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Resumen de ponencia
Experiencias y subjetividades en los procesos de medicalización de la vida de las mujeres

Grupo de Trabajo CLACSO: Subjetivaciones, ciudadanías críticas y transformaciones

*Nuria Romo Avilés



Nuria Romo-Avilés
Departamento de Antropología Social
Instituto Universitario de Investigación de Estudios de las Mujeres y de Género
Universidad de Granada
C/Rector López Argüeta, s/n
Granada 18010
[email protected]


Los valores del sistema biomédico reflejan valores sociales y esos valores, incluyéndose sus inequidades, se reproducen a través de los tratamientos, tecnologías y prácticas sanitarias que se imponen en un mundo globalizado a través de diferentes procesos de medicalización. Entendemos la Medicalización como la sucesión de situaciones “naturales” de la vida cotidiana o comportamientos desviados que son definidos y tratados como “problemas médicos”. En las sociedades globalizadas la medicalización es un proceso ambiguo y que se produce de manera multidimensional y en un continuo. Irving Zola sostenía que la medicina se había convertido en una importante institución de control social, suplantando a otras instituciones tradicionales como la religión o la ley, con el resultado de que diferentes aspectos de la vida cotidiana resultaban “medicalizados” para obtener una hipotética “salud”.
Pero, ¿qué se aporta desde el feminismo al análisis de los procesos de medicalización?
En esta comunicación ahondaremos en algunos de los motivos que hacen de las mujeres el principal objeto de los procesos de medicalización en las sociedades globalizadas.
Desde el feminismo se ha pensado en la biomedicina como una institución patriarcal en la que el cuerpo femenino se convertía con rapidez en lugar de intervención tecnológica en conexión con el embarazo o otras situaciones relacionadas con la reproducción. De hecho, en los países europeos, los procesos de medicalización hunden sus raíces en el siglo XIX, con una perspectiva de género, cuando profesionales y mujeres de las clases más altas se unieron para transformar eventos de la vida cotidiana en necesidades médicas. Al sistema médico le movía los intereses comerciales y el prestigio, mientras que las mujeres buscaban cumplir con el estereotipo de la fragilidad femenina, que las distanciaba de la robustez de las mujeres de las clases trabajadoras.

Los mandatos de género son clave para entender la salud de las mujeres y los procesos de medicalización diferencial. El análisis de género especifica cómo una sociedad se encarga de la sexualidad, la reproducción, crecimiento de los niños y niñas , la maternidad, la paternidad, y todo lo que está conectado socialmente con estos procesos que son sociales y económicos. En este sentido, cuerpos y procesos sociales no son reinos opuestos, como en la vieja disputa de la "naturaleza versus civilización".

Los análisis feministas sobre globalización nos evidencian cómo la política económica, los movimientos sociales, la formación de identidades y los asuntos del sujeto son generalmente indesligables unos de otros. Las ambivalencias y múltiples sentidos de la globalización tienden a producir nuevas distorsiones de género al mismo tiempo que subvierten otras, dando pie a nuevas dinámicas de exclusión e inclusión. En este sentido, diversas investigaciones han mostrado cómo los sesgos de género atraviesan la práctica médica manifestándose de múltiples formas. En esta misma línea, Carmen Valls ha argumentado con insistencia cómo el sesgo de género más paradigmático en cuanto a los tratamientos de las enfermedades reales o supuestas, se manifiesta de tres formas:

1. Ausencia de mujeres en los ensayos clínicos.

2. Medicalización excesiva de procesos naturales, como los trastornos de la menstruación o la menopausia, y de la salud mental.

3. No asistencia de los procesos biológicos o sociales que sean causa del malestar y la fatiga.

Especial mención merece la Salud Mental de las mujeres. La diferencia de roles asignados a las mujeres, que se encargan de la mayor parte de las tareas relacionadas con el cuidado, su incorporación al mundo laboral con trabajos remunerados pero sin la suficiente implicación de los varones en el ámbito doméstico, y la consiguiente acumulación de roles, ocasionan una disminución del tiempo de ocio y descanso que puede llegar a repercutir en la Salud Mental.
Sabemos que la expresión de las emociones de la mujer siguen haciendo frente a la regulación y la medicalización en nuestras sociedades. Las respuestas comunes como el llanto, un arranque de ira, falta de interés en el sexo, la infelicidad, u otras expresiones de angustia se patologizan y pueden ser percibidas como síntomas de un trastorno de salud mental subyacente, como la depresión. Las mujeres son más propensas que los hombres a ser diagnosticados con depresión. Pero también sabemos que hay un constructo social que indica que las mujeres no sólo son más emocionales que los hombres y que son más emocionalmente inestable. Es una percepción errónea de que la causa de la emotividad de las mujeres es sus hormonas reproductivas.

Desde estas perspectivas, entendemos los mandatos de género como el eje fundamental de la generación de desigualdad en los procesos de medicalización diferenciales que afectan a la salud de las mujeres.









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* Romo Avilés
Universidad de Granada UG. Granada, España