El arribo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) al poder Ejecutivo en 2007 en Nicaragua y del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en 2009 en El Salvador representan hitos históricos en América Latina, por tratarse de las únicas dos ex guerrillas del continente que arribaron a la conducción del Estado por la vía democrática. También en 2009 los poderes fácticos de Honduras depusieron y expulsaron del país al presidente electo Manuel Zelaya. En Guatemala, en 2015, el general retirado Otto Pérez Molina, presidente en funciones, debió comparecer ante la justiciaen medio de un escándalo de corrupción. Pérez finalmente renunció a la presidencia, tres días antes de los comicios de 2015 en ese país. Entretanto, en Costa Rica destaca el triunfo del Partido Acción Democrática (PAC), de centro izquierda, en 2014, y la reelección del mismo en 2018.
Este conjunto de hechos, ocurridos a lo largo de la última década, es indicativo de notorios dinamismos en la escena política regional, en una Centroamérica que no deja de moverse y sorprender. Ahora bien, ¿en qué medida estos cambios han conseguido modificar la injusticia estructural de las sociedades centroamericanas? ¿Hasta qué punto las frágiles democracias regionales han echado raíces en escenarios que le han sido tradicionalmente adversos?
Cabe recordar que las transiciones a la democracia en Centroamérica iniciaron durante la década de 1980, en plena crisis centroamericana. Se trató, de hecho, de democracias contrainsurgentes, dado que se impulsaron con el objetivo de deslegitimar los procesos revolucionarios entonces operantes en la región. Por eso no deja de ser paradójico que las organizaciones político-militares otrora comprometidas con la transformación revolucionaria, terminaran aceptando las reglas del juego de la democracia procedimental. Tal metamorfosis esla manifestación más dramática del cambio de paradigma devenido del derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas(URSS) y caracterizado por el desplazamiento desde el ideal revolucionario hacia el ideal democrático. De la mano de la entronización del orden neoliberal, dicho desplazamiento supuso el predominio de un concepto de democracia eminentemente político, desprovisto de todo contenido económico y social.
¿Qué decir hoy de tales democracias? ¿Cómo analizar el acontecer político en la Centroamérica del posconflicto en función de las apremiantes necesidades de los pueblos de la región? Son preguntas que motivan la presente ponencia. El objetivo es reflexionar en torno de las posibilidades y los límites de los gobiernos de izquierda, la crisis política desatada en Honduras a partir del golpe de Estado y los alcances de la justicia en Guatemala, como puntales de una serie de cambios significativos en el ámbito político, pero insuficientes en el crítico ámbito de las estructuras económicas. A ello hay que añadir que los alarmantes niveles de violencia, sobre todo en el llamado triángulo del norte (Guatemala, Honduras y El Salvador), no han sido eficientemente combatidos por las administraciones recientes.
Analizar Centroamérica exige, como toda otra región de la aldea global —pero quizá más patentemente— considerar el delicado equilibrio entre lo geopolítico y lo local, entre los intríngulis nacionales y los conflictos de intereses expresados en el ajedrez internacional.En ese sentido, la influencia estadounidense en la región, la migración y la transnacionalización del narcotráfico y del crimen organizado son elementos nodales de todo análisis actual.
Desde el punto de vista de los factores internos, salta a la vista que el FSLN y el FMLN, las dos emblemáticas ex guerrillas, han tenido serias dificultades para responder a las altas expectativas de cambio en ellas depositadas por sus simpatizantes y sus bases de apoyo. La transformación de ambas organizaciones en partidos políticos mostró su eficacia, en la medida en que lograron cohesión en torno de los respectivos proyectos históricos que representaban, se erigieron en alternativas de poder y alcanzaron el mando del Ejecutivo en los dos países. No obstante, en el ejercicio del poder conviven remanentes personalistas y autoritarios —propios de la guerra— con prácticas clientelares y uso discrecional de recursos, al punto de poner en cuestión la integridad de las dirigencias. Con el agravante de que problemas endémicos, como el de las maras en El Salvador, no ha recibido un tratamiento satisfactorio.
Por otra parte, la grave crisis institucional que inició en Honduras en 2009 y que no ha dejado de profundizarse, como lo mostró el fraude en las elecciones presidenciales de 2017, pone de manifiesto el carácter retardatario de las élites regionales, reacias a las reformas sociales más elementales y urgentes.Conviene no perder de vista el profundo carácter conservador de los poderosos grupos económicos de la región, provenientes de matrices oligárquicas.
Así las cosas, es justo subrayar que los gobiernos de izquierda en Nicaragua y El Salvador no solo arribaron al poder en contextos de endémicas crisis económicas, encontrando Estados desfinanciados, prácticamente quebrados, sino que, además, han debido enfrentar el sistemático boicot por parte de los sectores conservadores, históricamente dueños de los medios de comunicación. A las taras propias de su funcionamiento interno hay que agregar, pues, el bombardeo del que han sido objeto desde las trincheras enemigas.
La profunda crisis en Honduras evidencia los estrechos límites de las democracias centroamericanas, poniendo al descubierto hasta donde son capaces de llegar los poderes fácticos de la región en su obcecación por impedir cambios que el propio capitalismo exige para su mejor funcionamiento y desarrollo. En el caleidoscopio de Honduras también es posible observar el peso e influjo de Estados Unidos sobre el istmo centroamericano, toda vez que su respaldo irrestricto a las fuerzas golpistas ha sido decisivo para legitimar los gobiernos de facto que allí se han impuesto.
Sobre todos estos hechos y sus consecuencias para la democracia en Centroamérica se reflexionará en esta ponencia.