Los desastres no son naturales, sino un problema de desarrollo. Independientemente de su tipología, en cuanto son fenómenos que se ubican en el cruce representado por el punto de encuentro entre los procesos sociales y ambientales. Es la interacción de los procesos sociales como lo son la urbanización, la producción, la exclusión social, que genera el desastre.
La ponencia ubica un tema tradicionalmente pensado y reconocido como un problema de ingeniería, geología, ciencias naturales y urbanística, los desastres ‘naturales’, dentro de una perspectiva más amplia desde la cual la reflexión sobre las relaciones existentes entre desastre y vulnerabilidad social, pobreza y políticas públicas resultan en un llamado y al mismo tiempo una invitación dirigida a otras disciplinas y enfoques para que la comprensión de los problemas del desarrollo sea más completa y más efectiva. Para comprender los desastres y la vulnerabilidad frente a estos, así como la generación y la gestión del riesgo, además de la comprensión de las dinámicas físicas y de los procesos naturales, es necesario incluir los procesos sociales, económicos y políticos. Esta no es una posición novedosa en el sentido que refleja la postura de una corriente de pensamiento cercana a la economía y ecología política de los desastres que es hoy en día una de las perspectivas más reconocidas en el ámbito académico, así como la que más se necesita promocionar en el ámbito institucional.
Sin embargo, en Colombia, donde el discurso técnico, económico domina todavía el campo de la mano con el enfoque centrado en las dimensiones financieras, resulta un deber abrir un espacio para una mirada complementaria. En línea con el interés de la comunidad internacional de investigación e intervención del riesgo de desastres, esta ponencia se desprende de una labor de colaboración realizada con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo (UNGRD). La entidad reconoce que los desastres no son naturales y que, de lo contrario, existen factores políticos, sociales y culturales que inciden en el grado de vulnerabilidad de los individuos al momento de enfrentar y recuperarse ante la ocurrencia de un evento natural. Por ende, es debido a estos factores que los efectos de un desastre resultan ser tan diferentes al interior de en una misma comunidad. Esta apreciación ha renovado el interés por el diseño e implementación de diferentes metodologías para analizar la vulnerabilidad por parte de la academia, agencias de cooperación internacional y entidades gubernamentales.Los conceptos son los ejes articuladores y, al mismo tiempo, los pilares de las acciones de política pública. Más aún, los conceptos también son elementos constitutivos de un proceso de construcción que, lejos de ser el fruto de un proceso políticamente neutral son apropiados e institucionalizados por las organizaciones. Como lo señala Jasanoff (2004), una de las autoras más representativa en el marco de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, una de las preguntas centrales para la comprensión de los procesos de generación de riesgo es la siguiente: “de qué manera deberíamos discutir el ordenamiento de la naturaleza operado por las formas de producción de conocimiento y la tecnología, y el ordenamiento de la sociedad a través del poder y de la cultura?”.
Sin ser este un escrito que se centra en el análisis de las relaciones entre ciencia, tecnología, poder y cultura, la conexión entre estos cuatro elementos, que es una de las ideas articuladoras de la reflexión de Jasanoff, resulta inspiradora para un análisis de la relación entre los desastres y la vulnerabilidad social que cuestione su análisis desde una perspectiva meramente técnica. Una perspectiva que ve al desastre y a la vulnerabilidad como variables o dimensiones medibles, evaluables en el ámbito de una política pública implementada según lógicas y criterios de economía, eficiencia y efectividad, desconociendo su génesis al interior de la política pública, de la cultura organizacional y, por supuesto, popular.
Por ejemplo, en la explotación de recursos naturales y del sub-suelo, no existe tan sólo el hecho técnico de la operación soportado por el concepto científico de su viabilidad, sino que las dinámicas de la política y de las relaciones de poder así como la apropiación y uso cultural de las misma entran en juego con nuestros valores como sociedad para dar forma a un conjunto de normas escritas e informales, leyes y mecanismos de administración que, en últimas, responden a lo que pensamos como sociedad o en nuestros centros de poder y decisión acerca de lo que debería ser el uso de esos recursos y la manera como estos responden a nuestras necesidades e imaginarios. A menudo la apropiación institucional de los conceptos sirve como base para una de las prácticas culturales y organizacionales más relevantes al interior de nuestras sociedades, es decir, el posicionamiento frente a la manera como otros producen este conocimiento con la intención de establecer una primacía de un saber, de un quehacer institucional sobre otro. Por ejemplo, en el campo temático de la GRD cómo la investigación y la política aplicada deberían aproximarse al conocimiento del riesgo y cómo es aproximado por nuestra organización, por el Estado, por actores de la sociedad civil o por las comunidades.
A la luz de lo dicho, el debate sobre los conceptos de desastre y de vulnerabilidad social resulta central. Esta centralidad debería comprenderse, sugiero, en el marco de una paradoja, que se parece a una especie de diálogo entre sordos. Cuando pensamos que, aún hoy en día, los desastres son pensados como eventos de carácter natural