CLACSO
Transformaciones agrarias y trabajadores rurales
Autor: Kim Sánchez Saldaña
Título: Peones del moche. Movilidad laboral interna en cosechas de cebolla
Resumen
La producción y cosecha de cebolla en Morelos, al centro de México, representa un caso ejemplar de transformaciones agrarias del país donde, por un lado, se muestra la progresiva importancia de hortalizas y frutas en el padrón de cultivos -paralela a la incorporación y especialización de campesinos y trabajadores en su cultivo- y, por otro, se devela el progresivo desplazamiento y subordinación de estos mismos actores en las redes de abasto dominadas por cadenas transnacionales agroalimentarias.
El auge del cultivo de cebolla en Morelos para exportar a Estados Unidos inició a mediados de siglo pasado, sin embargo, desde hace décadas la producción de cebolla de enclaves agrícolas del norte del país desplazó a regiones con menor desarrollo. Desde el punto de vista de los trabajadores agrícolas que se han especializado en la producción local de cebolla, estos hechos implicaron el cierre de fuentes de trabajo; algunos se rearticularon parcialmente a esas redes de abasto, a través de su conversión en jornaleros migrantes fuera de Morelos, donde se ha concentrado la producción del bulbo de exportación.
Esta ponencia se basa en estudios empíricos del proyecto “Agricultura y Migración Laboral en Morelos” a mi cargo, así como información registrada por organismos de gobierno para la región de interés.
Antecedentes de la producción de cebolla
En los años sesenta, los campesinos del oriente de Morelos se articularon tempranamente a las redes de abasto de cebolla de empresas norteamericanas (Barros Nock, 2004; Calleja y González, 2014), ocupando alrededor de seis mil hectáreas. Entonces, la cebolla fue uno de los productos emblemáticos de los discursos sobre la factibilidad de que una agricultura comercial sostenida por pequeños productores participase en el mercado mundial, apoyados por el Estado.
El desarrollo de la agricultura comercial en minifundios (1 a 3 hectáreas) con recursos favorables en aquella época, ha sido ampliamente estudiado en México (Warman, 1976; Guzmán, 2005, entre otros). Uno de los factores decisivos ha sido la ubicación estratégica de Morelos respecto a la capital del país (100 a 150 km), gran consumidor y centro neurálgico de los sistemas de distribución nacional. En pleno avance de la “revolución verde” y junto con el desplazamiento del maíz y otros cultivos tradicionales, los agricultores fueron incorporando diferentes hortalizas como tomate, calabacita (zapallito italiano), ají y cebolla. A la vez se fueron configurando redes de abasto y múltiples agentes comerciales e intermediarios especializados en diferentes productos.
El avance de estas tendencias se refleja en el hecho de que el maíz contaba en los años sesenta del siglo pasado con alrededor de 50 mil hectáreas y, a fines de los ochenta había disminuido a poco más de 40 mil. En contraste, la cebolla alcanzó cerca de seis mil hectáreas en 1985 (García, 1992), impulsado por pequeños y medianos productores. El aumento de los costos de producción, llevó a muchos campesinos a depender de prestamistas usureros e intermediarios comerciales que aportaban capital, a cambio de que los ejidatarios aseguraran sus cosechas; también incluso hubo quien rentaba directamente su parcela y se convirtiera en trabajador asalariado de su propia huerta (Barros, 2006).
Los campesinos del sector ejidal crearon organizaciones regionales para apoyar a sus agremiados en la producción de sorgo y cebolla, así como gestionar créditos y otros apoyos del Estado; ejemplo de ello sería la Unión de Ejidos Emiliano Zapata (UEEZ) que representaba a cerca de tres mil productores de 13 ejidos, con una extensión de 3,700 hectáreas. Como parte de una política nacional de “modernización” del campo, desde la década de los setenta aumentó la intervención estatal para promover que los campesinos participaran en redes de abasto agroindustrial y de productos frescos, favoreciendo créditos, subvención a insumos, cobertura de seguros, etc.
En ese contexto llegaron a la zona los representantes de empresas texanas. Un amplio estudio sobre la formación desde Texas, EEUU, de una red transnacional de abasto de frutas y hortalizas anclada en San Antonio, Margarita Calleja y Humberto González (2017), describen claramente este episodio en la que identifican como segunda etapa que corresponde a 1960-1980, cuando “descubrieron” que en Morelos podían plantar cebollas incluso antes que en una región fronteriza mexicana donde ya trabajaban, por la que enviaron a sus representantes.
La historia de la cebolla, muestra con nitidez el papel fundamental que desempeñó el mercado norteamericano para su expansión en Morelos, lo cual fue replicado con el mismo incentivo de búsqueda de productos de contra-temporada. Por su parte, las investigaciones de Barros Nock (2000), registra la presencia de los intermediarios comerciales conocidos como “brokers”, en el oriente de Morelos en los años ochenta, quienes hicieron trato con los productores, comprando por adelantado su cosecha e imponiendo precios. Se considera que la UEEZ no pudo defender a sus agremiados y tuvo malas experiencias como acopiadora y comercializadora, llegando incluso a enfrentar problemas de corrupción y fraude (Nock, 2006: 169-170). Posteriormente, el Estado cambio su política e incluso debilitó aquella organización de los productores, en favor de los intereses de caciques locales y funcionarios políticos por participar en el negocio de la cebolla de exportación.
No existe información disponible sobre la importancia de la producción de cebolla como fuente de empleo para campesinos pobres y sin tierra; para quien tenía alguna parcela, la incursión en cultivos especulativos y la inexperiencia implicó serios problemas de endeudamiento y aumentó la necesidad de ingresos asalariados. También la renta de la tierra para la siempre de cultivos comerciales permitió la concentración de parcelas en pocas manos (Warman, 1976: 245). De acuerdo a estudios históricos de la región oriente, viejos caciques y una nueva burguesía agraria emergieron robustecidos de este periodo de penetración de los cultivos comerciales y redes de articulación a mercados nacionales e internacionales; en contrapartida se engrosaron las filas del peonaje (ibid). La relación laboral –afirma Warman- se hizo más frecuente y de ella no sólo dependían los que no tenían acceso a la tierra, sino la mayoría de los cultivadores independientes que no lograban completar la subsistencia con sus propios cultivos (op.cit.: 248). De acuerdo con el autor referido, uno de los mayores atractivos para la siempre de cultivos especulativos como el tomate o la cebolla, fue el bajo precio de la mano de obra.
De cualquier manera, la agricultura comercial y la especialización productiva reforzaron variaciones estacionales muy altas, a la vez que generaron mercados relativamente segmentados de cultivos de primavera-verano o de otoño-invierno. Para los cultivos intensivos de mano de obra, como el tomate o la vainita (ejote), se usan con frecuencia jornaleros migrantes de regiones marginales de estados vecinos (Guerrero y Oaxaca), quienes comenzaron a arribar al oriente a fines de la década del sesenta. Warman registra la presencia de trabajadores migratorios en un pueblo de la región que cultiva extensamente cebolla (op.cit.; 251), sin embargo, la mayoría de los peones en estas cosechas pertenecieron a circuitos locales.
Los jornaleros de hoy
Actualmente, el cultivo de la cebolla en Morelos ha disminuido en volumen y superficie. Se orienta principalmente a la Central de Abastos de la Ciudad de México y Centrales del vecino estado de Puebla. Lo que puede ser visto como un “fracaso”, para otros autores como Elsa Guzmán (2005) ha mostrado cómo las estrategias productivas campesinas en diferentes regiones de Morelos, han ido adaptándose a dinámicos mercados internos y su incursión en la exportación fue breve y poco alentadora.
Con el avance del modelo neoliberal, ya a fines de siglo los pequeños productores habían optado por una horticultura comercial principalmente destinada al mercado interno, reduciendo la superficie sembrada de cebolla a menos de la mitad (SIAP, 2015). Entre otros indicadores, este hecho se refleja en que en 2015 la cebolla ocupa menos de la mitad de superficie de treinta años atrás (de 5,9 a 2,8 mil hectáreas en el periodo 1985 – 2015) y apenas el 4.8% de la producción nacional del bulbo (SIAP, 2015).
Al mismo tiempo, empresarios y agroindustrias del norte del país (Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas y Guanajuato), se fueron especializando en la producción de cebolla en diferentes variedades para la demanda doméstica e internacional.
Según estas evidencias, el pequeño productor en Morelos produce para mercado nacional, pero también se ha especializado en la producción de lo que llaman “cebollín”, destinado a la siembra de cebolla, para productores regionales y del vecino estado de Puebla; para ello contrata pequeñas cuadrillas y se apoya en mano de obra familiar para la cosecha y preparación de manojos (10 y 20 personas).
En esta larga trayectoria, el campesino que complementaba la labor en la parcela con trabajo especializado en el trasplante y moche (cosecha) de cebolla, vio decrecer la demanda de trabajo, de la misma manera que se redujeron las oportunidades para el peón local que se empleaba en esas y otras ocupaciones, mayormente agropecuarias, a lo largo del año. Campesinos pobres con y sin tierra comenzaron a ampliar sus desplazamientos hacia campos de cebolla en el vecino estado de Puebla y más lejos aún, reclutados por grandes productores de cebolla en regiones del norte del país. También en pocos años, trabajadores oriundos de la región han incursionado como jornaleros agrícolas migrantes temporales en otros cultivos de enclaves agroexportadores. Hoy el oriente “exporta” mano de obra para los enclaves c