Entre los años 1980 y 2000, el Perú vivió un periodo de violencia política conocido como el Conflicto Armado Interno. Se trató de un enfrentamiento entre fuerzas del Estado y organizaciones subversivas que dejó en total un saldo de casi 70,000 víctimas entre muertos y desaparecidos, un país fragmentado y socialmente debilitado. En el año 2001, se creó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, cuyo objetivo era esclarecer la verdad concerniente al contexto, hechos y consecuencias de los años de violencia política, a partir de lo cual se pudiera proponer reparaciones a los damnificados, así como elaborar sugerencias para el abordaje del tema e implementar políticas post conflicto. El año 2003 se presentó el Informe Final, un documento extenso producto de una investigación exhaustiva. Sin embargo, la recepción de este material no fue la esperada, desde su presentación hasta la actualidad ha sido cuestionada por parte de parte de la sociedad civil, así como algunas facciones del Estado y representantes políticos.
Nos encontramos en una situación que es probable se repita en otros países que han atravesado situaciones parecidas. Frente a la necesidad de registrar lo vivido como parte de la historia y crear espacios y políticas de memoria, aparece la exigencia de algunos por promover el olvido como una manera de superar las etapas difíciles y dar pie a nuevas construcciones. Entendemos que el olvido, si bien es parte natural del proceso de construcción de la memoria, si es impuesto puede tener efectos contraproducentes. Por un lado, en muchas ocasiones, la supresión de la memoria ha sido usada por regímenes totalitarios como herramienta para lograr un mayor control sobre la población. Por otro lado, aun cuando no se diera como imposición externa sino como parte de procesos psíquicos internos, el olvido de situaciones en extremo dolorosas y difíciles, puede no ser real. En ocasiones lo que se pone en juego son otro tipo de mecanismos, como la represión o la negación para evitar pensar constantemente en lo ocurrido. Con esto, el recuerdo no desaparece, sino que pasa a ocupar otros espacios de la psique o del cuerpo y, desde ahí, tiene otro tipo de efectos, a veces más nocivos, para la persona y para las colectividades.
Frente a esta situación se plantea la necesidad de construir un discurso histórico, tanto a nivel individual (novela personal) como a nivel colectivo, capaz de incorporar las vivencias traumáticas de los períodos de violencia política, de modo que puedan ser puestos al servicio de la construcción del futuro y no como un estancamiento en el pasado. Para entender de qué manera esto es posible, consideramos necesario, como paso previo, explorar cómo se realiza el procesamiento y la elaboración del recuerdo de vivencias traumáticas relacionadas a situaciones de violencia política. Analizar y entender los elementos comprendidos en este proceso, permitirá comprender las dinámicas que entran en juego en la pugna entre el derecho al olvido y el deber de la memoria de sociedades que, como la peruana, tienen que lidiar con los estragos que la violencia política ha dejado a nivel personal y comunitario. Esto, a su vez, podrá ser incorporado al momento de pensar y proponer políticas de memoria y de intervención en este tipo de sociedades.
La ponencia presenta los resultados de una investigación realizada en Perú en torno a la exploración de los elementos que entran en juego en la elaboración del recuerdo para la construcción de la memoria de períodos de violencia política. La investigación, realizada con la metodología de estudio de casos, presenta a dos mujeres peruanas, damnificadas del Conflicto Armado Interno peruano. La primera fue encarcelada de manera injusta y sometida a torturas durante los meses que estuvo en prisión. La segunda perdió a su abuela y tío en una emboscada subversiva; después de buscar sus restos durante varios años, logró encontrar parte de ellos en una fosa común. Del encuentro con estas dos mujeres, se obtuvo material que fue analizado para dar pie a la elaboración de cuatro ejes temáticos que giran en torno a aspectos importantes en el proceso de elaboración del recuerdo: 1. la construcción del discurso y la narrativa del recuerdo, 2. el lugar del otro con el que se recuerda, 3. el paso a lo simbólico y 4. lo irrepresentable.
En cuanto a la construcción del discurso y la narrativa del recuerdo, observamos cómo la estructuración de la narración con respecto a lo vivido puede ser distinta según el nivel de elaboración que haya alcanzado la persona con respecto al recuerdo. Así, se plantea que inicialmente puede surgir un discurso que responda más bien a necesidades catárticas en el que la palabra no cumple necesariamente una función simbólica sino la repetición, esta vez en el discurso, de lo vivido, sin que medie una apropiación de la experiencia ni tampoco un paso de la verdad histórica a la verdad psíquica y subjetiva. De esta manera, la posibilidad de poner en palabras lo vivido no garantiza la elaboración de la experiencia ni tampoco la posibilidad de poner el pasado (el recuerdo) al servicio de la construcción del futuro. Se trata de un paso importante y necesario, pero no da cuenta de la culminación del proceso.
Con respecto al lugar del otro con el que se recuerda, se plantea que la persona que sirve de interlocutor a aquel que recuerda, cumple un papel trascendental en la elaboración del recuerdo. Cuando el discurso aún no da cuenta de una vivencia procesada, el otro es usado como un depositario del discurso repetido, de la historia no elaborada. Por el contrario, también es posible encontrar en el interlocutor otro un compañero y co-constructor de sentido, artífice de la (re)construcción de la memoria. Ante la posibilidad de exponer la experiencia propia a la mirada de un interlocutor, se permite la intervención de este en la resignificación de lo vivido. De esa manera, la mirada del otro sirve de continente y su subjetividad otorga nuevas significaciones.
Acerca del paso a lo simbólico, se analiza la importancia de los símbolos en la elaboración del recuerdo. No todo aquello que se recuerda es posible de ser puesto en palabras, algunas veces es necesario que existan alternativas que permitan que las personas accedan a la elaboración desde espacios menos formales. En ese sentido, actividades más relacionadas con lo artístico, como el teatro, la fotografía, la música, la pintura, pueden ser privilegiadas para la construcción de la memoria colectiva de los pueblos.
Finalmente, en el análisis de lo irrepresentable, se hace referencia a aquel contenido que, por su calidad de material originado por una violencia sin nombre, no logra acceder a la elaboración y se mantiene en forma de contenido irrepresentable, que no está dispuesto para dar el paso a la resignificación. En este punto discutimos la necesidad de respetar la imposibilidad de abordarlo todo por aquellas personas que han vivido de cerca los períodos de violencia, acceder al derecho al olvido, siempre y cuando este no surja como imposición sino como parte íntima del proceso psíquico e interno de cada persona y de la sociedad.