Los seres humanos conformamos esquemas de pensamiento a partir de los cuales leemos nuestro contexto para desenvolvernos en él, para colmarlo de sentido y atribuirle los referentes discursivos, tanto sociales como culturales que comunicamos y nos son comunicados. Durante mucho tiempo rigió la premisa cartesiana de «pienso luego existo», en donde prevaleció el uso de la razón sobre otro tipo de sistemas como el lenguaje en los procesos de generación de ideas. No obstante, actualmente disciplinas como la Filosofía del lenguaje y la Semiótica discursiva han contribuido a que se vuelva la mirada hacia los intercambios discursivos producto de la actividad que se da dentro de las diferentes esferas de la praxis humana (Bajtín, 1999). La presente investigación se conforma en el seno de dicho posicionamiento teórico, en la medida en que nos ofrece la posibilidad de conferir a las palabras y a las marcas discursivas la responsabilidad por la comprensión que los actores sociales realizan de sí mismos, de su mundo y de su devenir histórico.
Con el presente estudio se analizó discursivamente el corpus conformado por algunos pasajes del relato autobiográfico: “Confesiones de una guerrillera” (2009), libro de Zenaida Rueda Calderón, mujer que convivió en las hoy desmilitarizadas fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia durante 18 años para finalmente decidir desertar. El objetivo investigativo gira en torno a dar cuenta de cuál es la identidad o ethos discursivo que configura en su narración luego de atravesar por un escenario beligerante.
Conforme a esto, la narración es un modo de organización discursiva para mostrar en el relato una historia determinada, con sus personajes, sus tiempos y sus espacios afectados por una cadena de eventos o acciones intencionadas que conducen a otros estados e imprimen el carácter transformador y cambiante de lo narrativo. Mientras tanto, los estados evocan la permanencia, la cohesión que invita a hilvanar la historia.
En este caso, las transformaciones cobran especial relevancia, pues una vez se asume como narradora, no es la misma joven que se vio en la obligación de abandonar su hogar ni es la misma mujer que se escapó para reincorporarse a la sociedad civil. Su historia en las filas de las FARC inicia en el año 1991 cuando tenía 18 años, en El Playón, Santander, lugar donde convivía con su famlia y además era frecuentado por los guerrilleros que se encargaban de reclutar efectivos para la organización. Mientras permaneció en el frente pudo entrar en contacto con figuras que se instauraron en el imaginario colectivo alrededor de ese grupo armado, tales como el “Mono Jojoy”, “Romaña” y el mismo “Manuel Marulanda”. No obstante, cuando se hace madre en la selva y después de haberse visto en la obligación de renunciar a sus hijos, decide abandonar el proyecto guerrillero y entregarse al ejército.
Me acojo a la óptica de la semiótica discursiva (Courtés, 1997) y, por lo tanto, me abstuve de remitirme a la autora efectiva. Antes bien, la manera de enunciarse y el referente configurado de sí misma y de las FARC en su obra, resultan ser materia prima para el análisis, sin perder de vista que, como lo afirma Amossy (2010), la presentación de sí (Goffman, 1959) o configuración etótica, se da en un contexto sociocultural determinado y por ello no es anodino tener en cuenta los estereotipos, estigmas e imaginarios circundantes, atribuidos en este caso al ya mencionado actor armado.
Consideraciones finales
A modo de conclusión, es importante destacar que en el imaginario colectivo prevalece la noción de las guerras y las batallas como escenarios característicos de los hombres, el estereotipo de militar o de combatiente responde a la imagen de ellos empuñando las armas, dirigiendo a su tropa y yendo al campo de batalla; esa primera idea del conflicto significa una dificultad que conduce a que los relatos de las mujeres combativas se releguen con mayor facilidad. Para ellas, la ruptura en la identidad inicia cuando se despojan de los roles que les fueron asignados culturalmente para incorporarse en una colectividad con sus propios ordenamientos y jerarquías, sujeta al poder que ejercen los comandantes.
Al tratarse de un relato autobiográfico, las vivencias se tornan en algo que se destaca del flujo de lo que desaparece en la corriente de la vida (Arfuch , 2002, pág. 35) mientras tanto, se erigen como la unidad mínima de análisis para demostrar las causalidades, el entramado de la experiencia trazada por la participación en la guerra y, en definitiva, la construcción subjetiva de un capítulo más en la vasta historia de la violencia en Colombia, en donde como en muchas otras historias de guerra, las voces de hombres predominaron sobre las de mujeres como Zenaida. Es de anotar que la creación de la Subcomisión de género en el marco del Proceso de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP con el que se buscó consolidar un Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construción de una Paz Estable y Duradera fue todo un logro de las mujeres, puesto que permitió mayor apertura y reconocimiento de las consecuencias de la confrontación armada en sus vidas y cuerpos. Este estudio, indaga por la versión de una excombatiente quien marchó hombro a hombro en un entorno hostil que enaltece ciertos valores catalogados de “masculinos” y acentúa negativamente ―en muchos casos— las relaciones de poder en razón del género (Véase Castrillón Pulido, G. Y. (2014)).
En este sentido, su ethos discursivo al inicio del relato apuntó a configurarse como el de víctima del reclutamiento modalizada por el deber-hacer. Ese primer ethos de obediencia posibilita afirmar que las transformaciones fueron fraguadas por los anti destinadores manipuladores, las FARC, mientras a ella le fue delegada la posición de paciente.
Una vez ingresa en el frente desempeña acciones propias del combate las cuales fueron develando a un sujeto pragmático que actuaba guiada por el poder deóntico de su hacer, progresivamente, se fue amoldando a la imagen de guerrillera. Después, al estar bajo el mando del comandante “Gaitán”, ocupa la posición de radiooperadora, este hecho le confiere un rol de mayor envergadura, en definitiva, su actividad bélica pasó de estar condicionada a la realización de acciones pragmáticas, a hacerla estar en contacto con información clave para la puesta en funcionamiento de la estrategia militar.
En el relato, esta transformación da paso a otras marcas para referirse a sí misma. Por ejemplo, reconoce el valor de su trabajo y el beneficio de sostener buenas relaciones con sus superiores a través de un ethos que proyecta seguridad y experticia. Éste se convierte en un punto de partida para entender la relación discursiva que establece con las esferas superiores a ella en la insurgencia, es decir, aunque les otorgue la imagen de agentes violentos, se nombra a partir de las labores que desempeñó para los dirigentes con más poder en la organización; de ahí se puede comprender la paradoja por la que transita.
Cuando configura etóticamente a las FARC, se enuncia desde un rol judicador. Los juicios que emite oscilan en dos vías: de una parte, confiere a los guerrilleros de base la imagen de sujetos subordinados quienes se someten a la voluntad de su comandante y, en consecuencia, están impedidos para actuar en coherencia con su propio sistema de valores. Es el caso de quienes deben disparar contra un soldado en posición jerárquica parecida a la suya pero que combaten para el bando opuesto. De otra parte, la imagen de los combatientes concurre en evaluaciones disfóricas que los presentan desde su condición de mando como individuos con potestad y en ningún caso conmovidos hacia el sufrimiento que pudiesen presentar sus guerrilleros o incluso, población de la sociedad civil.
A esta altura resulta pertinente aclarar que únicamente el comandante “Gaitán” y el líder guerrillero máximo, “Manuel Marulanda”, divergen de esa configuración discursiva, puesto que a ellos los enuncia como sujetos justos, competentes y con convicción combativa. Las imágenes que les atribuye permiten deducir a una narradora que fluctúa por diferentes percepciones, con lo cual su enunciación de las experiencias no es homogénea y plana, por el contrario, se permea por los sentimientos, los estados de ánimo, los encuentros y desencuentros con el grupo guerrillero.
Referencias bibliográficas
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