Durante la colonia, Cartagena fue una ciudad atractiva para los ataques piratas ingleses, franceses y holandeses. La corona española enfrentó estos ataques con la construcción de fortificaciones y murallas alrededor de la ciudad. Cartagena aun preserva la mayor parte de esta estructura, por eso la Unesco concedió a la ciudad el reconocimiento de sitio patrimonial de la humanidad.
El área amurallada está compuesta por tres barrios: Catedral, San Diego y Getsemaní. Durante la colonia, en el primero estaban ubicadas las edificaciones institucionales y las casas de los colonizadores españoles. En el segundo residían artesanos y obreros. En el tercero, residía población vinculada al comercio al por menor, inmigrantes, y población afrocolombiana no esclavizada. Mientras Catedral y San Diego fueron siempre barrios de esencia española, Getsemaní fue un barrio históricamente ligado a luchas independentistas. Esta diferencia política ha tenido efectos urbanísticos desde la colonia hasta hoy. Mientras la elite actual promueve turísticamente los valores arquitectónicos coloniales de Catedral y San Diego, al mismo tiempo ha despreciado el área de Getsemaní por sus raíces antiespañolas.
Actualmente, la economía de la ciudad está fuertemente vinculada a la historia de estos tres barrios. La declaración patrimonial de la Unesco y el impulso de la política turística nacional convirtieron a Cartagena, y especialmente a su zona amurallada, en el principal motor turístico del país. Esto creó una atracción sostenida del capital hacia la actividad turística e inmobiliaria en la ciudad durante las últimas 3 décadas. No obstante, después del 2009 (un año después de la crisis global) la movilidad del capital hacia Cartagena está registrando un crecimiento sin precedentes. Como resultado, estamos presenciando un fuerte boom inmobiliario, una vertiginosa especulación de precios y una agresiva gentrificación en el área patrimonial.
Sin embargo, la relación patrimonio y capital no fue siempre igual. Así mismo, el significado y la valoración simbólica y material de lo patrimonial tampoco fue siempre igual. En esta ponencia trato de demostrar que grupos económicamente dominantes han usado y modificado las narrativas sobre lo patrimonial con el fin de garantizar la circulación y acumulación del capital. Mi hipótesis es que los cambios en estas narrativas han actuado como un proceso de destrucción creativa que impulsa la demolición y restauración continua de la herencia colonial. También exploro las causas del boom inmobiliario y propongo como hipótesis que la condición patrimonial de la ciudad amurallada ha sido utilizada como un spatial fix que moviliza recursos desde sectores económicos con crisis de sobreacumulación hacia el entorno patrimonial construido.
Iniciando el siglo XX, la burguesía local introdujo un impulso modernista que trajo a la zona amurallada un entorno construido coherente con sus ideales de progreso. Para ellos, las murallas, fortificaciones y casas coloniales representaban un obstáculo al desarrollo y un ancla al pasado colonial que ellos querían borrar. A esta burguesía se oponía una elite local que clamaba y defendía sus orígenes españoles. Esta elite ganó y frenó algunas demoliciones y transformaciones.
En la década de los 60, la ciudad fue promovida como destino turístico y el gobierno nacional declaró como patrimonio nacional las fortificaciones y las propiedades pertenecientes a la zona amurallada. El gobierno local rescató, con monumentos, la herencia colonial. La elite local impulsó el gasto público en los barrios Catedral y San Diego, y estigmatizó a Getsemaní, el barrio asociado a la independencia. En la década de los 80, la Unesco declaró la zona amurallada y las fortificaciones como Patrimonio de la Humanidad. Esta declaración nace en un contexto global donde se desarrolla lo que Hewison (1987) llamó la industria del patrimonio. Las tendencias postmodernistas impulsaron a nivel global el rescate y remanufactura del patrimonio como una herramienta de reproducción del capital (Harvey, 1989). Esta declaración atrajo a la ciudad las primeras inversiones inmobiliarias de origen no-local. Empezó a llegar elite nacional, personas ligadas al entretenimiento, dos cadenas hoteleras y personas vinculadas al narcotráfico. Presenciamos los primeros procesos gentrificadores en la ciudad, aunque aún no era un fenómeno generalizado.
Finalizando el siglo XX, la ciudad aprueba reformas legales que estimulan la restauración de la arquitectura colonial. Ofrece reducción de impuesto predial a los predios reconocidos como Conservación histórica y ofrece el mínimo predial a los hoteles. Además, clasifica las casas dentro de la zona amurallada como de clase media y baja, lo que les permite acceder a tasas aún más bajas. Esto hizo que las propiedades en esta área pagaran una de las más bajas tasas predial de Latinoamérica y el caribe.
En ese momento, Cartagena también recibió la intervención de un actor extranjero que altera e promueve una narrativa patrimonial: la agencia de cooperación española. Entre 1995 y 2005, Cartagena fue la ciudad que más recursos recibió en todo el mundo (de 95 ciudades apoyadas por la agencia). Este apoyo estuvo orientado a: restauraciones arquitectónicas, asesoramiento en conservación y entrenamiento de mano de obra. Las restauraciones estuvieron enfocadas en las edificaciones donde funcionaban las instituciones coloniales, y al rediseño y adecuación de los espacios públicos de Catedral y San Diego. Como toda intervención de espacio público, la consecuencia inmediata fue la persecución y vigilancia de la cotidianidad local (expulsión de vendedores ambulantes, especialmente). Detrás de la inversión española, llegaron los inversionistas privados europeos, pero principalmente españoles. Podríamos decir que operó un tipo de gobernanza urbana en términos de Harvey (2009), pero esta vez de un tipo neocolonial.
Las intervenciones tributarias y urbanas tuvieron un efecto positivo en la dinámica inmobiliaria que tuvo un freno fuerte en el 2008 (año de la crisis global). Sin embargo, a partir del 2009 la ciudad experimenta un extraordinario repunte que aún no se detiene.
¿Qué está sucediendo en la ciudad desde el año 2009? Diversos autores están documentando procesos intensos de gentrificación durante los últimos 10 años en los tres barrios (Burgos, 2016 y Pineros, 2017), pero especialmente en Getsemaní (Posso, 2015) y Perez, 2013). Desde Catedral, se han expulsado actividades administrativas lo cual reduce la visita de los cartageneros. En su lugar, tenemos un crecimiento de hoteles boutique y tiendas turísticas. En San Diego, han desaparecido tiendas barriales y talleres, y en su lugar aparecen restaurantes y hostales. En Getsemaní, grupos de casas humildes están siendo englobadas en mansiones con arquitectura colonial remanufacturada. Pequeños talleres, prostíbulos y bares tradicionales han sido eliminados y en su lugar aparecen desde hoteles de lujo hasta hostales para mochileros.
Sin embargo, Gotham (2005) ha sostenido que no es el turismo per se quien produce gentrificación. Gotham indica que los barrios turísticos están siendo gentrificados por un nuevo esquema de conexiones institucionales entre gobiernos locales, industria inmobiliaria y la economía global. Las instituciones turísticas y los inversionistas inmobiliarios están “adaptando, modificando y manipulando imágenes del lugar para que sea deseable por el consumidor objetivo ... los gustos del consumidor por determinados lugares son creados y mercadeados por capitalistas poderosos cuyo principal interés es producir un ambiente construido desde el cual ellos puedan extraer mayores ganancias”.
Entonces debemos explorar como los inversionistas de capital están participando en el mercado inmobiliario de Cartagena y como están vinculados con la promoción de narrativas patrimoniales útiles para la circulación y acumulación del capital. Para hacer esta exploración efectuó un ejercicio de trazabilidad de una muestra de 192 propiedades (fracción muestral de 18%). Las propiedades fueron fotografiadas y geolocalizadas. Las propiedades fueron identificadas en bases de datos institucionales. Posteriormente se obtuvieron los Certificados de compra y venta del predio. Allí se obtuvo datos sobre nombres de propietarios, números de identificación, precios registrados de venta y fecha de los cambios de titularidad. Los nombres y números de identificación fueron rastreados en páginas web con información empresarial, legal y de medios de comunicación. Igualmente, se buscaron datos en OpenCorporates y en ICIJ (Panama Papers).
Un adelanto de los resultados: el 49% de las propiedades fue vendido entre 2010 y 2017. Proporcionalmente, Getsemaní (el barrio anteriormente estigmatizado) es el que presenta la mayor dinámica inmobiliaria. El 73% de las compras fueron hechas por entidades jurídicas (no turísticas). Un tipo de compañía frecuente en estas negociaciones son las compañías fantasmas (Shell companies). El 72% de las propiedades pertenecen a no-locales. Dentro de este grupo, los orígenes más importantes son: elite nacional, europeos y personas o entidades (extranjeras y nacionales) vinculados paraísos fiscales. El capital proviene principalmente desde el sector financiero y la economía extractiva (minería y ganadería, principalmente). En la ponencia planteamos una interpretación de estos hallazgos. Por ahora debemos decir que detrás del nuevo boom inmobiliario y de la tendencia gentrificadora actual, tenemos una amalgama compleja de actores visibles e invisibles, legales e ilegales, locales y offshore que impulsan, alteran y aprovechan las narrativas patrimoniales que sean útiles para la circulación y acumulación del capital. La zona amurallada parece convertirse en un tipo de ajuste espacial (en el sentido de Harvey) para las dinámicas del capital especificas a las economías del sur global.