El presente trabajo busca interpretar las causas del ‘giro derechista’ (también llamado ‘traición’) de Humala desde una perspectiva de estructura y agencia. Esto, con el objetivo de superar los tradicionales análisis ‘coyunturalistas’ (hechos principalmente por periodistas), que se enfocan exclusivamente en el rol que cumplieron las alianzas en el Congreso, los asesores políticos, la tecnocracia del Ministerio de Economía o incluso la esposa del Presidente. Para esto, realizaremos un análisis socio-histórico del período que va entre desde el año 2006 hasta 2016, cuando Humala postuló a la Presidencia de la República por primera vez hasta el fin de su gobierno iniciado el 2011; dividiéndolo en ‘etapas’ de acuerdo a los cambios en la visión ideológica oficial del gobierno y buscando hallar factores estructurales que hayan determinado dichos cambios. A nuestro juicio, dichos determinantes estructurales son tres: El rol de los Estados Unidos en la transición post-fujimorista, el modelo de inserción económica internacional del país, y las particularidades del sistema de partidos peruano. Contrario sensu, compararemos dicha dinámica con ciertas decisiones de agencia tomadas por el mismo Humala durante el día a día en su gobierno.
Tras cumplir funciones como capitán del Ejército durante el período de la lucha antisubversiva en el Perú, Humala lideró un levantamiento simbólico en la provincia de Locumba contra la dictadura de Alberto Fujimori. En el año 2005, luego de la transición y como agregado militar en Corea, apoyó el levantamiento de su hermano Antauro en la provincia de Andahuaylas; para posteriormente formar el Partido Nacionalista Peruano, el cual pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del año 2006. En el año 2011, luego de haberle ganado por un margen estrecho a la hija de Alberto Fujimori, Keiko, Ollanta Humala pasó a ser el primer presidente de izquierda en el Perú elegido por vías democráticas. Este hecho generó una gran expectativa entre los sectores populares peruanos, que aspiraban a salir del estado de postergación en el que se encontraban debido a la larga lista de propuestas del candidato Humala; siendo algunas de ellas la reforma de la Constitución, la renegociación de los contratos de industrias extractivas, telefonía y aerolíneas, una visión alternativa sobre las causas de los conflictos sociales (así como de la forma de abordarlos) y la expansión de los programas sociales del Estado. Sin embargo, la mayor expectativa a nivel internacional con respecto al gobierno de Humala estaba relacionada a su nueva geopolítica continental; que proponía una política exterior más cercana a gobiernos de izquierda en Sudamérica, como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina y Brasil; a la par que favorable a modelos de integración ‘post-neoliberales’ como UNASUR y la CELAC. Siete años luego de la victoria electoral de Humala, el balance no puede ser peor: No sólo nos quedó el recuerdo de un presidente que traicionó sistemáticamente sus promesas de campaña, siguiendo la línea ya establecida por los dos anteriores presidentes posteriores a la transición (Alejandro Toledo y Alan García); sino que además terminó con prisión preventiva debido a su involucramiento en el escándalo Lava Jato por supuestamente haber recibido dinero por parte de la empresa constructora Odebrecht.
Como hipótesis, sostenemos que a diferencia de los procesos de transición a gobiernos de izquierda en Venezuela, Bolivia y Ecuador; el rol de los Estados Unidos en la caída del gobierno de Fujimori fue determinante para el establecimiento de la agenda y oferta política durante las elecciones del año 2001. Asimismo, los partidos políticos que participaron en la transición tuvieron siempre una posición ambigua frente al gobierno de Fujimori, ya que si bien de un lado rechazaban sus métodos autoritarios, del otro lado apoyaban el modelo económico neoliberal impulsado por él. Finalmente, el modelo de inserción económica basado en Tratados de Libre Comercio bilaterales ‘OMC-plus’ se convirtieron en un ‘ancla’ que hacía extremadamente difícil a corto plazo la renegociación de diversos contratos que involucraban inversión transnacional en industrias estratégicas (minería, hidrocarburos, banca, aerolíneas), debido a que dichos acuerdos elevaban los estándares de protección a la inversión extranjera a través de dispositivos legales ISDS (Investor-State Dispute Settlement) capaces de llevar al Estado Peruano a tribunales internacionales vinculados al CIADI o a la Corte Internacional de Arbitraje.
La segunda posición hace énfasis en las decisiones concretas de Humala como "factor agencia". Efectivamente, la falta de formación política sólida en Humala le jugó en contra; debido a que su extremo verticalismo lo llevó a posiciones claramente antipolíticas (como señalar que buscaba promover un gobierno "técnico" que "resuelva los problemas" en vez de encerrarse en "bizantinas discusiones sobre coherencia ideológica"). Lejos de asumir que las confluencias implican negociación, ceder y medir los tiempos ya no necesariamente bajo su propio prisma, Humala asumió que todos lo que lo apoyaban debían obedecer sus mandatos. Esto afectó mucho la conformación de bloques de poder estables. Esta defectuosa estructura no solo afectó a su proyecto en la administración de la política, sino en el momento de enfrentar al poder instituido en el Estado. El mismo lo declaró en sus primeros meses de gobierno al decir que: “una cosa es con guitarra, otra cosa es con cajón”. Esta ausencia de claridad estratégica y fortaleza ideológica, lo llevó progresivamente a grados extremos de concesión, bajo pretexto de que "la economía" (entendida esta como el modelo de crecimiento del PBI bajo parámetros neoliberales) se iría a pique. Humala no soportó que sus aliados lo conminaran a hacer política con ellos, y que su propio entorno no estuviera a la altura para asumir los desafíos en el poder. Al final, optó por sobrevivir políticamente, sin perder algunos retoques reformistas, muy distantes de lo que representó en la campaña.
Ollanta Humala logra capitalizar el humor antineoliberal (antifujmorista económica y socialmente) liberado en el 2000 que sostuvo la elección de Alejandro Toledo (2001-2006), pero que se había quedado postergado. Esta radicalidad popular naufragó durante los noventas; siendo imposible para la izquierda su capitalización (en el 2000 todos cerraron filas con Toledo, mientras que la izquierda "oficial" sacaba 3%). Humala lleva esta tensión social hasta el máximo, respaldado por una coalición internacional en sintonía con sus planteamientos políticos. A nivel nacional e internacional, la radicalidad antineoliberal tenía respaldo. Humala en el Perú, y Chavez en la región. No obstante, Humala asume que, luego de la derrota electoral, solamente con ese sector no podía ganar una elección nacional, especialmente cuando esta se define en la capital, que era el lugar donde su candidatura tenía mayor resistencia. La elección del 2006 le “demuestra” a Humala que existía un aparato político y mediático, de clase, que define una elección inclinándose hacia posturas más moderadas y/o conservadoras. Un aparato mínimo en términos de votación, pero lo suficientemente articulado para definir su suerte. Ante este escenario, Humala asume que debe “moderar” su discurso y agenda. Esta aproximación se encontraba en consonancia con los liderazgos "moderados" de la izquierda internacional, que tenían en el PT de Lula da Silva a su máximo referente.
Humala da por asumido que ya contaba con un voto popular ganado, permitiéndole pasar a segunda vuelta sin dificultad, pero que no le garantizaba ganar la elección. Para ganar, Humala asumió la necesidad de cambiar de estrategia; haciéndose creíble para el sector escéptico del centro político. Tiene que "pasar del Chavismo al Lulismo". Otro factor determinante es que si hasta el 2006 la derecha peruana se atrincheraba en su confianza al factor “trickle-down economics”, luego de la cercana victoria de Humala en dicho año, la derecha evitó preocuparse demasiado por no mostrar todos sus colmillos hasta el 2011. Apoyada con algunos programas populistas del segundo gobierno de Alan García (2011-2016), matizó esa gran brecha social sobre la que gobernaba la radicalidad humalista; promoviéndose reformas de "buena gobernanza" propuestas por los Organismos Financieros Internacionales para reforzar las estructuras neoliberales del país. La derecha estatal y empresarial se preocupó mucho por evitar "agudizar las contradicciones", porque sabía de la potencialidad de la oposición en ciernes para capitalizar el malestar social.
En términos generales, nuestra propuesta busca construir la discusión haciendo conversar estas dos posiciones, dentro de aquellas que buscan interpretar las causas de la "traición" de Humala como parte de un proceso más amplio, lo que implica (re)interpretar las dinámicas de funcionamiento de una estructura conservadora en la que se hallan vinculados partidos políticos, grandes empresas y medios de comunicación