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Resumen de ponencia
Jóvenes alter-activistas: Reflexividad, acción y cambio en un mundo represivo

*Geoffrey Pleyers





1. El alter-activismo: una cutura activista
El alter-activismo se caracteriza por una cultura militante que coloca la experiencia vivida y la ética en el corazón del compromiso. Para los alter-activistas, no sólo se trata de cambiar la sociedad, se construyen a sí mismos como persona cambiando la sociedad. La relación consigo mismo está en el corazón de estas formas de compromiso, al mismo tiempo, que sostiene una búsqueda de coherencia en los valores. Son animados por compromisos a la vez individualizados y solidarios, sino también, por un rechazo de asumir modelos dominantes, sean de los cánones de la sociedad del consumo o de los marcos de las organizaciones clásicas de la sociedad civil. El alter-activismo no es solamente un deseo de cambiar la sociedad, sino que el activista se construye también como persona transformando la sociedad.

Por lo tanto, el activismo se expresa tanto en el espacio público como en la vida cotidiana, el modo de pensar, de vestirse, de comer, de relacionarse con los demás. Establecen no solamente otras formas de hacer la política, sino también de trabajar, de producir y de consumir, frente a aquellas de las élites políticas y económicas. Sobre todo, plantean otras formas de conectarse con los otros, menos basadas en el estatus y las jerarquías y más en un encuentro personal, “de persona a persona”, como dicen. Por lo tanto, es indispensable superar dos dicotomías: entre la construcción de sí mismo y el activismo y entre la vida privada y la vida pública. El compromiso político no se limita a una esfera “política”. Requiere actuar de manera consistente con sus valores no sólo en las protestas y los actos políticos, sino también en la vida cotidiana, en su manera de comprar (o no comprar), desplazarse, relacionarse con los demás etc. Todo esto tiene una dimensión política.

2. Nuevas combinaciones con los actores políticos
Esta cultura activista fue al centro de numerosos movimientos sociales de esta década (15M, Occupy Wall Street, Nuit Debout, el movimiento feminista en Chile…). Unos años después del inicio de la ola de ocupación de plazas y de marchas multitudinarias para denunciar los límites estructurales de la democracia institucional, volvieron a surgir las eternas preguntas de los movimientos de emancipación: ¿Lograremos cambiar el mundo a partir de las prácticas propias y de la vida cotidiana? O, por el contrario, ¿es necesario “ocupar el Estado”, como lo sugieren varios intelectuales militantes, y entrar en la justa electoral para no ceder el lugar a aquellos que son denunciados por los movimientos?

Si bien los alter-activistas de estos movimientos a menudo tienen la intención de superar la democracia representativa, sus prácticas y utopías la complementan mucho más de lo que la oponen. De hecho, mientras que las primeras etapas de los movimientos de los años 2010 estuvieron dominadas por posturas antipartidistas y anti-institucionales, a partir de 2013, una parte de los actores de estos movimientos pasaron de las críticas a la política institucional como tal a las que señalaban al monopolio de la política por los partidos y una “casta” de políticos profesionales. Un número creciente de actores provenientes de estos movimientos activistas han explorado vías que permitan llevar sus demandas al campo de la política institucional y, combinar así, las aspiraciones de una democracia más participativa con las exigencias de la escena electoral. Lo que ha movilizado a estos jóvenes ciudadanos no son las campañas de mercadotecnia en las redes socio-digitales, sino propuestas de una política distinta que responda a las preocupaciones de esta generación particularmente afectada por las políticas de austeridad y de precariedad laboral, así como a una ética personal basada en la autenticidad y en la coherencia entre los proyectos y las acciones.

En muchos países latino-americanos también surgieron iniciativas para combinar elementos de una democracia más directa y participativa con una colaboración crítica en la política institucional. En Chile, varios de los líderes estudiantiles de 2011 fueron electos como diputados o senadores en las elecciones siguientes (Cortés, 2015; Ponce Lara, 2017). En varias ciudades de Brasil están surgiendo nuevos partidos locales que permiten a activistas participar en las elecciones locales y el consejo municipal sin perder la autonomía de las redes activistas frente a los partidos políticos (Faria, 2017). En México, el caso de Pedro Kumamoto, activista y joven político, quien, con 25 años, fue el primer candidato independiente electo como diputado en el congreso del estado de Jalisco, es interesante. Su eslogan de campaña dejó claro el vínculo de su proyecto político con las ocupaciones de las plazas al inicio de esta década, pero también la voluntad de llevar el cambio y la participación ciudadana hacia las instituciones políticas: “Ocupemos el congreso”. Estas innovaciones sociales y políticas, así como las fertilizaciones recíprocas entre la cultura y las prácticas alter-activistas con las de la democracia representativa podrían volverse un legado mayor de los movimientos recientes y un campo de estudio particularmente interesante para entender los alcances y los límites de estos actores y para visibilizar prácticas que puedan contribuir a “democratizar la democracia” (Sousa Santos, 2004).

3. Frente a la represión
El panorama global de la evolución de los movimientos de los años 2010 y de sus relaciones con los gobernantes es, sin embargo, mucho más sombrío. Lejos de las innovaciones sociopolíticas, lo que domina son las tendencias autoritarias de muchos regímenes donde surgieron estos movimientos y la represión de los activistas. En Turquía, en Egipto y en muchos otros países, los gobiernos autoritarios han reaccionado a la crítica de los jóvenes activistas con represión, violencia y desapariciones forzadas.

Contra la impunidad, la represión de los regímenes autoritarios y el terrorismo, la vía democrática trazada por los alter-activistas aparece como llena de esperanzas pero a menudo muy frágiles frente a una realidad siempre más violenta. En numerosos países, la esperanza surgida con las aspiraciones democráticas de los alter-activistas ha dejado lugar a la represión y a la violencia. La inquietud de Buket Turkmen (2016), socióloga y activista turca, resuena mucho más allá de su país: “Esta esperanza que apenas se estaba constituyendo con la emergencia de nuevas formas de compromiso y de solidaridad y con las nuevas redes de solidaridad, ¿acaso puede sobrevivir en condiciones de conflicto armado? ¿Cuál es la posibilidad de supervivencia del alter-activismo en un Medio Oriente y en un mundo marcado por la guerra? ¿Cómo hacer escuchar nuestras voces en un contexto dominado por el sonido de las armas?” en un contexto difícil, donde las aspiraciones democráticas y los valores de la vida en común se ven socavados por el retorno de los nacionalismos, de las ideologías bélicas y de la represión.

4. Conclusión
Los movimientos que surgieron en todas las regiones del mundo desde el año 2011 obligan a los analistas a pensar los movimientos sociales de una manera distinta, tomando en cuenta las dimensiones subjetivas y objetivas del compromiso que anima a los actores, así como las dimensiones locales, nacionales y globales de sus movimientos.

Estos movimientos no se corresponden con las formas, componentes y mecanismos de los “nuevos movimientos sociales” de los años 1970 y 1980, ni del movimiento obrero. Mezclan reivindicaciones “materialistas” y “postmaterialista”, transforman el sentido de los conceptos de democracia y de dignidad. Son globales, pero de una manera muy distinta a la conceptualización de la “sociedad civil global” al inicio del siglo, y sin dejar las escalas locales y nacionales.

Las marchas y sus acciones de protesta son sólo la punta del iceberg de estos movimientos que buscan implementar otras formas de relacionarse con los demás y alternativas concretas a la sociedad dominante. Los movimientos progresistas de la primera parte de los años 2010 nos recuerdan que la democracia no sólo radica en las instituciones y en las elecciones. Exploran formas de vivir la democracia como una experiencia, como un requisito personal con prácticas concretas. EL filósofo francés Jacques Rancière (1998) nos invita a considerar la democracia como un proyecto emancipador arraigado en la “práctica guiada por la presuposición de la igualdad de cualquiera con cualquiera”. Implementar tal proyecto democrático resulta un reto mayor en una sociedad cada vez más desigual y donde los regímenes conservadores y autoritarios tomaron mucha más fuerza que los actores progresistas.
La represión de los movimientos sociales y el regreso del autoritarismo plantean desafíos importantes para los alter-activistas. Generaron cambios de perspectivas y nuevas articulaciones con actores más institucionalizados de la sociedad civil y de la política institucional. Esta presentación se enfocará en las experiencias de jóvenes alter-activistas en su participación en movimientos feministas, ecologistas y decoloniales.





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* Pleyers
Université Catholique de Louvain UCL. Louvain-la-Neuve, Bélgica