La región de Montes de María, ubicada en el caribe colombiano, ha sido una zona de vocación agrícola y ganadera, reconocida por su biodiversidad y por haber sido uno de los epicentros de la disputa de los grupos armados, así como un laboratorio de políticas estatales de pacificación y desarrollo (Ojeda et al., 2015). Durante el conflicto armado, especialmente en la década de los noventa y dos mil, se dio un proceso de acaparamiento y despojo violento de tierras (masacres, cientos de miles de desplazados, ruptura del tejido social, ruina económica de las comunidades campesinas). Tras la “desmovilización paramilitar” de 2005, esas tierras se destinaron para el agronegocio. Mediante las llamadas “alianzas productivas” se implementó un proyecto de expansión del monocultivo de palma africana. Es decir, la tierra pasó de estar bajo el mando claro de un grupo armado a ser vulnerable a distintos tipos de explotación por parte de nuevos actores (empresarios). Así, de la presencia guerrillera (años ochenta) y paramilitar (años noventa), la región transita a una lucha por los bienes comunes. Se empiezan a gestar resistencias campesinas en torno a la tierra y el agua.
La guerra y la imposición de la agroindustria en los territorios han generado impactos importantes en la vida de las mujeres campesinas. Además de sufrir la violencia armada en sus cuerpos, en ambos escenarios se dio una rearticulación de las relaciones de género; por un lado, reforzando los estereotipos de masculinidad hegemónica, y por el otro, transformando esa matriz en la lógica de lo femenino. Esto último como consecuencia de lo primero y se refiere a la búsqueda de cuidados, alimentación y sobrevivencia, lo que las lleva a construir una perspectiva propia en términos de alternativas y resistencias en defensa de sus vidas, de sus cuerpos y de sus territorios. Una perspectiva en la cual los conceptos de autonomía y autodeterminación de los territorios cobran relevancia a partir de sus marcas en la existencia. Esa lucha, en defensa de sus territorios (cuerpo- tierra), lleva a la transformación de los procesos históricos marcados por la colonialidad del poder, del saber, del ser y del género.
Las mujeres campesinas en áreas de influencia agro-extractivas, como los Montes de María, construyen formas-otras de hacer política como manifestación de su resistencia, creando territorios de vida y resignificando la relación mujer-naturaleza. Resistencia, que en su sentido más radical debe ser entendida como un esfuerzo por la re-existencia (Porto-Gonçalves, 2006; Albán, 2013), como ejemplo de decolonialidad del poder y del ser. Porque la resistencia no se trata únicamente de negar y oponerse a un poder opresor, sino también de crear formas de existir, lo que supone maneras-otras de pensar, de sentir, de percibir y de actuar en un mundo donde se reafirma la vida frente al mundo de la muerte moderno/colonial.
La modernidad ha negado la existencia de sujetos (as) y grupos humanos considerados como no-modernos (salvajes, bárbaros, incivilizados). De la colonización, el genocidio y la esclavitud racial, ese encubrimiento o negación de existencia pasa a manifestarse en violencia desproporcionada y sistemática sobre ciertos cuerpos y territorios, en el despojo, el desplazamiento forzado, en escasez producida de bienes comunes, entre muchas otras formas. Con base en las historias de vida de tres mujeres campesinas de Montes de María, mujeres que han sido excluidas, negadas y dominadas por la modernidad -por ser mujeres, de la periferia, pobres y negras-, esta ponencia explora las genealogías de sus luchas contra las experiencias presentes de la colonialidad: la violencia del despojo de cuerpos, tierra y agua. Comprender sus formas de re-existencia en medio del conflicto armado y los monocultivos es el objetivo de esta comunicación. Para ello propongo abordar las siguientes ideas: tematizar cómo las prácticas comunitarias, como forma de re-existencia, se fundamentan en la expansión de la defensa y el reclamo por el territorio, el cuerpo, el cuidado y la vida descolonizados; problematizar cómo la creación de mundos alternativos implica una nueva subjetividad política que establezca otros vínculos con la noción de la política y de lo político. Lo que supone, a su vez, ir más allá de la noción rígida de política reducida a la forma-Estado y a su aparato. El reto es, por tanto, repensar y reasumir la política desde otros lugares, otras realidades, otros términos, otros saberes, otros sujetos (sujetas) que se vienen reconfigurando desde otras matrices de pensamiento con apuestas por la creación de mundos alternativos; y, por último, pensar un marco categorial que parta de lo que el feminismo occidental ha negado, encubierto y excluido. Como nos dice Gladys Tzul, antes de un quehacer feminista, lo que sucede en las comunidades es un "hacer entre mujeres”. Esos tres puntos me llevan a entender la construcción de nuevas subjetividades campesinas femeninas que están repensando y resignificando la vida comunal: vida en dignidad.
Referencias bibliográficas:
Albán, A. (2013). Pedagogías de la re-existencia, artistas indígenas y afrocolombianos. En C. Walsh. (Ed.), Pedagogías decoloniales: Prácticas insurgentes de resistir, (re)existir y (re)vivir, Tomo 1, (pp. 443-468), Quito, Ecuador: Abya Yala.
Ojeda, D., Petzl, J., Quiroga, C., Rodríguez, A.C., Rojas, J.G. (octubre de 2015). Paisajes del despojo cotidiano: acaparamiento de tierra y agua en Montes de María, Colombia. Revista de Estudios Sociales, no. 54, pp. 107-119.
Porto-Gonçalves, C.W. (2006). A Reinvenção dos Territórios: a experiência latino-americana e caribenha. En Ceceña, A. E. (Ed.), Los desafíos de las emancipaciones en un contexto militarizado, (pp. 151-197), Buenos Aires, Argentina: CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.