Resumen de ponencia
Deconstruyendo la república moderna: Democracia dualista y cambio de régimen en tiempos de Mauricio Macri y Donald Trump
Grupo de Trabajo CLACSO: Ciudadanía, organizaciones populares y política
*Martín Plot
El constitucionalista estadounidense Bruce Ackerman, en su monumental We the People, ofrece una mirada dinámica, dialéctica, de la vida política. La mirada de Ackerman es anti-teleológica: la república estadounidense no se dirige a ninguna parte, no tiene destino prefijado, ni manifiesto ni ningún otro, simplemente es el resultado de la puesta en funcionamiento de un dispositivo que él propone llamar democracia dualista. Este dispositivo es muy simple: partiendo de la base de que la auto-institución de la sociedad no es el resultado de un juego idealizado entre un texto y una realidad material que lo refleja (o debería reflejarlo), Ackerman nos dice que la teoría política materializada en la Convención Constituyente de 1787 puso en marcha lo que podríamos llamar un pulso político, un ritmo, un latir dominado por dos momentos, el momento de la política constitucional y el momento de la política normal. Ciertamente, estos dos polos están unidos por múltiples grises, o más bien por algo así como una trama de hojaldre, en la que se dan innumerables intentos fallidos de política constitucional que terminan siendo normalizados por el régimen vigente. Pero como todo modelo—aunque trate de escapar al peor formalismo—es un gesto de formalización, digamos que este pulso da bastante cuenta de la modalidad de transformación y perpetuación, de la amalgama de continuidad y discontinuidad que caracterizó tanto a la historia constitucional estadounidense como a la vida política argentina. Para ser más específico, podría decirse que esta noción de democracia dualista nos ofrece una versión pragmatista (Ackerman no se define a sí mismo como “pragmatista americano”, pero claramente puede leerse en esa clave) de aquello que los pensadores de lo político teorizaron, de un modo muy distinto y hasta contrapuesto, al otro lado del Atlántico. La mirada de Ackerman pasa por alto las preocupaciones ontológicas de la tradición continental, pero nos ofrece una perspectiva teórico-interpretativa del modo en que la república estadounidense ha lidiado con su identidad, en tanto que entidad política, materializando a la figura del “pueblo” en una aparición esporádica, excepcional pero no decisionista—sino más bien deliberacionista—de política constitucional; una política constitucional que sedimenta, luego de períodos multianuales en su duración y múltiples en su composición, en períodos más prolongados, multigeneracionales, de política normal.
Es a partir de este modelo teórico que Ackerman describe como el intento fallido de la Reagan Revolution de producir un cambio de régimen constitucional. Ya consolidados como el partido antagonista de la República Moderna, Ronald Reagan y el Partido Republicano se propusieron desmantelar el estado de bienestar establecido en el New Deal y la Great Society y limitar los logros del movimiento por los derechos civiles. De todos modos, y a diferencia de los movimientos revolucionarios exitosos que instituyeron los tres regímenes constitucionales previos—los federalistas en el siglo XVIII, los republicanos en el XIX y los demócratas en el XX—los republicanos de Reagan no lograron obtener las múltiples victorias institucionales, electorales y culturales necesarias para consolidar la idea de que “el pueblo había hablado” y que, por lo tanto, un nuevo régimen constitucional había sido establecido. Lo que de todos modos Ackerman no logra decir, porque carece de los recursos teóricos para hacerlo—recursos de los que afortunadamente gozamos los argentinos gracias al querido Juan Carlos Portantiero—es que, desde la fallida Reagan Revolution, los Estados Unidos se encuentran en un estado de “empate hegemónico” entre los impulsores y defensores de la República Moderna y los que, como definió el ideólogo republicano Steve Banon, impulsan la deconstrucción del estado administrativo; es decir, el fin del Estado activista y promotor, no meramente protector, de la igualdad social. En palabras de Portantiero: “Cada uno de los grupos tiene suficiente energía como para vetar los proyectos elaborados por los otros, pero ninguno logra reunir las fuerzas necesarias para dirigir el país como le agradaría.” En diálogo con el modelo de la democracia dualista de Ackerman y del empate hegemónico de Portantiero, esta presentación intentará interpretar la amenaza a la democracia que presentan los intentos de profunda transformación política impulsados por el Partido Republicano en los Estados Unidos y por Cambiemos en la Argentina.