La desigualdad histórica, y en cierto modo endémica, característica de América Latina guarda relación con las condiciones de heterogeneidad que, en palabras de Rouquié (1989), caracterizaron la conformación de los Estados nacionales y representaron trabas en la configuración de unidades territoriales nacionales auténticas; lo que derivó en la conformación de una región que nunca ha sido demográfica, económica, social, cultural y menos geográficamente una unidad socioterritorial homogénea. Lo que se impuso desde un comienzo y sobresalió como identidad latinoamericana fue la diversidad, los contrastes y la heterogeneidad estructural. Desde los orígenes, la amplitud de contrastes nacionales y regionales fue distintivo en las conformaciones nacionales en América Latina. Fue desigual desde la colonia. El factor común de origen fue la diversidad territorial, económica, social, cultural y política. Un rasgo sobresaliente de la región, como en todos los países pobres y ricos que adoptaron el modelo neoliberal como opción económica, social y política de desarrollo, es la alta y persistente desigualdad social y de ingresos. América Latina es la “región más desigual del mundo”.
La estructura social prevaleciente en América Latina presenta características propias. Como sostienen Stein y Stein (1982), la herencia social colonial no dio lugar a una simple estructura de clase en el sentido clásico del término, conformada por una aristocracia claramente definida por el control de los medios de producción y la concentración de riqueza e ingresos, situada en la cúspide de la pirámide de poder; y en su base, una masa de trabajadores excluidos, marginados y empobrecidos, como en otras sociedades. Esto, en efecto, sí se dio, como en todas las sociedades capitalistas, pero fue (y sigue siendo) más complejo. El resultado de la herencia colonial fue una estructura también estratificada por factores de “fenotipo”, con marcado contenido étnico y racial, configurada en la cúspide por la élite de ricos blancos y abajo los marginados y excluidos, indios y negros, mulatos y mestizos, y todas las mezclas posibles entre ellos; una estructura diferente en las colonias iberoamericanas a la establecida en la península ibérica, donde el ingreso, el status y el poder colocaban a las personas en uno u otro segmento de clases. La condición étnica (el color y el origen), al igual que los demás factores constituyentes de las clases sociales, históricamente determinaron, incidieron e inciden en la configuración de las estructuras de desigualdades sociales prevalecientes. Dichas estructuras no sólo subsisten articuladas a otros factores territoriales, económicos, culturales y sociales, promotores y legitimadores de la exclusión social en el contexto de la globalización neoliberal, sino que se han acentuado y visibilizado, cobrando importancia central en el análisis de la desigualdad social y de ingresos en la región.
La “historia” del trabajo en la sociedad capitalista, dada la centralidad adquirida por la relación capital-trabajo y la consiguiente acumulación capitalista —metas primeras y últimas de las burguesías dominantes—, no es lineal y uniforme, sino marcada por los cambios en las correlaciones de fuerza social y política en los distintos modelos económicos, sociales y políticos, con sus consecuencias particulares sobre los procesos de producción y gestión de la inclusión, exclusión, integración y cohesión social, así como la política de bienestar y combate a las desigualdades sociales y la pobreza.
Mientras que en la llamada “sociedad del trabajo”, “sociedad industrial” o, como la denominó Castel (2008), la “sociedad salarial”, propia del Estado de bienestar de los países más desarrollados, el trabajo, particularmente el asalariado, era fuente de integración y cohesión social, factor de identidad y prerrequisito en el desarrollo de ciudadanías; con la adopción del modelo neoliberal, la flexibilización y desregulación de las relaciones laborales y la consiguiente fragmentación, segmentación y precarización del trabajo, se modificaron los mecanismos y fuentes generadoras de exclusión, desigualdad y pobreza. La integración social, así como los procesos de construcción de identidad y ciudadanía ya no necesariamente se fundan, o quizá cada vez menos, en las relaciones laborales y, en muchos casos, tienen otras fuentes diversas e itinerantes, generando desconcierto, incertidumbre y crisis de identidad particularmente entre los nuevos trabajadores, dando lugar también a ciudadanías excluyentes y precarias.
No sólo el trabajo, sino también la desigualdad producida en torno al Estado de bienestar y la generada con el neoliberalismo, y consiguientemente la pobreza, difieren sustancialmente. No son las mismas, ni lo son la conceptualización ni la política para enfrentarlas. En relación con la desigualdad, el cambio más importante no sólo refiere a cantidad o tendencias crecientes de la exclusión laboral y de la brecha de la desigualdad salarial, sino a las fuentes generadoras, a los mecanismos de legitimación y a las formas que asumen las políticas sociales para enfrentarla. Con el neoliberalismo pasamos de una “dinámica regulada” —característica de la sociedad salarial— a otra desregulada de las desigualdades, propias de la flexibilización y desregulación neoliberal (Castel, 2008). El principio de justicia distributiva articulado al trabajo estable y a la asignación de un salario a través de un trabajo o empleo, generalmente estable propio del modelo de bienestar o sociedad salarial, se perdió.
En América Latina no existe un solo modelo de desarrollo. Con el agotamiento del modelo de industrialización sustitutiva o Estado de bienestar y la introducción del modelo neoliberal también se inició un periodo de “bifurcación” económica, social y política emergente con el surgimiento de diversos modelos orientado o no a la contención de dicho modelo dominante. Cabe considerar que, en particular, la región emprendió un azaroso proceso de contención neoliberal con la ola de gobiernos progresistas, posneoliberales, iniciada en 1998 con la llegada de Hugo Chávez al poder del mismo modo que posteriormente aconteció en Brasil, con la presidencia de Luiz Ignácio “Lula” Da Silva, un exdirigente, fundador del Partido de los Trabajadores, en 2003; en Argentina con la presidencia de Néstor Kirchner, iniciada en 2003 y continuada por Cristina Fernández de Kirchner entre 2007 y 2015; en Bolivia, con la presidencia de Evo Morales desde 2006; en Ecuador con Rafael Correa, entre 2007 y 2017; en Paraguay, con la gestión de Fernando Lugo, iniciada en 2008 e interrumpida en 2012, y en Uruguay, con la presidencia de Tabaré Vázquez a partir de 2010, continuada por José Mujica, entre 2010 y 2015, cuando fue reelecto Tabaré Vázquez; con los que los sectores neoliberales perdieron relativa hegemonía y poder en la región. El alcance de dichos proyectos resultó limitado, pero incidió favorablemente sobre el estado de tensión social y las consecuencias económicas y sociales adversas generadas por el neoliberalismo. En particular la política social impulsada por dichos gobiernos tuvo un importante impacto sobre las condiciones de bienestar de los sectores sociales más pobres e indigentes; pero también sobre la llamada “clase media”, la que se amplió y consolidó notablemente en muchos de estos países.
En esta ponencia se intenta argumentar lo que parece característico de los dos grandes modelos económicos del siglo pasado: el primero, caracterizado como Estado de bienestar y lo que corresponde a la estructura de bienestar relativa generada; y, sobre el segundo, lo que parece distintivo y fundamental del modelo neoliberal actual, que puso como centro la flexibilización, desregulación y precarización del trabajo y, a modo de hipótesis, se intenta explorar algunas de sus características sobresalientes en relación con la producción de desigualdades de ingreso en la región, considerando las diferencias, en este sentido, entre los países que acogieron dicho modelo y los que promovieron u optaron por formas de gobiernos posneoliberales.
En términos metodológicos, el trabajo se apoya en estadísticas oficiales del Consejo Económico para América Latina y el Caribe (CEPAL), particularmente del Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe y el Panorama Social de América Latina; así como del Índice de Mejores Trabajos (IMT), creado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el cual mide la situación del empleo de los países a través de dos dimensiones: cantidad y calidad de las ocupaciones; ofrece resultados sugerentes en este sentido. La cantidad la descompone en dos indicadores: la tasa de actividad o participación laboral y la tasa de ocupación. El trabajo incluye la construcción de un Índice de Abatimiento (IA) simple, considerado como el rango o diferencia de valores del Coeficiente de Gini en dos momentos del tiempo, aplicado a la medición de las desigualdades IAD = CG1 – CG2, así como un Índice de Abatimiento de la pobreza, considerando las diferencias o cambio en los porcentajes de población en situación de pobreza por países IAP = (PSP)1 – (PSP)2. En términos generales, los resultados en todas las dimensiones y variables consideradas (empleo, desigualdad y pobreza), resultan verificativos de lo esperado, al resultar desfavorables en los países que siguieron con mayor apego el modelo neoliberal frente a los que optaron por modelos reformistas o posneoliberales.