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Resumen de ponencia
Educación en las Ciencias Sociales mediante el modelo de Aprendizaje Experiencial Participativo

Escuela para el Desarrollo - EPD (Perú)

*Arnaldo Serna Purizaca



En 1967, Paulo Freire, maestro brasileño experto en temas de educación, reconoció la existencia de una “educación hegemónica” que se caracteriza por ser autoritaria y, unidireccional, rechazar la crítica y negar el diálogo y la reflexión. Una educación en la que el alumno tiene un rol pasivo, de receptor de conocimientos que el profesor le transfiere, por lo cual le llamó una “educación bancaria”. Frente a este diagnóstico, Freire arma una propuesta de “educación popular”, que favorece el diálogo, la construcción colectiva de saberes, la reflexión y la crítica de los modelos tradicionales para llegar a una toma de conciencia individual y colectiva de los actores para generar un cambio efectivo en su realidad. Más de 50 años después, la ‘educación bancaria’ que identificó Freire sigue siendo el modelo dominante de educación y de enseñanza en América latina.
Las ciencias sociales tienen el reto de ser un vínculo entre la vida cotidiana de las y los actores y la teoría. La pregunta aquí es ¿Cómo podemos enseñar y aprender las ciencias sociales “acercando” la teoría a la práctica? ¿Cómo concretar los conocimientos generados por estas ciencias y mejorar efectivamente la sociedad que estudiamos? ¿Cómo fortalecer las capacidades de las y los actores del cambio y obtener una mejor comprensión del mundo para generar cambios sostenibles en sus territorios ?

I) Un puente necesario entre Teoría y práctica para formar la gente en ciencias sociales
Para formar personas promotoras del desarrollo y actores del cambio, es necesario movilizar las ciencias sociales. Estas disciplinas son claves para analizar y aplicar los enfoques de desarrollo a la complejidad de la realidad. Pero, los conocimientos y metodologías generadas en todas las ciencias sociales no deben quedarse como un tesoro en una biblioteca, sino también buscar una aplicación práctica para generar un cambio ético, conveniente y sostenible. Las metodologías pedagógicas universitarias no parecen idóneas para concretar el diálogo necesario entre las y los teóricos y prácticos. Además, muchas y muchos universitarios prefieren quedarse en una postura de objetividad, de investigación universitaria, sin comprometerse en el cambio social, observando y teorizando la disfunción y las insuficiencias sin actuar. Por otro lado muchos profesionales que trabajan en el campo del desarrollo no recibieron una educación completa en ciencias humanas y sociales pero tienen un saber práctico basado en su experiencia que se puede aprovechar para generar conocimientos nuevos que integren la experiencia y la práctica a la teoría.
Además, una gran parte del público en las universidades busca tener un diploma, un título o una certificación académica que les ayude en su crecimiento profesional. Persiste la creencia que la obtención de un título hace que la persona sea competente. En realidad, la competencia es intrínsecamente vinculada con los saberes prácticos, y la teoría no es suficiente para lograr una competencia efectiva.
Por otra parte, existe una ruptura muy fuerte entre la sociedad civil y las universidades frente al rol que deberían asumir las mismas. No sólo deben generar conocimientos sino también acompañar el cambio social. Acompañar este cambio implica promover un diálogo, un intercambio entre la teoría y la práctica utilizando nuevas metodologías participativas, que permiten teorizar de nuevo la práctica de cada uno y cada una así como practicar las teorías.
Es importante volver a la teoría a partir de la investigación-acción, sistematizar experiencias significativas, y con ello construir colectivamente nuevos modelos, producir conocimientos con los mismos actores en el territorio. Aquí lo central es la experiencia, lo que las personas viven, aquella que debe ser comprendida y de la cual podemos aprender. La sistematización de experiencias permite también generar intercambio entre los y las teóricas y los y las promotoras con una retroalimentación del trabajo de investigadores. Es necesario generar cambios a través de encuentros de inter-aprendizaje desde y para la experiencia. Estos encuentros, estos diálogos permiten crear puentes desde la teoría hasta la práctica para las personas estudiantes, docentes e investigadores que necesitan incorporar nuevos enfoques prácticos en sus estudios en ciencias sociales.
El proceso educativo debe partir de la práctica, reconociendo y respetando al saber popular, a la cultura y al conocimiento del aprendiz desde el diálogo como principio educativo. La construcción de saber debe partir de un diálogo intercultural que supere la hegemonía de un cierto tipo de saber (el conocimiento científico) frente a otros. Finalmente, es importante contextualizar e inscribir el análisis de las acciones y de las y los actores en un territorio, con sus especificidades y su historia. La finalidad de eso es de establecer relaciones horizontales basadas en la humildad, el amor, la tolerancia y el compromiso a los procesos de cambio ( C. Weffort, 1967).

II) El Modelo de Aprendizaje Experiencial Participativo: El puente que propone Escuela para el Desarrollo
En los años 1990, Escuela Para el Desarrollo, ha sido pionera en la creación y promoción de este puente entre la teoría y la práctica en la enseñanza de las ciencias sociales en Perú. Para Escuela, la formación en ciencias sociales debe servir a la promoción del desarrollo, orientado a ciudadanas y ciudadanos del mundo que quieren ser actores del cambio. Era una de las primeras instituciones que ofrecía una propuesta de formación para las y los promotores del desarrollo sobre nuevos métodos de planificación, monitoreo y evaluación, así como sistematización de experiencias e incorporación de enfoques de desarrollo en los proyectos con una metodología participativa de educación popular en Perú. Escuela se creó en un contexto en las ONGDs tenían nuevos desafíos provenientes de la cooperación internacional, y al mismo tiempo la oferta de capacitación para agentes del desarrollo era escasa. Las ONGD tenían experiencias más vinculadas con un movimiento social, con un objetivo de “concientización”. Escuela estaba a la vanguardia porque buscaba generar competencias y profesionalizar las personas en los trabajos de desarrollo humano, de género, interculturalidad e igualmente de sistematización de experiencias.
Este Modelo educativo se llama “Aprendizaje Experiencial Participativo”, y se basa en los trabajos del psicólogo social empirista David Kolb (1984). Kolb identificó 4 etapas del aprendizaje, las cuale retoma Escuela en su Metodología Experiencial Participativa que ha ido desarrollando y puliendo desde su creación.
En términos metodológicos el proceso de aprendizaje empieza con una experiencia concreta (primera etapa del ciclo) como por ejemplo la lluvia de ideas sobre una pregunta inicial para llamar la atención, una video, un caso de estudio, un juego de roles, sociodrama o ejercicio práctico. A partir de esta experiencia, se genera una reflexión colectiva guiada por preguntas claves (segunda etapa del ciclo), organizando las ideas que surgen de la combinación de los saberes previos y las nuevas ideas de los y las participantes. Considerando las ideas del grupo, se presenta de manera dialogada los conceptos vinculados con la teoría. Empieza aquí la búsqueda colectiva de conexión de ideas en un proceso activo de construcción de conocimiento (tercera etapa del ciclo). Finalmente, el grupo busca cómo estos conceptos e ideas maduradas durante la sesión podrían aplicarse en la realidad (cuarta etapa). Esta última etapa puede concretizarse al final del proceso formativo con un trabajo aplicativo que permitirá verificar que se ha alcanzado la competencia que se buscaba.
Cabe señalar que en el ciclo la aplicación de lo aprendido se convertirá en una nueva experiencia a partir de la cual se puede empezar un nuevo ciclo de aprendizaje. El objectivo es de generar formación continua basada en el aprendizaje autónomo de las y los promotores del desarrollo.
Este modelo permite un aprendizaje por competencia. La competencia es la capacidad de hacer algo con calidad y eficacia, para lo cual por lo general se requiere del concurso de los tres tipos de saberes: proposicional, práctico y vivencial. En este sentido ser competente supone saber sobre algo, poder hacerlo y querer hacerlo. Primero, el saber proposicional se refiere a las teorías o modelos, datos, conceptos e ideas sobre un tema, persona o cosa. Luego, El saber práctico es el conjunto de habilidades que se utilizan en un desempeño concreto. Finalmente, El saber vivencial es aquel alcanzado a través del encuentro personal con un tema, persona, lugar u objeto y que cambia a la persona en sus actitudes y su ser. Los tres dominios son independientes pero complementarios e interrelacionados entre sí, siendo la competencia la integración de los tres tipos de saberes en una capacidad.
Este modelo tiene varias ventajas. La construcción participativa de los saberes permite su apropiación por todo el grupo que considera la teoría como suya. Arthur Schopenhauer en El arte de tener la razón (1864) argumentó que la mejor manera de convencer a alguien y de generar un cambio es desarrollar con él una idea que considere al final del proceso como suya. Si se logra una apropiación completa de la idea, el cambio puede ser más sostenible.
También permite generar cambios efectivos porque el proceso incluye una parte práctica de retroalimentación que asegura, a través de la reflexión colectiva, una transformación sostenible. El proceso también valora las y los ciudadanos como actores del cambio y fortalece la participación ciudadana “glocal”, es decir, un trabajo que implica pensar a nivel global y actuar al nivel local, reconociendo que estamos en un mundo globalizado, pero que los cambios en que se dan en los territorios son los que realmente afectan la vida de las personas, y permiten las transformaciones por las que estamos luchando.

Arnaldo Serna
Antoine Zenoni




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* Serna Purizaca
Escuela para el Desarrollo EPD. Lima, Perú