Desde hace varias décadas, los indígenas del estado mexicano de Oaxaca han estado migrando a varias regiones del país; y, de manera creciente, a los Estados Unidos y Canadá. Se trata de migraciones circular es y estacionales de población rural en busca de trabajos asalariados temporales. Oaxaca, que dentro de México es el estado que posiblemente tiene el nivel más alto de expulsión de población indígena migrante transnacional, es también la región del país que cuenta con el mayor número de grupos étnicos indígenas (dieciseis) y con la densidad demográfica indígena relativa más alta de México (aproximadamente el 60% de la población del estado es indígena). Sin embargo, este mismo estado multiétnico indígena, entre los más pobres, desnutridos y marginados del país, es también el lugar que ha visto las formas más exitosas de resistencia cultural de los pueblos indios organizados e n sus propias comunidades o en uniones y federaciones regionales, nacionales y transnacionales.
El grado de éxito del movimiento social indígena en Oaxaca se puede constatar a partir de los años ochenta, cuando por primera vez en la historia de México un Municipio (región) de gran densidad demográfica e importancia económico-política fue ganado, en contienda electoral, por una organización de indígenas zapotecos. El Ayuntamiento Popular de Juchitán y el gobierno Municipal, bajo la gestión de comuneros zapotecos, abrío espacios de importancia fundamental en las luchas autonómicas de los pueblos indígenas de México. En las décadas de los ‘80 y ‘90 el movimiento social indígena de Oaxaca fue testigo de las luchas de los miskitos en Nicaragua y de los pueblos maya de Guatemala, de los pueblos indígenas de otros estados de México y, finalmente de la insurgencia maya zapatista de Chiapas. Sin embargo, el rasgo que ha caracterizado durante siglos de vida pre-cortesiana, colonial y post-colonial a los pueblos indígenas de Oaxaca es su gran capacidad de negociación con el poder y con el estado, de flexibilidad y adaptabilidad cultural, de estrategias de supervivencia colectiva que llegan a expresarse con formas de mimetismo y clandestinidad político-cultural.
El punto focal de esta empecinada resistencia cultural se encuentra en lo que puede llamarse la concepción y práctica cosmocéntrica de la territorialidad y ciudadanía comunal indígena. La tierra y el territorio, su gestión político-cultural, los principios de jurisdicción étnica que acompañan las nociones de pertenencia y posesión colectiva y el “lenguaje del espacio” que expresa y permea la práctica y reproducción cultural han constituido el eje alrededor del cual se han construido las diferentes prácticas de lucha social indígena. Aun los más recientes fenómenos de migración masiva de ciertas regiones étnicas del Estado de Oaxaca no han causado la desterritorialización y disolución de la comunidad humana secularmente enraizada en la “cultura e historia de lo local”, sino q ue han servido para expandir las nociones y prácticas de una territorialidad comunal distante, de una comunidad y ciudadanía de la diáspora que reclama con igual fuerza la jurisdicción, la pertenencia y el sentido de comunidad en todos los lugares del continente adonde lleguen, y se asienten por unos meses algunos miembros de la comunidad indígena de origen. De allí la aparente paradoja de unos pueblos indígenas expulsados masivamente de sus territorios por el hambre, deportados económicamente hasta los Estados Unidos y, sin embargo, apegados de tal manera a sus territorios comunales de origen que logran concentrar sus energías y organización política para lograr la declaración de una ley de derechos de los pueblos y comunidades indígenas que representa un avance substancial en el camino hacia las autonomías étnicas y el ejercicio de la autodeterminación y soberanía indígena.
Desde mediados de los años ‘80, los análisis de la post-modernidad han insistido en señalar que la creciente expansión de la globalización como consecuencia “lógica del capitalismo tardío” (Jameson, 1984) está acompañada por un relajamiento de la cultura y la política popular de la territorialidad. Nociones más dúctiles y moldeables del referente territorial parecen tomar la primacía en la reproducción cultural y en la reconfiguración de identidades étnicas que antes de la
diáspora se conciben casi siempre al unísono con el propio espacio “natural” primordial. “Los grupos migran -señala Appadurai (1991:191)- se reagrupan en nuevas localidades, reconstruyen sus historias y reconfiguran sus ‘proyectos’ étnicos. El etnos en etnografía toma una calidad resbaladiza, deslocalizada. Los grupos ya no están apretadamente territorializados, espacialmente amarrados...”. Los procesos simbólicos y concretos de desterritorializacion y re-territorialización parecen volverse el eje de la dinámica de reproducción cultural de las diásporas étnicas y nacionales. Para millones de ciudadanos del mundo, de indígenas americanos, mexicanos y oaxaqueños el ámbito territorial que sirvió de andamio cultural y cosmológico, de paradigma inmanente al que se remitía toda celebración de continuidad social, se ha globalizado por efecto de la comunicación, de la migración, del retorno, de la bi-focalidad y multi-focalidad de vida de los que migran cíclicamente y están involucrados existencialmente en uno, dos, múltiples espacios culturales, viviendo vicarialmente en todos a la espera de vivir plenamente (y finalmente de morir) en el propio espacio de lo primordial.
El cálculo de la porción indígena de esta población de migrantes indocumentados es sumamente precario y se basa en estimaciones hechas por un equipo de investigación bajo la coordinación de Michael Kearney (Runsten & Kearney 1994; Zabin, Kearney et al. 1993). Se estimaba que a mediados de la década de los 90 había en los campos agrícolas de California entre 20.000 y 30.000indígenas mixtecos trabajando como jornaleros, es decir, entre el 5% y el 10% de la fuerza laboral agrícola de California. Para 1998 podemos estimar que a nivel de todos los EE.UU. puedehaber entre 130.000 y 250.000 indígenas mexica-nos trabajando en los campos agrícolas, enlas industrias empacadoras,en varios tipos de plantas manufactureras y en los distintos tipos de
servicios urbanos. Las áreas geográficas de mayor concentración de los migrantes indígenas son lacosta oeste de los EE. UU., especialmente los estados de California, Oregon y Washington; parte de los estados del sur o este y sur como Arizona y Texas; el estado de Florida; los estados del sureste como Georgia y las Carolinas, las ciudad de Nueva York y Chicago y en los estados de Illinois, Iowa, Colorado e incluso Alaska.
El imaginario relacionado con la creación y consolidación de un aparente bloque latino que direcciona el futuro político de la potencia imperialista del mundo, alerta sobre el interés de la presente investigación. La identidad latina es una construcción social en cuyo interior se cruzan otras muchas identidades que muchas veces son invisibilizadas. Desenmascararlas es nuestro principal objetivo. Al interior de esos cruces la política significa el motor impulsor, casi creador de esa latinidad como identidad que no solo implica pertinencia a una minoría sino, clasificación de diferente respecto a la mayoría.
Se presentará el caso de los millones de migrantes indígenas y afro-latinos de Latinoamérica (tanto documentados como indocumentados) que constituyen una gran proporción de la población Latina en los Estados Unidos. Se trata de individuos y comunidades indígenas invisibilizadas bajo una clasificación homogeneizadora racial/racista que niega la profunda individualidad étnico-civilizatoria de cada una de estas comunidades de pueblos indígenas de origen mexicano, centroamericano, caribeño y sudamericano.