Sobre la base de los análisis anteriores presentados por el autor en el GT, se da continuidad al examen del marco sociopolítico y cultural norteamericano, mirando los procesos ideológicos que tienen lugar tanto a nivel gubernamental como en el seno de los partidos y de la sociedad civil, palpables en las últimas contiendas electorales, con énfasis en las de 2016 y sus implicaciones actuales y perspectivas. Se desarrolla la hipótesis formulada en los trabajos precedentes, de que Estados Unidos se halla en una transición inconclusa en medio de contradicciones entre diversos grupos de poder, de agotamiento de la tradición liberal y de creciente auge conservador, muy marcado con Trump, y no acaba de cristalizar un nuevo proyecto de nación. En este proceso prevalecen concepciones mezcladas que procuran mayores cuotas de poder, de la derecha tradicional, la extrema derecha, el populismo nativista, el nacionalismo jacksoniano, con ingredientes de ideología fascista, cuyos soportes clasistas y viabilidad es objeto del análisis. En la medida que transcurre el período de gobierno de Trump (¿el primero o el único?), su personalidad proyecciones siguen estimulando interpretaciones, interrogantes e hipótesis. No pocos trabajos han intentado ya dar cuenta de las causas que propiciaron su victoria en las elecciones de 2016, coincidiendo en la consideración de que las secuelas de las sucesivas crisis económicas que se han ido acumulando en las últimas décadas en la sociedad norteamericana han ido acompañadas de cambios en el tejido social y de indicios de crisis políticas, que se manifiestan sobre todo en el sistema bipartidista y en el terreno ideológico. El “fenómeno Trump” es, justamente, una expresión de esa crisis, como lo fue en su momento, en otras circunstancias, la emergencia de Obama como el candidato presidencial triunfante en los comicios de 2008. Lo que se ha señalado precisa la importancia de analizar los procesos electorales, en la medida en que en ellos se ponen de manifiesto tensiones, contradicciones, potencialidades, se crean alianzas y consensos que en otras circunstancias no se hacen presentes. Sin embargo, debe quedar claro el valor relativo de esas coyunturas cuando se trata de arrojar luz sobre tendencias y perspectivas de la sociedad norteamericana. Como es conocido, dada la manipulación de que suelen ser objeto diversos temas, como los económicos, sociales e internacionales, y el papel de los medios de comunicación al promover la figura del candidato presidencial y la agenda de los partidos, la imagen que se forma la ciudadanía de todo eso viene a ser más relevante que la propia realidad. De ahí que los Estados Unidos deban examinarse más allá de los procesos electorales y de sus resultados. El análisis de esas coyunturas no basta para comprender el contradictorio y complejo curso de esa sociedad y del sistema que la caracteriza. Se trata del país imperialista que aún ostenta el liderazgo del capitalismo mundial, en medio de crisis y reajustes, de disputas al interior de las élites de poder, que traslada su conflictividad a la arena mundial y cuyas repercusiones son de la mayor significación para la seguridad internacional. El triunfo electoral de Donald Trump ha colocado en el debate el tema del auge del movimiento conservador, del populismo y de las corrientes de extrema derecha, como reacciones de desencanto, rechazo y ajuste de cuentas con el legado de Obama. Los antecedentes de esa ofensiva ideológica se hallan en los años de 1980, cuando bajo la llamada Revolución Conservadora, con Reagan, se cuestionaba al liberalismo tradicional y a las prácticas de los gobiernos demócratas. Treinta años después, al terminar el decenio de 2010, a ello se agrega el disgusto de sectores de la clase media blanca, protestante, de origen anglosajón --afectada desde el punto de vista socioeconómico con las políticas impulsadas por Obama--, cuyos resentimientos se enfocaban no sólo contra el gobierno demócrata que terminaba su mandato, sino de modo específico contra la figura presidencial en el plano personal --un hombre de piel negra, de origen africano--, con beligerantes expresiones de racismo y xenofobia que había anticipado el Tea Party y que Trump retoma con fuerza, añadiendo una estridente nota de intolerancia étnica, misoginia, machismo, homofobia y sentimientos antiinmigrantes, con un discurso patriotero que afirma defender a los “olvidados”. A la vez, promete restaurar el espíritu de la nación, fortaleciendo el rol mundial de los Estados Unidos, a través de las consignas America First y Make Great America Again . Los Estados Unidos han sido escenario de una prolongada crisis y de hondas transformaciones en la estructura de su sociedad y economía, llevando consigo importantes mutaciones tecnológicas, clasistas, demográficas, con expresiones también sensibles para las infraestructuras industriales y urbanas, los programas y servicios sociales gubernamentales, la cultura, la composición étnica y el papel de la nación en el mundo. Se trata de cambios graduales y acumulados, que durante más de treinta años han modificado la fisonomía integral de la sociedad norteamericana. Sin embargo, a pesar de que en buena medida ha dejado de ser monocromática -- simbolizada por la exclusividad, como país, del prototipo del white-anglosaxon-protestant (wasp)--, y se puede calificar de multicultural multirracial y multiétnica, ello no significa que se haya diluido o mucho menos, perdido, esa naturaleza, de una clase media cuyas representaciones son esencialmente conservadoras. Sin ignorar la heterogénea estructura clasista estadounidense, conformada por la gran burguesía monopolista, la oligarquía financiera, la clase obrera, los trabajadores de servicios, un amplio sector asociado al desempleo, subempleo y la marginalidad, junto al granjero -- cual singular expresión del hombre de campo--, acompañada de las correspondientes representaciones ideológicas y psicológicas, es aquella la simbología cultural que presentan los textos de historia, la literatura, el cine y la prensa. Los Estados Unidos han dejado de ser hace tiempo el país que los norteamericanos creen que es, o dicen que es. El agotamiento de caminos, búsquedas y hallazgos tradicionales parecieran expresar la continuidad de una etapa de transición político-ideológica que se viene desplegando en el presente siglo. Las contradicciones en que ha vivido y vive hoy, en términos ideológicos y partidistas no pueden ya ser sostenidas ni expresadas por la simple retórica. Escapan a la manipulación discursiva tradicional --mediática, gubernamental, política--, y colocan al sistema ante dilemas que los partidos, con sus rivalidades, no están en capacidad de enfrentar, y que no llegan a cristalizar en un nuevo consenso nacional. Aquí radican los retos que en el plano ideológico y sociopolítico debe enfrentar el “trumpismo” con su lenguaje basado en el resentimiento, difícil de encasillar en una corriente ideológica específica, si bien se nutre, según se ha argumentado, de una mezcla ecléctica de conservadurismo, extremismo de derecha radical y de populismo nativista . Y que, a la vez, apela a la filosofía del Destino Manifiesto, a través de los nuevos slogans chauvinistas, patrioteros, ya mencionados, America First y Make Great America Again, dirigidos a devolverle a los Estados Unidos su rol mesiánico en la arena mundial, y a reparar las grietas en la autoestima de la nación. Quizás la principal tarea que requiere el análisis actual del imperialismo norteamericano deba proyectarse hacia las tendencias que prevalezcan en el corto, mediano y largo plazo, más allá de los efectos inmediatos de la coyuntura electoral de 2016, en su camino hacia la de 2020, ponderando las contradicciones y consensos de las élites de poder, identificando sus bases clasistas, financieras e institucionales, precisando las posibilidades y los límites de las ideologías reaccionarias que se manifiestan (conservadoras, populistas, de extrema derecha), de sus implicaciones políticas internacionales y de los condicionamientos económicos que determinarán su alcance.