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Resumen de ponencia
Mundo de víctimas, sujetos políticos y luchas por la hegemonía

Grupo de Trabajo CLACSO: Sistema penal y cambio social

*Rafael Paternain



La sociedad contemporánea se ha llenado de víctimas. El delito, el sufrimiento y una serie de circunstancias que producen dolores y pérdidas marcan el tono dominante de la vida actual. Las víctimas se gestan en los espacios sociales más diversos, se canalizan en el marco de nuevas pautas de interacción social y adquieren resonancia en un clima cultural abierto a nuevas sensibilidades y subjetividades. En una investigación reciente, titulada “Un mundo de víctimas”, se afirma que la víctima es una figura histórica actual, un personaje de nuevo cuño que se ha vuelto masivo (Gatti, 2017). En el marco también de una transición de época, la víctima ha pasado de ser un sujeto excepcional a ser una realidad permanente. Banal, común, democrática, las víctimas de estos tiempos interpelan la lógica de la ciudadanía (Gatti, 2017).
De algún modo, dar cuenta de esta masividad de las víctimas nos remite una vez más al juego de interpretaciones sobre el alcance de las transformaciones de las últimas décadas. La teoría sociológica lo ha expresado de muchas maneras: desde la crisis de la sociedad salarial hasta el agotamiento del programa institucional de trabajo sobre los otros; desde las grietas de la modernidad sólida hasta el advenimiento de una sociedad de individuos; desde la crisis de legitimación del capitalismo tardío hasta al ascenso de las incertidumbres o el riesgo.
Es posible que todos estos marcos de comprensión nos ayuden a encuadrar la relevancia presente de las víctimas, pero en ningún caso sustituyen la necesidad de conocimiento sobre las formas de identidad, socialidad y agencia de las víctimas, y sobre la expansión de dispositivos de ordenación y regulación (instituciones, redes, expertos, oficios) (Gatti, 2017). La centralidad de las víctimas no se entiende sin las transformaciones estructurales de la sociedad, pero sus lógicas de producción, desarrollo e impacto tienen sus modalidades propias cuya descripción y comprensión son decisivas para desentrañar los rasgos más escondidos de nuestra contemporaneidad.
Las víctimas pasan a tener una extraordinaria relevancia política. A través de ellas, el dolor y el sufrimiento (que son individuales y colectivos a la vez) se vuelven testimonios de una realidad cotidiana, y síntomas recurrentes de problemas, vacíos y desgobiernos. Cada víctima es una interpelación, y su masividad introduce la inestabilidad y la incertidumbre como principios de la reproducción social. Junto con las víctimas viajan la precariedad, la vulnerabilidad y la exclusión. La política es ahora una fuerza débil, una respuesta defensiva ante un escenario lleno de grietas y fisuras.
Hay víctimas de delitos, de la violencia de género, de la contaminación, de los accidentes de tránsito, de la violencia institucional, de la discriminación, de las guerras, de la segregación territorial, del estrés y de las exigencias para cumplir con los mandatos sociales. Todas ellas comparten una economía moral, una subjetividad herida y una forma de estar en lo público. Todas ellas suponen una demanda de reconocimiento. Si bien el sufrimiento es un gran igualador, las víctimas deben ser pensadas desde su heterogeneidad. Qué tienen en común y qué singulariza a cada una de ellas son asuntos que justifican el desarrollo de un programa de investigación.
Las posibilidades del estudio de las víctimas en toda su complejidad exigen la identificación precisa de los distintos tipos y el despliegue de criterios para su abordaje. En este sentido, la investigación mencionada líneas arriba desagrega seis criterios relevantes: las causas de la victimización, el grado de institucionalización, el carácter individual o comunitario del fenómeno, el tipo de estructura organizativa, los conocimientos expertos que se movilizan y las retóricas que se utilizan con más frecuencia. Además de los criterios, están los escenarios por los cuales se despliegan los mundos de la vida de las víctimas (el educativo, el judicial, los homenajes públicos, etc.) y los recaudos metodológicos que llevan a la pregunta, ¿cuál es la distancia justa con la víctima? (Gatti, 2017).
En definitiva, el estudio de las víctimas supone poner el foco en las violencias, en el dolor, en lo humano devastado y en los sujetos más necesitados de cuidado. Son asuntos lo suficientemente complejos como para no pensar en la combinación de varios saberes: desde la sociología de la memoria hasta la antropología de las catástrofes, desde la literatura sobre testimonios hasta los estudios sociales sobre la vulnerabilidad, desde las encuestas más convencionales sobre victimización hasta las etnografías del espacio judicial (Gatti, 2017).
Dentro de esta perspectiva más abarcadora es posible ubicar asuntos más restringidos, por ejemplo los que comprenden a la víctima como una categoría propia del derecho penal. En sentido estricto, nos enfrentamos a una entidad producida por la ley, a un sujeto pautado por una racionalidad propia de la acción de gobierno. Durante los últimos años, el derecho penal, y las políticas de seguridad en su conjunto, han ampliado las definiciones, roles dispositivos de respuesta para las víctimas de delitos. De estar escondidas como mero testimonio en el proceso penal, las víctimas han pasado a tener protagonismo y centralidad en cada una de las instancias sancionatorias, y más allá en tanto sujetos de reparación. Los dispositivos institucionales del sistema penal han abierto un importante espacio de valoración de las víctimas. ¿Cómo se construyen esas víctimas? ¿Cómo se sobre exponen? ¿Cómo se seleccionan las víctimas que vale la pena ayudar y se descartan las otras?
Es posible que para responder estas preguntas haya que alejarse del dispositivo de la ley y de la lógica del derecho penal. En un punto más general, la víctima se imbrica con el victimario, es decir, con el causante del daño y el sufrimiento. Se ha señalado que el victimario tiene la capacidad de construir a quien luego será la víctima, del mismo modo que la víctima tiene la legitimidad para identificar a los culpables (Gatti, 2017). Nos encontramos aquí ante una auténtica “políticas sobre las víctimas”.
Los cambios en el lugar que ocupa la víctima del delito desde la perspectiva de la ley y en su relación dialéctica con el victimario hay que enmarcarlos en procesos más generales vinculados con lo que hemos reseñado al principio, pero también con las nuevas realidades que surgen de la expansión de los discursos de la inseguridad y de las respuestas que configuran las distintas formas de “gobierno a través del delito”. La producción y consolidación de las víctimas del delito adquieren un nuevo sentido en el contexto de una sensibilidad cultural más abierta al problema del delito y a las formas punitivas de su control.
Las disputas políticas contemporáneas han colocado en el centro de la escena a los miedos, las violencias, las inseguridades y los delitos. La proliferación de nuevas formas simbólicas y materiales suponen un conjunto denso de “experiencias” que se resignifican según las distintas posiciones dentro de un campo social. Por su parte, las experiencias de victimización se amplían, diversifican y se modelan en una interacción compleja entre una subjetividad herida y una construcción socio política que coloca a la “víctima” como referencia central.

La víctima es un sujeto herido, dañado, aunque en ningún caso pueda comprenderse a priori los impactos de esos daños. Pero también es una invención, un artificio construido desde discursos políticos y sociales para tramitar luchas por la imposición de una hegemonía.

La presente ponencia pretende reflexionar sobre algunos los aspectos teóricos que encierra la noción de victima, al tener que conciliar un complejo movimiento que involucra tanto una variedad de experiencias de victimización como una incesante producción de pretensiones hegemónicas. Y lo hará sobre el trasfondo de la realidad uruguaya contemporánea, fuertemente marcada por los discursos de la inseguridad, la reivindicación de las víctimas y la expansión de relatos negacionistas que invierten el lugar de las víctimas estructurales (mujeres, minorías étnicas y sexuales, etc.) en nuevos victimarios que imponen formas autoritarias de “corrección política”.




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* Paternain
Departamento de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de la República - DS/UDELAR. Montevideo, Uruguay