunca es total porque la dimensión de lo político, asociada al antagonismo lo impide. La política es el intento de domesticar la diferencia, de atenuar lo político, culturizar el antagonismo. El éxito de la política es la creación de un nosotros total. Cuando se plantea diálogo de saberes en términos de la política, la finalidad es lograr integrar a ellos en un nosotros, que al final todos seamos un nosotros. Pero eso es imposible, porque existe lo político, eso es lo que Mouffe (2003) denominaba la paradoja democrática, siempre va a existir un ellos.
En ese sentido, el diálogo de saberes puede ser una técnica de la política o una técnica de lo político. En este último caso, el poder es un asunto central en la significación, en el entendido que justamente es el poder lo que constituye los sujetos que entran al dialogo de saberes. Lo que se dialoga no son saberes, son poderes, formas de ver y entender el poder. No necesariamente para mandar, sino para vivir.




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* Pimienta Betancur
Instituto de Estudios Regionales. Universidad de Antioquia - INER/UdeA. Medellín, Colombia