La ponencia aborda parte de los resultados de una investigación que tuvo como objetivo principal explorar, describir y analizar las significaciones y vivencias de estudiantes y docentes universitarios/as de universidades públicas, privadas, confesionales e interculturales de San Luis Potosí, respecto a la violencia de género contra las mujeres al interior de estas instituciones. Se aplicó una metodología con perspectiva antropológica-cualitativa (entrevistas grupales a estudiantes y entrevistas en profundidad a docentes) para aproximarse a la manera en que los sujetos entienden y explican la realidad. Los resultados y conclusiones que en este documento se exponen, aluden a ciertos procesos y mecanismos mediante los cuales las universidades sistematizan prácticas que vulneran y violentan a las mujeres (estudiantes y docentes) de su comunidad.
La idea de que en las universidades no es factible vivir violencia de género, o que este tipo de expresiones tienen menos posibilidad de realizarse y, mucho menos, de convertirse en una forma sistemática de operar como institución, se encuentra muy difundida, justamente y en primera instancia, al interior de las propias comunidades universitarias. Sin embargo, en los recintos universitarios, como organismos institucionales en los que confluye un conglomerado social diverso y en donde se construyen comunidades, también se conforman jerarquías y en ellos se ejercen relaciones de poder. En tal sentido, las configuraciones de género destacan y quedan insertas en estos mecanismos a través de los cuales, al interior de dichas instituciones, se edifican las interacciones que dan cuenta de formas de ejercer autoridad, así como de relaciones de dominación, control y subordinación.
Aunado a esto, es fundamental tomar en consideración el basamento histórico bajo el cual se han erigido las instituciones universitarias. Es decir, para analizar las relaciones de género en las IES, no resulta ocioso recurrir a procesos reflexivos que nos lleven a un ejercicio de des-historización de las prácticas, en este caso, de las que se refieren a las relaciones de género y a las maneras en que se hace patente en las universidades la violencia contra las mujeres en forma cotidiana. En términos históricos (al menos en occidente), las IES se han constituido como organismos pensados y construidos para la educación y la formación de los varones, no de las mujeres. Son organizaciones que han sido fundadas por y para los hombres (Buquet et al, 2013). La presencia y acciones de las mujeres al interior de las universidades no fue un objetivo en la conformación de estas instituciones educativas. Las universidades no se construyeron a partir de un esquema de igualdad, sino más bien lo contrario: enfatizaron la desigualdad de derechos de las mujeres para acceder a la educación y al conocimiento.
De esta manera, como parte del análisis sobre la violencia de género en las IES, y aludiendo a la perspectiva de Bourdieu (2000) sobre la violencia simbólica; de Bourdieu y Wacquant (2005) en torno a la reflexividad; y de Rita Segato (2010; 2016) respecto a la conformación del mandato patriarcal que se manifiesta como sustrato de la violencia y las relaciones de desigualdad, es preciso partir de esta noción para tratar de aproximarse a la manera en que las universidades reproducen este fundamento cultural, que deviene en mecanismos, formas de pensamiento y prácticas de carácter transhistórico, tendientes a reproducir las desigualdades y a ejercer relaciones de poder y dominación que subordinan a las mujeres, configurando procesos de sistematización de la violencia de género intramuros de estas instituciones educativas.
Las universidades, al no tener espacios para la reflexión, el señalamiento y la denuncia, naturalizan la presencia de los actos violentos contra las mujeres (como el acoso sexual) adjudicándoles un perfil de comportamientos normales dentro del plantel, por ser parte de acciones muy acendradas en la población masculina o prácticas de carácter individual, aisladas, que se consideran imposibles de erradicar en los profesores varones, lo que aparentemente les da el pase automático de no dañinas e inalterables.
Los discursos institucionales pueden servir para visibilizar este tipo de problemáticas y desarrollar acciones de prevención y erradicación, en este caso respecto a la violencia de género. Esto lleva también como consecuencia una posibilidad de percepción y significación diferente para los sujetos de la comunidad universitaria en torno a las formas de violencia que pueden llegar a experimentar al interior de las IES, y reducir su propia condición de vulnerabilidad.
Siguiendo los planteamientos de Mingo (2013), esta normalización lleva a una práctica sistemática de la violencia que las universidades de alguna manera institucionalizan y, con esto, fomentan y validan su reproducción. “Violencia que se materializa en las prácticas y relaciones cotidianas de cualquier organización social, incluso en aquellas que como las universidades se retratan a sí mismas como espacios neutrales en donde se cultiva el respeto y el pensamiento crítico” (Mingo, 2013: 107). Las universidades, como sede o base de comunidades amplias, deben analizar las fallas individuales desde un punto de vista estructural. En este sentido, las universidades deben identificar y definir la manera en que están incidiendo en la reproducción de la violencia de género y en las relaciones de poder, conforme a su carácter ya sea público, privado, confesional o de índole intercultural. De alguna manera, las universidades públicas están más en la mira o en la posibilidad del escrutinio público, y también en la factibilidad de estudiar e investigar los procesos y sentidos de sus prácticas. Esto no ocurre de igual manera en las instituciones privadas, en donde las interacciones y la convivencia perfila otros matices que hacen más difícil su identificación y su estudio.
Hay una sistematicidad en las universidades para reproducir la violencia contra las mujeres. El fundamento cultural patriarcal, inconsciente, normalizado, naturalizado en las IES constituye el factor primordial para la no aceptación y el ocultamiento de la violencia de género al interior de estas organizaciones. Desocultar, nombrar, señalar claramente las prácticas violentas al interior de las universidades constituye, al parecer, un acto inaceptable que las instituciones, dentro de sus mecanismos y discursos de lo “políticamente correcto”, consideran, contradictoriamente, una agresión, una forma de difamación y una acción que las violenta como instituciones.