Planteamiento y marco del análisis
La presente propuesta de exposición busca explorar algunas articulaciones históricas que forjaron a México como nación racializada, así como algunas de sus proyecciones actuales, tanto de refuncionalización como de liberación.
El análisis se orienta por los cauces abiertos por el pensamiento decolonial, del cual destacan dos aspectos para los propósitos de este ejercicio.
Por un lado, dicha corriente se sitúa desde las realidades de América Latina. Un planteamiento que emerge de estas, es que la colonización de la región parece haber sido locus de gestación del racismo en la modernidad occidental capitalista. Así, la perspectiva no se encierra en la región, sino que esta es analizada en el contexto de la escala mundial que alcanzó la expansión del sistema.
Por otro lado, tan importante como lo primero, es el análisis del sociólogo Quijano sobre la vinculación del surgimiento del racismo con la organización y control del trabajo de los colonizados, a partir de las posiciones y roles escalonados que se asignaron a los diferentes grupos (“indios”, africanos, descendientes del mestizaje entre estos y con españoles). (El entrecomillado de las palabras indios o india se usa en esta propuesta para mantener presente el equívoco de la denotación).
En ese sentido, el concepto de identidades raciales formulado por el autor, aporta al análisis de identidades el fuerte componente económico de su estructuración dentro del patrón de poder de la colonialidad. Entre los aspectos que sobresalen de este hallazgo, pueden señalarse las implicaciones de tales posiciones y funciones en la gestación de los lugares sociales anclados a posiciones de poder/no poder, y las subjetividades que generan.
Lo anterior sugiere que el racismo surgido en la modernidad occidental capitalista, es parte de la codeterminación entre estos tres procesos, como condición y mecanismo de tal sistema. Si es así, el racismo, o racialización, es de carácter estructural, y circula a través de los vasos comunicantes de las sociedades.
Comporta, como una cinta de Möebius, por una parte, la supremacía del orden civilizacional occidental, el cual se afirma sobre la negación de las otras formas civilizacionales. Y, por la otra, imprime esa desigualdad a través de los rasgos corporales externos distintivos de lo que llegó a codificarse como razas, hondamente enraizada bajo el patrón representativo de la diferencia blanco/de color.
Si el racismo es estructural, sus diversos niveles, expresiones o componentes necesitan ser atendidos. En ese sentido, se puede considerar que irradia hacia diversos ámbitos que parecen difíciles de articular, por ejemplo, la materialidad económica de su origen y la de la corporalidad, pasando por el discurso que lo ha construido simbólicamente.
El proceso socio histórico de la actual fractura racializada
La vía de aproximación al racismo en México aquí propuesta, es la de la negación y relegación de los pueblos originarios, como eje en el que se cimentó la dominación, primero colonial, y cuya herencia se plasmó en la formación del Estado nacional.
Para ello, se revisarán algunos rasgos significativos del orden de dominación colonial que cincelaron la actual composición social. Señaladamente, la organización del despojo, explotación y control social y político de los colonizados, en función del principio de pureza de sangre. A través de las reglas que de él derivaron, se definieron posiciones y roles escalonados bajo el imperativo de una única forma civilizacional.
Hoy, los rasgos fenotípicos, que asoman a través de la aguda brecha socioeconómica y cultural, denuncian que las posiciones en la escala social, y la movilidad en el sistema, llevan la marca del esquema colonial: prevalencia del privilegio de la descendencia de españoles, y de europeos y angloestadounidenses en general.
En contraste con esa estructura, se revisarán las implicaciones de la ideología del mestizaje. Esta ha corrido por la historia de México como mecanismo para construir identidad y unidad. Pero, paradójicamente, alienta en ella, como lo enuncia su nombre, un sentido racial.
La ideología del mestizaje ha sido creación y argumento de los criollos, al inicio de la colonia, para reclamar privilegios económicos y políticos. Así, no obstante que el poder colonial se asentaba sobre la dominación de los invadidos, los primeros criollos se autoadscribieron pasado azteca, como signo de prestigio que abonaría al que se atribuían por la conquista.
Más tarde, a fines del siglo XIX y principios del XX, el mestizaje biológico -descendencia de hombre español y mujer “india”- se vio como solución a lo que, terminado el régimen colonial, políticos e intelectuales llamaron el “problema indígena”. En realidad, lo que veían como problema era la posibilidad de que los pobladores originarios, la mayoría, reivindicaran la propiedad de sus territorios y el fin de su sujeción.
Después de la Revolución de 1910, aunque se reconoció la deuda histórica con los habitantes originarios, se dio fuerza a la ideología del mestizaje como fusión de culturas, bajo la primacía occidentalizante. Así se diluiría la indianidad, en favor de la unidad de un Estado nacional que hasta ahora no acaba de cohesionarse, en la medida de las desigualdades anteriormente señaladas.
Y, quizá, sobre todo, porque el Estado nacional se ancla en la aspiración a la modernidad occidental, y su correlato de negación e inferiorización de otras formas de habitar en el mundo y organizar la vida. Pero dichas formas coexisten con, y a pesar, o, quizá, a causa, del impacto mayor de la modernización: corresponden a los pobladores originarios y a los descendientes de africanos, gran parte de los cuales habitan en los márgenes del sistema, que los ignora, o los desplaza, o relega.
Por último, se propone revisar implicaciones del tránsito de la ideología del mestizaje a la política neoliberal del multiculturalismo, que México abrazó en los años noventa del siglo XX.
Por un lado, el principio de tolerancia, en el cual se fundamenta la ideología neoliberal, revela sus límites capitalistas y occidentales. De manera destacada, cuando las comunidades, generalmente originarias [entre tantos otros, los rarámuris, koot (huaves), otham (pápagos)], defienden sus territorios ante las concesiones de explotación de recursos naturales y proyectos de infraestructura que se otorgan a empresas extranjeras y nacionales. En torno a los territorios, capitalismo y anticapitalismo expresan sus visiones de mundo.
Por otro lado, el mismo principio de tolerancia, que parece abrir a la diversidad cultural, en realidad la refuncionaliza dentro del circuito moderno occidental. Al respecto, se explorará la posible relación de este proceso con el sentido de blanqueamiento social, el cual ha operado históricamente como mecanismo de incorporación a la cultura predominante.