Hace ya muchos años había terminado una larga investigación sobre la reacción de los trabajadores argentinos frente a la dictadura militar de 1976-1983. Allí descubrí algo que debería haber sido obvio: en todo grupo social hay militantes políticos, activistas sociales y una mayoría sin participación de ningún tipo. Al mismo tiempo, la relación entre los tres niveles conformaba una articulación necesaria para toda actividad colectiva. Si bien no todo el mundo era, o deseaba ser, militante éstos tenían una relación profunda con el conjunto de una clase social y, en el caso que a mí me interesaba, con la clase obrera. De hecho, el “ser militante” no era ni algo constante ni permanente: individuos que no lo habían sido podían serlo, y aquellos que lo eran podían retornar a casa y abandonar toda actividad política o social por un tiempo. Más aún, los principales determinantes de esta participación no eran ideológicos sino clasistas, raciales y de género, donde el entorno social y la historia familiar constituían la base material, el contexto necesario para la militancia. Así, la participación militante era algo subjetivo, cuya realización modificaba profundamente la conciencia aun cuando la persona abandonara esa actividad. Esa modificación marcaba fuertemente los recuerdos y la memoria, donde la evocación de la vida militante, o activista, tomaba características míticas que en los relatos servían no sólo como coordenadas de una vida, sino también como visión del presente. Era indudable que esa participación política había marcado fuertemente los recuerdos hasta el punto de convertirse en centrales a toda memoria. Para mis entrevistados la militancia, hacía más de treinta años, había enriquecido sus vidas modificando su visión del mundo y de si mismos. Al mismo tiempo en su articulación con un grupo social más amplio, esta subjetividad se convertía en un prisma desde donde intentar aproximarse a las estructuras de sentimiento, tal y como las definió Raymond Williams, que definían a un obrero como tal y lo diferenciaban de otras clases y sectores sociales.
La narración de todo entrevistado, y la vida de todo individuo, se ven fuertemente marcadas por aspectos de clase, género y raza. Los tres aspectos se articulan dinámicamente para sugerir procesos sociales complejos, donde la vida de cada individuo construye la del conjunto que así no es una mera sumatoria de experiencias individuales, sino que constituye una entidad superior, colectiva, producto de la articulación de las experiencias individuales. Al revisar docenas de testimonios de militantes y activistas argentinos lo que emerge es una imagen donde los elementos que pueden ser denominados “de clase social” determinan los aspectos de género y de raza tanto en el posicionamiento del testimonio, como en las imágenes seleccionadas en la narración, y en el balance que se hace de la propia vida. Lo que nos interesa, principalmente, es cómo la subjetividad evidente en los testimonios nos permite comenzar a aproximarnos a un colectivo social realmente existente como es el de la clase obrera. En este caso consideraremos sólo algunas narraciones de antiguos militantes argentinos cuya actividad política se desarrolló entre 1960 y 1989 y que en la mayoría de los casos no habían sido entrevistados por otros investigadores. Los testimonios considerados son relativamente extensos, abarcando muchas horas, y sólo tomaremos algunos ejemplos en torno a las causas de la politización del entrevistado para luego tratar, brevemente, algunos balances a una vida de militancia, todo para sugerir posibles conclusiones en torno a cómo la subjetividad en los testimonios revela improntas de clase social.
En lo anterior es notable la diferencia entre aquellos entrevistados cuya militancia o activismo tuvo características dirigentes y aquellos cuya participación fue muy pasajera o de base. Aquí hemos optado por trabajar con testimonios de militantes de base en función de acceder a características contrastantes en torno a la subjetividad. En estos casos, ser entrevistados jerarquizaba sus vidas por lo que el planteo de recurrir a su memoria no sólo los hacía sentir como protagonistas de la historia, o sea “importante”, sino que también los obligaba a una búsqueda y a evocar recuerdos en función de construir una memoria en particular. Estos testimonios tienden a ser de una gran riqueza en cuanto a lo que aportan para la comprensión de una subjetividad determinada pero, al mismo tiempo, son más confusos en cuanto a narración, más imprecisos y desorganizados, sobre todo por que el presente es el punto de referencia evidente y obligado. En cambio, aquellos que fueron dirigentes han realizado un balance cercano a la “historia oficial” que contribuyeron a construir. Así “su memoria” tiende a haberse cristalizado en una narrativa coherente, seductora, muy armada, pero de escasa riqueza en términos de la subjetividad. Más aún, en estos casos el testimonio se encuentra, en forma subyacente, fuertemente condicionado por la ubicación política y una posible continua exposición a la represión. En particular estos dirigentes han brindado sus testimonios repetidas veces, e inclusive algunos han redactado sus memorias. En el sentido de rastrear subjetividades, los testimonios de dirigentes se revelan como de menor utilidad, ya que sus expresiones “cristalizadas” tienden a ocultar las premisas subjetivas en un discurso racional y cuidadosamente armado. Esto no quiere decir que no sean útiles para nuestros fines, sino que son preferibles los de los militantes de base precisamente por no haber sido previamente estructurados.