Print Friendly and PDF



Resumen de ponencia
La guerra en Siria y el terrorismo islámico lastran la respuesta de Latinoamérica frente a los conflictos de Oriente Medio.

Grupo de Trabajo CLACSO: América Latina y Medio Oriente

*Susana Mangana Porteiro



La ola de protestas populares en el mundo árabe desatada a raíz de lo que la prensa, europea principalmente, acuñó como Primavera árabe y cuyo inicio situamos en Túnez en 2011, tomó por sorpresa a los gobiernos latinoamericanos, tal y como ocurrió con los europeos e incluso con el de Estados Unidos. Si bien en un principio la caída de gobernantes como Ben Ali de Túnez o Hosni Mubarak de Egipto fue recibida con la misma esperanza e ilusión por un despertar de la libertad y la apertura democrática en aquella región, también manifestada por europeos y norteamericanos, la rapidez con la que las propias revueltas árabes se transformaron en conflictos bélicos con distintos grados de injerencia externa, tanto a nivel regional como internacional, confundió a la mayoría de líderes e intelectuales latinoamericanos.
Es entendible que gobiernos latinoamericanos que mantuvieron hasta entonces relaciones asiduas y promisorias con los líderes contestados de países tales como Libia, o Siria se mostraran reticentes a la hora de expresarse abiertamente sobre la caída de sus otrora socios y amigos. Gobernantes como Hugo Chávez de Venezuela defendieron públicamente en reiterada ocasiones tanto al régimen de Gadafi en Libia como al de Bashar Al Asad en Siria.
En el caso de Libia la intervención temprana de la OTAN y el humillante final deparado al excéntrico pero mítico revolucionario Cnel. Muamar Gadafi frenó posiblemente cualquier expresión de júbilo y felicitación por la caída de su régimen, hoy percibido con nostalgia por muchos analistas políticos en todo el mundo ante el caos y perpetuo estado sin ley en el que ha caído ese país mediterráneo.
Es en el capítulo de Siria donde se observa mejor la perplejidad que aqueja a políticos, activistas sociales e intelectuales en Latinoamérica que oscilan entre suscribir la posición de la izquierda europea, en cualquiera de sus variantes, ante el conflicto sirio que desde temprano se mostró favorable a la remoción de Bashar Al Asad y abogó incluso por la intervención militar extranjera, es decir, de Estados Unidos y sus socios tradicionales (Europa, Canadá, Japón, con el aval de la ONU y OTAN principalmente) y optar por la cautela, percibida en ocasiones como inacción, en la condena al régimen sirio por entender, tal y como ha explicado en numerosos artículos el intelectual argentino Atilio Borón, que se trata de una guerra provocada por el imperialismo estadounidense apoyado por estados de la periferia, siguiendo su teoría de los tres círculos, con intereses geopolíticos en Siria, concretamente Arabia Saudí y las monarquía petroleras árabes, abocadas a aislar a su archirrival Irán y para ello vieron necesario deshacerse del clan Asad, aliado de Irán en la región.
De esta forma, videos que difundieron masivamente en las redes la opinión de la monja argentina Guadalupe Rodrigo quien está convencida de que la guerra en Siria ha sido provocada desde afuera para justificar una invasión, comenzaron a calar en la población que de repente comprendió que no sabía a qué bando creer. Naturalmente, los ciudadanos latinoamericanos saben que la verdad es la primera víctima en este tipo de conflictos endemoniados y Siria no es la excepción. La elusiva etiqueta de “rebeldes” con la que la prensa mundial describe a los opositores sirios, transformados convenientemente en “luchadores por la libertad” en la estadounidense no ayudó a despejar dudas de aquellos que desean entender qué pasa en Siria. La complejidad de la guerra en la que se sabe ha habido múltiples actores regionales que apoyaron la creación de agrupaciones con una agenda islamista que defenestra a quienes opinan diferente así como el rechazo de líderes y formadores de opinión en Latinoamérica a que religión y política vayan de la mano, fue otro elemento que paralizó la respuesta de los países latinoamericanos. El sectarismo entre suníes y chiíes abonados por una política exterior estadounidense centrada en el confesionalismo (Irak constituye un buen ejemplo) y aceptada, cuando no catapultada, por las maniobras y componendas del bloque árabe del Golfo Pérsico en su afán de contra-restar la influencia iraní, por tanto chií en su región, confunde en Latinoamérica. Si a ello le agregamos el desconocimiento o por lo menos profundos baches en la aprehensión de la historia de aquella región, se entiende mejor la incertidumbre y desasosiego que embarga a algunos intelectuales que en otras circunstancias no habrían dudado en hacer oír su opinión en apoyo a las ansias y lucha por la libertad de naciones que se saben sometidas a la opresión y tiranía de regímenes despóticos, que son muchas más que Libia, Túnez o Egipto y que apuntan a otras naciones que hoy son presentadas como dechado de virtudes por distintas administraciones estadounidenses con el silencio cómplice de sus socios vitales en la Unión Europea. Nos referimos al reino de Arabia saudí o Emiratos Árabes Unidos, hoy socios comerciales de Estados Unidos en la era Trump y sus aliados férreos en la lucha contra el terrorismo de base islámica, aunque hayan sido esos mismos países o sus servicios de inteligencia los que financian y apoyan a la plétora de organizaciones islamistas afiliadas al yihadismo, en su acepción belicista, que han sembrado el horror en Siria a la par que el gobierno sirio. La irrupción en 2014 del architemido DAESH o autoproclamado Estado Islámico y su capacidad de atentar en Europa y Estados Unidos sólo empeoró el desconcierto de la izquierda latinoamericana (y europea es justo reconocer) que optó por permanecer en silencio, salvo algunas voces que expresaron preocupación por la respuesta contundente de Francia o de Estados Unidos tras los sucesivos capítulos con armas químicas.
El temor al terrorismo de este grupo y de sus acólitos en otros puntos del globo terráqueo atenaza las mentes y siembra el desconcierto de quienes en otras ocasiones podrían haberse alzado en contra de bombardeos ordenados por Francia en época de Hollande en represalia, y por tanto con carácter revanchista, tras los atentados de París en 2015 o como el lanzado en forma tripartirá el pasado 8 de abril por Francia, Reino Unido y Estados Unidos contra bases militares del gobierno sirio, tras un supuesto ataque con armas químicas atribuido al régimen de Al Asad.

Aunque Latinoamérica está lejos de mostrar una actitud rayana en la islamofobia, comienzan a aparecer discursos maniqueos, en especial en círculos conservadores, que apuntan a la supuesta amenaza que supone el integrismo islamista, descrito simplistamente en medios latinoamericanos como yihadismo, para la convivencia pacífica y señalan a los refugiados sirios recibidos en países de Latinoamérica en estos últimos años (Uruguay, Argentina y Brasil) como un foco de posibles tensiones. Las dificultades que este colectivo encontró para adaptarse en tierras de Argentina y Uruguay son a menudo esgrimidas como argumento para disculpar una falta de compromiso y solidaridad con la resolución de conflictos bélicos en Oriente Medio que son la razón primera por la que continúa produciéndose el flujo masivo de refugiados. Asimismo, el desconocimiento sobre el Islam en general y el Islam político en particular, han contribuido a esta respuesta tibia de parte de países que podrían haber apoyado la resolución temprana de conflictos tales como el de Siria o Yemen. Por supuesto hubo otros factores que incidieron en esta actitud como pueden ser las tensiones internas en países como Brasil o Argentina, dos actores regionales clave y con un mayor peso en la esfera internacional, si se los compara con el resto de naciones latinoamericanas.
Nos consta que Uruguay que participó durante 2016 y 2017 como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de ONU se mantuvo fiel a sus principios de respetar la libre determinación de los pueblos, apoyando siempre la solución pacífica de las controversias y abogando por el respeto a los derechos humanos en todo el mundo, y exigió a los miembros permanentes mayor transparencia en la forma de trabajo de dicho órgano. Así, en lo que respecta al conflicto de Siria, Uruguay acompañó varias resoluciones -que fueron, en general, vetadas por Rusia- para implementar soluciones políticas. Condenó el uso de armas químicas, pidió que se investigara para determinar responsabilidad de las acciones y abogó por la protección de los civiles. En el conflicto palestino israelí Uruguay condenó la expansión de asentamientos israelíes apoyando la resolución 2334 de diciembre 2016 al tiempo que condenó los ataques perpetrados por Hamas.
En resumen, entendemos que una escasa comprensión de la geopolítica imperante en Oriente Medio así como la manipulación constante de lo que allí ocurre por parte de los medios, han impedido una respuesta contundente de Latinoamérica, en consonancia con su tradición de defensa de la libertad de los pueblos





......................

* Mangana Porteiro
Universidad Católica de Uruguay UCAU. Montevideo, Uruguay