Una de las cuestiones fundamentales para el pensador latinoamericano Enrique Dussel, dentro del ámbito político, es la cuestión de la democracia. Dentro de la temática de la democracia, el problema no es el del sostenimiento y la estabilidad de un sistema político, u orden establecido, a través del consenso social; no es tampoco la cuestión de la gobernabilidad; es, en última instancia, la Exterioridad de ese sistema y la invisibilidad de la multitud de víctimas. Este tema no se ha tenido en cuenta en las anteriores discusiones acerca de la democracia, llevadas a cabo, en la mayoría de los casos, en el horizonte del pensamiento “central”; allí la temática tiene que ver sólo con la cuestión de la normatividad de la democracia, de su “consenso democrático”.
El planteo que presenta el latinoamericano va más allá de dicho horizonte. Propone abordar el tema desde la poscolonialidad, desde la normatividad de la lucha por el reconocimiento de nuevos actores, de aquellos que históricamente han sido invisibilizados. Tal invisibilidad ha sido producto de una sutil represión desde un orden “legitimado democráticamente” desde el poder. Tanto la “Exterioridad”, como la “Alteridad” y la “Diferencia”, serán los temas fundamentales de la discusión democrática futura, la cual se caracterizará por ser popular y mundial, dentro del proceso de globalización que pretende estructurarse teniendo como eje central al “ciudadano global” (inexistente), en el marco de un mercado mundial donde sólo cuenta la ley de la competencia y en el que los poderosos excluyen a los débiles.
Las víctimas de cualquier orden político son quienes padecen algún tipo de exclusión, a ellas se les niega la condición de “sujetos políticos”, por lo cual, no se las tiene en cuenta en las instituciones políticas, o bien, se las reprime de una u otra manera que se las margina a padecer una “ciudadanía” meramente pasiva y, por lo tanto, sujeta a cualquier tipo de manipulación.
De la propia experiencia de opresión y exclusión (y sólo desde allí) suelen surgir las reflexiones más profundas; en la “noche oscura” de la persecución y la incertidumbre suele brillar la luz de la razón/carne que percibe lo imperceptible en la “claridad del mediodía”. En esa experiencia, y sólo desde allí, Gramsci y Arendt pudieron establecer la distinción entre la “sociedad política” (el Estado) y la “sociedad civil”. Ellos formaron parte de la “Exterioridad” de la sociedad política, es decir del Estado, dicha “Exterioridad” se alzó en defensa de sus derechos dentro de la “sociedad civil” que se estaba gestando. En ella surgieron diferentes frentes de lucha que se fueron organizando en la “Exterioridad” del “orden” o “sistema” impuesto. El objetivo fue luchar por los derechos vulnerados, sean estos políticos, económicos, sociales, etc. Los diferentes “sujetos colectivos” que llevaron adelante dicha lucha, desde los más diversos sectores y con muy variadas causas, se denominaron “Nuevos Movimientos Sociales”. Desde una perspectiva política tales movimientos han logrado que muchos sujetos excluidos, marginados, silenciados y manipulados puedan adquirir una ciudadanía “activa”. Estos movimientos han sido capaces de atravesar transversalmente a la sociedad política y civil sobre-determinándose unos con otros.
Más allá del optimismo que pueden generar estos logros la tarea continúa. La ciudadanía “pasiva” que está comenzando a ser “activa” es muy diversa en las diferentes regiones (especialmente “periféricas”) del mundo. No obstante, el “viento de cola” parece soplar en favor de tantos millones de víctimas que hasta hace poco tiempo no tenían posibilidades de acción política alguna. En cada región y en cada caso particular la participación simétrica institucionalizada de los ciudadanos (antes “pasivos”) en el campo político se va dando de diferentes modos.
Es necesario, pues, desarrollar un ámbito de la filosofía política desde donde se pueda justificar la legitimidad y normatividad de tales movimientos que sean capaces de transformar –desde las víctimas– a las instituciones y a las estructuras de dominación política.
En toda la periferia estamos siendo testigos de una progresiva toma de conciencia de la necesidad de la liberación; es decir, del romper los lazos de dependencia dominadora. En la última década, sobre todo, muchos de los pueblos latinoamericanos, o al menos los sectores populares de estos, han ido tomando conciencia de esta necesidad de liberación. Vieron conjuntamente concretarse sus anhelos a través de los gobiernos de tendencia progresista elegidos democráticamente y, en muchos casos, con amplia mayoría. Hoy algunos de esos gobiernos se encuentran en crisis. Ésta no se debe, sin embargo, a un cambio de perspectivas en los principios básicos y comunes en la mayor parte de la población (incluida la clase media) sino, más bien, al desorden económico y a una falta de proyección a largo plazo y de políticas de Estado, que condujeron inevitablemente a caer en crecientes procesos inflacionarios, corroyendo el bolsillo y la paciencia de los ciudadanos. Sin contar aquí con los numerosos casos de corrupción que terminaron manchando los ideales originarios de tan noble proyecto.
Además de la conciencia de liberación, la necesidad de independencia del FMI, el hartazgo de que los que se creen “dueños del mundo” se entrometan en los asuntos internos, la defensa de la soberanía nacional y de lo propio (como es el caso de las Islas Malvinas) aún se mantiene intacto/a en el común de la población; e incluso parece hacerse presente –y estar instalado/a– en la conciencia de muchos jóvenes que deberán dirigir el destino de estos países en las próximas décadas.
La toma de conciencia de la necesidad de liberación es una realidad político nacional y cultural que se está dando no sólo en América Latina sino también en el mundo árabe, en África y Asia. La búsqueda de liberación y la lucha por conseguirla a nivel nacional y popular como continental-cultural implica tener en cuenta la diversidad. No todas las estructuras de dominación son iguales, en consecuencia, los tipos de liberación dependerán de cada circunstancia. Por lo tanto, los modelos de liberación política ante el imperio estadounidense (y el resto de los países del “centro”) deberán analizar primero la exterioridad, originalidad y alteridad histórica concreta de cada región y/o nación. Deberá tenerse en cuenta, además, que el dominio por sí solo del centro no define en su totalidad a cada nación dependiente, sino que dicha dependencia es sólo un ámbito de su ser nacional periférico como tal, el cual no incluye a la propia exterioridad nacional.
De todos los modelos de liberación que han surgido, me inclino, junto al pensador argentino/mexicano por los socialismos democráticos populares; considero que son los únicos que manifiestan un modelo real de liberación y de autonomía para la periferia. Ahora bien, señalo junto a él que, si las clases oprimidas no hegemonizan el proceso, el mismo se retrotraerá a la dependencia dominadora de la contrarrevolución y no habrá por lo tanto verdadera liberación.
El proceso político de liberación se lleva a cabo concretamente en la liberación social nacional de los sectores periféricos. Liberación significa, simultáneamente, liberación de las naciones periféricas y toma del poder de las clases populares, para reorganizar concretamente la formación social. Es por eso que el prototipo del político es el político liberador, sobre todo si tenemos en cuenta que en la actualidad las formaciones sociales periféricas tienen la política como última instancia. Los proyectos de liberación de estos políticos niegan la negación de los oprimidos y afirman la exterioridad de estos. La positividad de un proyecto de liberación en la cultura de un pueblo como alteridad es el bien común futuro, es la (difícil, pero posible) utopía real, humana, ético-político/liberadora.