El problema de la falta de soberanía alimentaria en el departamento de Casanare- Colombia se basa en el abandono histórico y constante del sector agrario, el cual se ha visto influenciado en gran medida por las políticas nacionales y departamentales que favorecen e incentivan la economía extractiva como base fundamental de la estructura económica. Partiendo del estudio del conflicto socioambiental que se genera en el encuentro de la economía campesina con la economía extractiva, el trabajo plantea la necesidad de recuperar la economía campesina bajo la lógica de una democracia viva con el fin de superar el problema en materia de vulnerabilidad y soberanía alimentaria.
PALABRAS CLAVES
Soberanía alimentaria, Casanare, vulnerabilidad alimentaria, territorio
INTRODUCCIÓN
Desde los años noventa, el departamento de Casanare generó un aporte esencial en la economía nacional. Con el enorme crecimiento de producción de petróleo, la idea del extractivismo abanderó los planes de desarrollo de la mayoría de los municipios, con especial énfasis en los de Tauramena, Yopal y Aguazul.
Lo anterior originó un crecimiento poblacional incentivado en la búsqueda de mejores oportunidades laborales y condiciones de vida prósperas. La población provenía especialmente del vecino departamento de Boyacá, pero con participación importante de población originaria de todo el país, empezó a demandar servicios e infraestructura, debido a la poca capacidad instalada la cual no podía atender la demanda generada con el crecimiento de la población.
El cambio en la base económica del departamento dio lugar a una transformación en la identidad de las personas, y se generalizo un interés en trabajar en las operaciones de extracción de petróleo de las empresas British Petrolium Company en los noventas y posteriormente de Pacific Rubiales y Ecopetrol por la rentabilidad económica que permitía un mejoramiento de las condiciones de vida, así como cambio en el estatus social, todo lo cual se volvía un incentivo para el resto de la población.
Con estas condiciones, el campo pareció haber abandonado el papel protagónico que tuvo en años anteriores en la economía departamental y nacional. El conflicto socioambiental que produjo la llegada de las petroleras, con las sequías que afectaron los animales, cultivos y el ecosistema en general, estimularon que la soberanía alimentaria del municipio quedara en vilo, y que se aumentara la vulnerabilidad alimentaria de la población
Con este contexto pretendemos situar el problema de la soberanía alimentaria, explorando el conflicto socioambiental que se ha dado por el encuentro de la economía extractiva con la economía campesina. En un primer momento indagaremos como se da el cambio de economía campesina a la extractiva en el departamento, posteriormente explicaremos las consecuencias que ha dejado la actividad extractiva, haciendo énfasis en el problema socioambiental de las sequias, la vulnerabilidad y el abandono del campo. También afirmaremos que, el proceso de trasformación socioeconómico del departamento ha producido las condiciones suficientes para que el tema de la soberanía alimentaria esté en un lugar relegado como objeto de política pública. Finalmente se plantea la necesidad de recuperar la economía campesina bajo la lógica de una democracia viva con el fin de superar el problema en materia de vulnerabilidad y soberanía alimentaria.
1. PROBLEMÁTICA DEL SECTOR AGRARIO EN CASANARE
El desarrollo económico en el municipio de Yopal se caracterizó por la producción agrícola de los tradicionales cultivos de arroz, maíz, sorgo, plátano y palma africana. Desde los años noventa se dio un cambio importante no solo en la estructura económica, sino también en la estructura social de la población debido al descubrimiento de los pozos Cusiana y Cupiagua que ubicaron al departamento de Casanare como el mayor productor de barriles de petróleo del país. Al respecto, Dureau y Florez mencionan:
Pero es en la década de los noventa cuando los Llanos orientales, y en especial el piedemonte llanero, pasan a ser la principal fuente de producción de petróleo del país, gracias al descubrimiento de los yacimientos de Cusiana y Cupiagua (Casanare). Las nuevas reservas (…) son de gran magnitud: incrementan el nivel de la producción del país de un promedio de 450.000 barriles día a un poco más de 1’000.000 para los 1997-2000, asegurando el autoabastecimiento de crudo hasta el primer decenio del año 2000 (Rendón J. m., 1994). (Dureau & Flores, 2000, pág. XVII)
Las políticas públicas de desarrollo económico y las dinámicas sociales y culturales han estimulado a que se prolongue el papel del extractivismo como principal motor de la economía, lo cual ha dado origen al abandono del sector rural y de su participación en la economía.
La perspectiva nombrada hace parte de la idea de progreso que viene desde el S. XIX, la cual ha reiterado la necesidad de un nuevo modelo de crecimiento en donde se debe “avanzar” de lo atrasado a lo moderno. Lo rural hace parte de lo que debe modernizarse. De acuerdo con Pérez, la vieja visión de lo rural lo concibe “como lo local, autárquico, cerrado, (…) el progreso es la absorción de lo rural, (…) lo agrícola tiene un comportamiento residual, y las políticas de desarrollo rural significan la absorción del rezago. (2001, pág. 18)
La explotación de pozos petroleros trajo consigo un deterioro en el ecosistema por vertimientos de crudo en yacimientos de agua, y mal manejo a los residuos que genera el proceso químico de extracción. Así mismo, el proceso generó escapes de gas que contaminaron los mantos acuíferos del piedemonte llanero, entre otros problemas.
Como podemos distinguir, el tema del agua parece ser la conexión más tacita entre la economía campesina y la economía extractiva. La primera requiere del recurso para llevar a cabo su producción, y la segunda, tiene la misma necesidad, solo que en proporciones comparativamente mayores frente a la primera. Esta relación es una relación negativa, casi que excluyente. La forma en la cual se entiende el territorio en cada una de las dos economías se puede entender a través de la idea que expresa Paz: Por un lado, el territorio visto desde la economía extractiva se plantea
como espacio concreto (cartesiano), construido por límites y fronteras, centra la atención en el objeto como objeto de control, de planificación y de gestión: un territorio, una territorialidad (por lo general la del Estado); un poder que se impone espacialmente y se naturaliza a través de la propia concepción de territorio, de su soberanía. (Paz Salinas, 2017, pág. 206)
Por otro lado, el territorio visto desde la economía campesina se considera desde una perspectiva antropológica. Paz menciona que
A estas definiciones que destacan el carácter material, estructural y productivo, se opone una visión cultural que subraya la dimensión subjetiva-simbólica. El territorio es reivindicado desde este enfoque como espacio construido simbólicamente, valorado y significado, y a su vez da soporte a la identidad y el sentido de pertenencia. (Paz Salinas, 2017, pág. 207)
El encuentro de la economía campesina, con la economía extractiva ha generado el conflicto socio ambiental del uso del agua. En este sentido, como lo documentó el periódico colombiano El Tiempo, en el 2014 se registró una de las sequías más fuertes que ha tenido el departamento a lo largo de los últimos 20 años; lo cual es un reflejo de las actividades de la sísmica y de las perforaciones petroleras que impactaron de forma negativa tanto la ganadería como los cultivos de arroz , actividades en las cuales el departamento ha tenido una incidencia fundamental a nivel nacional. Esto sin incluir la fauna y flora nativa que ha sido destruida con el paso del tiempo.
El desarrollo del extractivismo en el departamento se ha planteado en forma unidireccional, sin buscar constituirse integralmente dentro de la estructura económica del municipio, de por sí poco variada. “Además de la poca diversificación, y a pesar de la bonanza petrolera, la economía regional presenta una serie de debilidades estructurales, que se suelen mencionar en los planes de desarrollo municipales o regionales (Corpes Orinoquia, 1998)” (Dureau & Flores, 2000, pág. 27)