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Resumen de ponencia
TRABAJO A DOMICILIO EN CHILE: NUEVAS CONFIGURACIONES DE UNA ANTIGUA FORMA DE TRABAJO DE LAS MUJERES

*Claudia Gonzalez Cid



Mediante esta ponencia esperamos acudir al lugar y tiempo, de una forma de trabajo precario de las mujeres, que es de larga data. El trabajo a domicilio (en adelante TaD) existe en el mundo desde los inicios del capitalismo y la industria (Tomei, 1999; Montero, 2000); y en Chile, Elena Caffarena ya en el año 1924, se preguntaba por las condiciones de vida y trabajo de las mujeres que desempeñaban estas labores (Caffarena, 1924). En la actualidad el TaD persiste, pero en condiciones y modalidades distintas, ya no en contextos de industrialización, bajo modelos de producción centralizada de tipo taylorista-fordista, sino que ocurre en marcos de flexibilidad, reorganización de la producción y el trabajo, y en una economía cada vez más globalizada (Henríquez, Selamé, Gálvez, & Riquelme, 1998).
Esta ponencia hace parte de una investigación doctoral en curso, cuya pregunta central, apunta a identificar e interpretar cuáles son, y cómo operan, las formas de control y resistencia, de las trabajadoras a domicilio, en el sector de la manufactura, vinculadas a media y grandes empresas, en el Chile neoliberal. La metodología utilizada es básicamente cualitativa, mediante el uso de entrevistas en profundidad y observación en los talleres y domicilios.
Antecedentes del trabajo a domicilio
El trabajo a domicilio está presente en la historia económica en los inicios del capitalismo, antecedido por la forma “putting out system”, que era un sistema de trabajo a domicilio donde el dueño del capital aportaba las materias primas a trabajadores rurales que elaboraban manual y discontinuamente bienes con sus hiladoras y telares, era un sistema doméstico que otorgaba flexibilidad ante las fluctuaciones de la demanda (Galarraga, s/f)
Luego el TaD, acompañó los procesos de industrialización. La producción a gran escala concentró la fuerza de trabajo y los medios de producción en un mismo espacio: la fábrica. Sin embargo, las actividades manufactureras a pequeña escala realizadas fuera de la empresa, se mantuvieron. Los talleres y el TaD constituyeron una extensión de las empresas. En América Latina (A.L.) el trabajo a domicilio “ha coexistido con las formas más fordistas de organización de la producción” (Montero, 2000:7)
En Chile, Elena Caffarena ya en el año 1924 se preguntaba por las condiciones de vida y trabajo, en particular de las mujeres que desempeñaban estas labores (Caffarena, 1924). En un estudio titulado "El Trabajo a Domicilio", publicado en el Boletín de la Oficina del Trabajo, la autora se refiere a estas formas de trabajo, como “sweating system”; analiza las condiciones de vida de las trabajadoras y sus familias, dando cuenta de la profunda precariedad en la que trabajaban y vivían, a propósito de los bajos salarios, largas jornadas de trabajo y condiciones de hacinamiento e insalubridad de los hogares. Se trataba particularmente de mujeres con bajos niveles de educación y con reticencia a organizarse en sindicatos (Caffarena, 1924).
En los 90’ se realizaron una serie de estudios que cuantificaron y analizaron el trabajo a domicilio. Fueron estudios de casos referidos a barrios o comunas y en sectores específicos como la confección y el calzado (Henríquez, Selamé, Gálvez, & Riquelme, 1998). Un hallazgo común de estas investigaciones fue la precariedad de las condiciones laborales de las trabajadoras que se expresaba en bajas remuneraciones y en ausencia de seguridad social. Igualmente se constataría la preeminencia de las actividades de producción de bienes, largas jornadas de trabajo y altas exigencias de productividad y calidad; y el doble desempeño, de parte de las mujeres, tanto de las labores productivas como reproductivas (Henríquez & Riquelme).
El año 1997 la Dirección del Trabajo junto al Instituto Nacional de Estadísticas (INE), queriendo cuantificar el TaD en Chile, agregaron a la Encuesta Nacional de Empleo (ENE), una encuesta suplementaria, aplicada a una muestra de 34 mil viviendas a lo largo del país. Los resultados indicaron la existencia de 79.740 trabajadores a domicilio, un 1,5% de los ocupados; 82,3% mujeres, equivalente al 3,9% del empleo total femenino; un 96,4% de ellas localizadas en espacios urbanos, principalmente en las regiones Metropolitana, V y VIII. Respecto al tipo de trabajo que desempeñaban, se destacaron la promoción y venta de servicios y la confección de prendas o partes de prendas, con más menos, 35 mil y 15 mil personas respectivamente (Henríquez, Selamé, Gálvez, & Riquelme, 1998).
Esta misma encuesta suplementaria se aplicó en el año 2000, pero esta vez sólo en la región Metropolitana. Los resultados indicaron un incremento del sector servicios y ventas, especialmente el porcentaje de trabajos profesionales como consultorías, asesorías, contabilidad, etc., que aumentó de un 10% el año 1997, a un 25% el año 2000; y disminuyó el porcentaje de mujeres de un 80,2% a un 72,8%, en los mismos años (Henríquez, Selamé, & Cárdenas, 2005).
Cabe señalar que se reconoce situaciones de subregistro, ya sea por posibles contextos de irregularidad del trabajo o de los trabajadores, o bien al momento de ser consultados no se declara este tipo de trabajo por considerarse ocupaciones secundarias, ante otras principales (Henríquez, Selamé, Gálvez, & Riquelme, 1998; Tomei, 1999).

Nuevos contextos de ocurrencia del trabajo a domicilio. Cambios en el paradigma de producción

Si bien el TaD es una forma de trabajo de larga data, en la actualidad, existe en condiciones y modalidades distintas, ya no en contextos de industrialización, bajo modelos de producción centralizada de tipo taylorista-fordista, sino que ocurre en situaciones de flexibilidad, reorganización de la producción y el trabajo, y en el marco de una economía cada vez más globalizada. Hace parte de estrategias de fragmentación y desconcentración productiva que adoptan las empresas (Palacios, Levy, & Urbina, 2015) y que implican el traslado de los riesgos y costos de producción a los trabajadores. El trabajo a domicilio se plantea como una condición de competitividad para las empresas (Henríquez, Selamé, Gálvez, & Riquelme, 1998). La producción externa reduciría costos internos e incrementaría la capacidad de respuestas ante los cambios en la demanda (OIT, 2001).

Encadenamientos productivos y feminización del eslabón del domicilio

El trabajo a domicilio hace parte de redes de subcontratación , que en muchos casos adoptan la forma de cadenas productivas (Henríquez & Riquelme, s/f). El trabajo a domicilio es el eslabón último y más precarizado de estas cadenas .
Agacino (2007) analiza la institucionalidad económica neoliberal y el impacto en el mundo del trabajo, en Chile. Da cuenta de una nueva organización industrial, caracterizada por la centralización horizontal del capital y la fragmentación productiva. La primera ha reconfigurado al sector empresarial, constituyéndose grupos económicos con inversiones transversales, interesados más en la acumulación en general, que en una rama específica; respecto a la fragmentación productiva, el autor señala que ésta: “bajo la forma de externalización de funciones o subcontratación, modificó la demografía empresarial, generando una estructura muy heterogénea que vinculó orgánicamente a firmas medianas y pequeñas -e incluso micro-empresas y trabajadores a domicilio- con los grandes conglomerados controladores de los procesos de acumulación” (Agacino, 2007: 2).
Sin embargo, pese a la organicidad señalada por Agacino (2007), el trabajo a domicilio, el eslabón inferior de estas cadenas, carece de todo reconocimiento legal y social. Además, estas cadenas de producción y externalización del trabajo se caracterizan por la ausencia de relaciones entre los eslabones extremos: la empresa y las trabajadoras a domicilio. Las empresas externalizan trabajo mediante los contratistas y se desentienden de un trato directo con los trabajadores (Arteaga, De León, & Rojas, 2003).
El trabajo a domicilio en contextos de flexibilización, y como último eslabón de cadenas de producción, absorbe significativamente a las mujeres (CEM, 2003). La posibilidad de combinar el trabajo remunerado con las tareas de reproducción y cuidado, asignadas culturalmente a las mujeres, y la posición más desfavorecida de éstas en el mercado laboral, son factores que explican la feminización de esta forma de trabajo (Rossignotti, 2006) .
El mercado laboral no opera imparcialmente frente al género, sino que reproduce patrones culturales que segregan a las mujeres a determinados sectores y tipos de trabajo (Domínguez & Brown, 2013). Lo mismo acontece en los procesos de flexibilización donde existen impactos diferenciados entre las mujeres y los hombres, en el sentido de incluir o excluir a unos y otras de ciertos espacios y posiciones (Zuñiga, 2005; Arango, 2004; Abramo, 1999).





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* Gonzalez Cid
Departamento de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales . Universidad de Chile - DS/UCHILE. Ñuñoa, Santiago, Chile