La globalización es un fenómeno que inició hace miles de años, mostrando momentos de gran auge, como el periodo de las conquistas territoriales de las potencias europeas y las expansiones de distintos imperios alrededor del planeta. Sin embargo, la actual fase de la globalización, iniciada hacia finales del siglo XX, evidencia una auténtica mundialización de los procesos. La observación del acontecer internacional es permanente y atenta al cambio, y en ese sentido, las transformaciones sociales de la globalidad las han forzado a afinar su visión y a profundizar sus proyecciones. No obstante, se ignora muchas veces algo que debe caracterizarla, esto es, su referencialidad constante a los marcos teóricos de la disciplina de las relaciones internacionales y no solo un afán de simple curiosidad o interés coyuntural. En esta vinculación entre realidad, disciplina y teoría, tanto el académico como el teórico, deben evitar dejarse llevar por lo que podría denominarse la “moda” de la agenda internacional: es decir, aquellos aspectos meramente coyunturales, que por su relevancia temporal pueden parecer convertirse en el centro del objeto de estudio.
Esto es precisamente lo que ocurre en relación con el tema migratorio en América Central y en particular en relación con las políticas públicas que se ocupan del tema, no precisamente como una moda, sino como la expresión social de situaciones complejas. Al respecto, existen políticas públicas que por su naturaleza y la complejidad del problema buscan gestionar particularidades que deben ser reconocidas tanto por quienes las formulan, como por quienes las implementan. Una de las principales diferencias, más allá de dos políticas particulares que son externas al Estado -política exterior y política de defensa-, son las del ámbito doméstico, que se ven sujetas a factores y condicionantes externos que resultan determinantes en la obtención de resultados esperados. Precisamente, las políticas migratorias corresponden a este tipo particular, porque para su formulación e implementación tienen que considerarse el contexto y la ubicación geográfica. Por otra parte, hoy la mayoría de las políticas tienen un grado significativo de influencia de factores externos, producto de los crecientes espacios intermésticos y transmésticos. Sin olvidar las cuestiones de seguridad que han sido reconceptualizados; pero sin una ruptura significativa con los elementos tradicionales que han definido su naturaleza y dinámica. De ahí, la necesidad de reconocer -cuando se alude lo migratorio- el denominado proceso de seguridización y los múltiples flujos transfronterizos que tienen lugar, los cuales afectan en mayor grado a Estados ubicados en “regiones puente”, como ocurre con los centroamericanos.
Otro factor a considerar es que Centroamérica se ha convertido en una de las regiones más vulnerables del planeta; sobre todo en cuatro aspectos: i) el colapso ecológico, por el cambio climático; ii) la creciente criminalidad y violencia, que la ubican como una de las áreas más violentas del planeta; iii) la criminalización de la pobreza y la exclusión social, enmarcadas en el darwinismo social; y iv) el colapso del tejido social en todos los países del área, aunque en algunos es más grave que en otros. Sin duda ello incide en los flujos migratorios y en el trato que se les da a las personas migrantes.
En ese marco, ya sea por las oleadas migratorias europeas africanas o asiáticas, el silencioso y a veces no tanto, mover de las gentes en Centro América ha estado presente desde hace décadas. En el caso de América Central, la presentación del fenómenos migratorio responde a un objetivo más que local, regional, cual es el paso hacia México primeramente y luego, Estados Unidos. Este fenómeno, por supuesto que responde a múltiples factores, desde los continuos de pobreza, violencia, ausencia de expectativas económicas. Sin embargo, existe un fuerte nexo entre migración y globalización, pues una incrementa la otra. De hecho en las dos primeras décadas del siglo XXI, se advierte un incremento que debe asociarse además a eventos naturales devastadores en las costas centroamericanas, así como al aumento de la natalidad. Además, es necesario considerar las causas y motivaciones que incentivan los flujos migratorios, así como sus efectos que no solo colisionan con políticas internas o ausencia de ellas, sino también con la capacidad de los Estados para hacer frente a los efectos de la movilidad de las personas. A ello se agrega otro nexo que no puede pasar desapercibido: migración y conflicto. En efecto, la migración centroamericana pasa por espacios y territorios que se han visto hace décadas en problemas con el mundo indígena, con la falta de reparación de los hechos de violencia de los años 70 y 80. Centroamérica es un buen ejemplo de esta situación, pues las guerras civiles de las décadas de 1970 y 1980 generaron migraciones masivas. De igual forma el auge del crimen organizado, sobre todo por narcotráfico y las pandillas tipo maras, que han inducido a una nueva oleada migratoria en el istmo, pero con características particulares. Sin bien esto no es un fenómeno propio de Centroamérica, esta región permite desarrollar un estudio de caso para identificar algunas lecciones y reconocer algunas singularidades que no están presentes en otras oleadas migratorias de mayor volumen o destino.