Con niveles constantes de desigualdad en la distribución del ingreso, Chile no presentaba mayor conflictividad social a pesar del rechazo explícito a las desigualdades a nivel discursivo(Cumsille and Garretón, 2000; Espinoza, 2012; Puga, 2011). Sin embargo, este cuadro cambia de manera sustantiva durante el último decenio, dejando en evidencia que algunas desigualdades, anteriormente invisibilizadas o naturalizadas, han pasado a ser consideradas particularmente injustas o han dejado de ser tolerables (Araujo, 2009a, 2013; Barozet and Mac-Clure, 2015; Espinoza, 2012; Güell, 2013; Mayol et al., 2013).
Progresivamente, el cuestionamiento de la desigualdad y sus expresiones cotidianas vienen adquiriendo mayor relevancia como motor de denuncias y conflictos sociales, transitando hacia una mayor politización, dónde la concepción de las desigualdades y el eje del conflicto se extiende desde las desigualdades económicas y la distribución del ingreso hasta reivindicaciones sociales, políticas y culturales(Espinoza, 2012; Güell, 2013; PNUD, 2015). Todo pareciera indicar que los chilenos están apelando a una noción de igualdad más compleja y empíricamente sustentada, estableciendo una mirada crítico-reflexivo de la sociedad y sus instituciones, la que viene a constituirse en el motor de la movilización ciudadana (Ibídem).
La desigualdad, en tanto significante y constructo teórico, corresponde a una objetivación que intenta representar la operación en la cotidianeidad de un conjunto de procesos que definen la distribución y acceso diferenciado a bienes, recursos y oportunidades para un colectivo. Dichos procesos se materializan a través de relaciones e interacciones entre individuos y de éstos con las instituciones, estableciéndose el cierre y exclusión social sobre bienes socialmente significativos por medio de fronteras simbólicas y sociales. Por consiguiente, la operación de tales procesos en la realidad de la vida cotidiana serán vividos y experimentados por agentes contextualmente situados; experiencia que a su vez, será interpretada y reconstruida simbólicamente por los sujetos.
En rigor, la producción y reproducción de la desigualdad, incluso cuando aparece fuertemente institucionalizada, depende en último término de la interacción directa entre los seres humanos(Lamont et al., 2014a; Schwalbe et al., 2000; Therborn, 2006) y los mecanismos que intervienen en su reproducción cotidiana se encuentran enraizados en la vida de los sujetos, llegando a constituirse en parte de la normalidad social, de lo que es dado(Barozet and Mac-Clure, 2015; Horowitz, 1997).
La reproducción y legitimación de las desigualdades en la dimensión microsocial puede ser comprendida y analizada a través de la operación regular y sistemática de mecanismos de distinción y diferenciación social que intervienen en la distribución y acceso a bienes materiales y simbólicos (Barozet and Mac-Clure, 2015, p. 156). Por lo tanto, para avanzar en la comprensión de la desigualdad social, se hace necesario poner atención en los procesos que permiten su producción y reproducción en la cotidianeidad, como su legitimación a través de relaciones e interacciones sociales regulares (Schwalbe et al., 2000, p. 420).
Lejos de cualquier abstracción, las manifestaciones de la desigualdad en la realidad de la vida cotidiana son vividas y experimentas por sujetos contextualmente situados y podrán ser entendidas como distinciones arbitrarias, discriminaciones, exclusión u obstaculización en el acceso a bienes, recursos y relaciones socialmente significativas(Barozet and Mac-Clure, 2015; Boltanski, 2014; Horowitz, 1997; Villoro, 2007b, 2000).
Sin embargo, las experiencias de la desigualdad dentro de la realidad de la vida cotidiana pasarán desapercibidas si es que no son sometidas a la crítica(Boltanski, 2014; Villoro, 2007b, 2000; Young, 2000) o interpretadas reflexivamente por los sujetos(Araujo, 2009b, 2009a, Dubet, 2013, 2010, Schütz, 2012, 1993). En tal caso, la vivencia personal sometida a la crítica e interpretada reflexivamente, permitirá el conocimiento directo de la desigualdad y la exclusión de la cual se es objeto, confirmando de paso la inoperancia de la justicia y la igualdad como valores objetivos en la realidad de la vida cotidiana (Boltanski, 2014; Villoro, 2007b, 2000; Young, 2000). Por tanto, las relaciones e interacciones que sostenemos con otros y con nuestro mundo social, se constituirán en experiencia a través y como consecuencia del trabajo de interpretación individual desarrollado a partir de tales eventos.
La experiencia cotidiana de la desigualdad, entonces, asumiría el carácter de una vivencia originaria, constituyente. En cuanto tal, representa la vivencia de un mal injustificado, arbitrario y gratuito, ya sea a través del “conocimiento directo por el individuo, ya sea del rechazo del que él personalmente es objeto, ya de la comprobación de la exclusión a que están sometidos otros individuos o grupos con los que mantiene contacto”(Villoro, 2000, p. 112). Sólo una vez ocurrido aquello, tendremos una percepción y conocimiento real de la desigualdad y la injusticia(Horowitz, 1997; Schütz, 2012; Villoro, 2007b, 2000; Young, 2000). La experiencia cotidiana de la desigualdad, representaría una forma de subjetivación que implica una evaluación reflexiva de la realidad social, un juicio crítico entre las “formas simbólicas y el estado de las cosas”, que se levanta desde las experiencias concretas de desigualdad y discriminación de la realidad de la vida cotidiana.
La experiencia de la desigualdad, así definida, nos ofrece una ruta de exploración alternativa para analizar la operación efectiva de los procesos y mecanismos que intervienen en su reproducción cotidiana. En particular, trabajar desde la experiencia cotidiana de la desigualdad nos allana el camino hacia un conocimiento directo de la operación de los mecanismos materiales y simbólicos que intervienen en la distribución diferenciada de recursos socialmente significativos; como de los argumentos y justificaciones que buscan su legitimación.
este trabajo de investigación busca analizar la forma en que la desigualdad social y los procesos que permiten su reproducción y legitimación en la cotidianeidad son vividos y experimentados por sujetos contextualmente situados, permitiéndonos conocer desde la perspectiva de los agentes la forma en que dichos procesos operan, los criterios y variables intervinientes, como los argumentos que permiten su legitimación.
El estudio se desarrolló en la provincia de Concepción, uno de los tres centros urbanos más importantes de Chile. La muestra fue seleccionada a través de un muestreo intencionado, siguiendo el muestreo de máxima variación. La muestra estuvo constituida por 32 casos. La recolección de información se realizó durante el segundo semestre de 2015 y el primer semestre de 2016 a través entrevistas en profundidad semiestructurada. El material empírico fue analizado siguiendo el análisis crítico del discurso y más específicamente, a través de la estrategia del análisis histórico del discurso.
Los resultados, entre otros aspectos, nos indican los siguiente:
El discurso de los sujetos, refiere a la desigualdad social como un fenómeno complejo, multidimensional, omnipresente y profundamente enraizado en la realidad de la vida cotidiana. En particular, la desigualdad es comprendida como un problema de diferenciación arbitraria en el acceso a bienes socialmente significativos, lo que viene a limitar las posibilidades de desarrollo individual, repercutiendo en las condiciones de vida de la población. Con independencia de los factores causales o de la dimensión priorizada en la explicación de la desigualdad, el relato de los sujetos apunta a caracterizar y describir la desigualdad social como un fenómeno que se expresa fundamentalmente en el acceso diferenciado a bienes materiales y simbólicos, en función de variables arbitrariamente establecidas.
Sin embargo, la comprensión y representación de la desigualdad por parte de los agentes dista mucho de ser una imagen homogénea o unitaria. En rigor, en torno a dicho núcleo, se articulan distintas argumentaciones o formulaciones semánticas que intentan describir y explicar la desigualdad social como un fenómeno dado. En términos generales, el posicionamiento social diferenciado de los sujetos y los repertorios culturales disponibles aparecen como factores a asociado a las variaciones argumentales que implican distinciones significativas en la forma de comprender la desigualdad.
En todos los casos, la experiencia cotidiana de desigualdad es interpretada reflexivamente por los sujetos; interpretación que es moldeada en atención a la dotación de capitales que ostentan, al condicionamiento estructural que se expresa en el posicionamiento social particular y muy especialmente en relación a los repertorios culturales disponibles. En este caso se han identificado cuatro relatos o repertorios culturales: estructural, tradicional-cultural, sistémico y mítico-religioso.
Los repertorios culturales, en este caso, se presentan como un relato relativamente consistente y sintético que ofrece a los individuos ciertos argumentos que permiten explicar las causas de la desigualdad, su legitimación en la práctica cotidiana y establecer criterios de diferenciación categorial.