Además del valor sagrado principio de su cosmogonía, acompañan en Colombia a la siembra y cultivo de hoja de koka –el miedo, la incertidumbre, el desplazamiento forzado y las confrontaciones armadas–. La recolección de hoja de koka, otrora acción ritual, es oficio del raspachín (entiéndase por esta figura, a quien con sus manos desprende con habilidad las hojas de la planta, halándolas a través de sus dedos) con miras a la venta y transformación en pasta base y de esta en alcaloide dentro de la cadena de su producción y comercialización ilícita en el fenómeno narco.
Durante las cuatro últimas décadas, el auge comercial de la cocaína en el mercado internacional disparó la mano de obra de recolectores en algunas regiones del país, por lo que, cruzadas y romerías a las zonas de cultivo se vieron invadidas por el deseo de “dinero fácil” a expensas de explotación e intimidación. Son diversos los actores sociales que han participado en esta práctica: indígenas que, al interior de los resguardos, se han visto obligados por vías de represión a orientar sus tierras y cultivos de hoja de koka en beneficio del narcotráfico; los campesinos a quienes se les ofrece cambiar el destino de sus cultivos legales por ilegales garantizándoles su compra, asistencia y comercialización; así mismo, foráneos, guerrilleros, soldados, mujeres y niños quienes motivados por el “sueño verde”, ideal para mejorar su calidad de vida, han prestado su fuerza de trabajo al régimen de la narco economía.
El gobierno nacional, en respuesta al incremento de cultivos de hoja de koka orientada a la producción de cocaína bajo el control de grupos armados en detrimento de la seguridad y exacerbación de la violencia, anuncia la política de Estado –Plan Colombia– (2000), ratificada por el Plan Nacional de Desarrollo 2003-2006, “Hacia un Estado Comunitario”, aprobado este último por la Ley 812 en junio de 2003, la cual determina en sus objetivos centrales reducir en un 50% la producción de drogas ilegales en un plazo de 6 años, así como recuperar amplias zonas del territorio colombiano, hasta entonces en manos de grupos insurgentes. Esta medida contempló la erradicación de hoja de koka con drásticas acciones de aspersión química sobre extensas áreas de cultivo, impactando negativamente el desarrollo medioambiental de las regiones y, en consecuencia, la intensificación de los índices de pobreza, ya que las alternativas de cambio por otros cultivos para la subsistencia y la generación de ingresos en el corto plazo, no encontraron eco en los campesinos debido a los altos costos de sostenibilidad y falta real de acompañamiento.
En este contexto, interesa escuchar desde un enfoque del Desarrollo Humano, la voz del propio protagonista –raspachín– (visita realizada a tres poblaciones en 2015, Medina, Cundinamarca; Puerto López, Meta; y Puerto Lleras, Casanare), quien nos vincula a través de su voz con la dinámica social derivada de la economía ilegal, a la vez que se constituye en estigma hacia la degradación de su identidad y falta de agencia, lo que se plantea como hipótesis en la apreciación de la problemática y construcción epistemológica de la categoría conceptual –identidad denegada– sobre la base de 7 criterios diseñados para tal fin y dos dimensiones de análisis (primera denegación –exógena-periférica– y segunda denegación –endógena-centrospectiva–.
En el marco de los principios del Posacuerdo colombiano, la declaración sobre justicia y asistencia a las víctimas, ha sido más bien ajena al raspachín, quien desde un acto de conciencia personal y en pacto de silencio colectivo, permanece al margen esquivando retaliaciones de las fuerzas en pugna: guerrilla, paramilitares, ejército y algunos sectores de la sociedad civil.
Se plantea, por tanto, un ejercicio escritural de ensayo teórico para lo que se abordan de manera capitular algunas categorías conceptuales de fundamentación: desde el Desarrollo Humano, Martha Nussbaum es comprendida aquí a través del análisis de mediación jurídica en el paisaje de las emociones humanas, especialmente interesan la vergüenza y el estigma en contextos sociales de privacidad y humillación, donde se gestionan preferencias adaptativas para garantizar la dignidad como un signo de reconocimiento a las capacidades y agencia de tales comunidades. Esta perspectiva se complementa con la de Erving Goffman desde la psicología social con una visión microsociológica del estigma de acuerdo con un orden interaccional, cuestionando la entidad de la realidad social compartida y la seguridad ontológica de sus integrantes. En el mismo campo del Desarrollo Humano, son consideradas las categorías axiológicas Identidad y Libertad de Manfred Max Neef, a propósito de su matriz de necesidades y satisfactores con las cuales se triangula el testimonio del raspachín.
Complementa este panorama la cuota literaria latinoamericana de Gloria Anzaldúa, feminista chicana quien deviene de su obra poética y narrativa a la “nueva mestiza” y con ella la prefiguración de una –identidad de frontera–, categoría conceptual que desde mi interpretación traspolo a la identidad denegada del raspachín.