Venezuela sufre una crisis económica, política, social y alimentaria la cual, esta última se manifiesta en el gran desabastecimiento de productos de la cesta básica alimentaria del venezolano, por consiguiente, cabe preguntarse qué está comiendo el venezolano. Los hábitos de consumo en Venezuela ya no son los mismos, el deterioro de la situación alimentaria, nutricional y de salud se ha profundizado durante el último periodo 2014-2018, con el surgimiento de fenómenos que expresan situaciones extremas de inseguridad alimentaria y hambre en toda la población, en especial en los grupos vulnerables. Estamos en presencia de déficits agudos en carne de res y de pollo, harina de maíz, aceite vegetal, azúcar y leche en todas sus variedades, entre otros productos. Esta situación de escasez está cambiando los hábitos alimentarios de los venezolanos.
El habito alimentario como describe Margaret Mead en 1945, son las elecciones efectuadas por individuos o grupos de individuos como respuesta a las presiones sociales y culturales para seleccionar, consumir y utilizar una fracción de los recursos alimentarios posibles; o en todo caso, lo que están disponibles para nuestro consumo. Estas elecciones alimentarias están alienadas por el trenzado cultural, social e ideológico que cada grupo social, tiene establecido en ese momento geográfico e histórico.
Cada receta que posee el grupo social, posee un valor de propiedad identitaria, que por medio de las interacciones sociales, culturales e históricas se ha visto alterada su estructura y las decisiones que cada individuo o grupo tenía automatizada, es así, como en el caso del ciudadano venezolano en todos sus estratos, está presentado una carencia o una alteración de un producto en específico por otro, o en ninguno de estos casos; es un desabastecimiento nutricional e ideológico de los recetarios. Y se puede observar en cada plato cotidiano que prepara o consume el venezolano.
Ningún modelo alimentario esta extenso de presentar cambios en momentos de crisis o escasez, las normas nos llevan a escoger ciertos productos a la manera de como cocinarlos o asociarlos para hacer platos, o combinarlos entre ellos para hacer comidas o las modalidades de compartir o las maneras precisas de como consumirlas, a los horarios, todas estas se ven alteradas en fenómenos de falta y carencia, que incita a redireccionar la mirada de nosotros y de nuestras acciones a la hora de escoger y decidir que alimentos puedo comer.
Es así, como la opacidad cultural que está presente en los actos cotidiano de cada hecho alimentario se rompe, creando nuevos modelos alimentarios como la innovación de nuevos platos, la adquisición de otros ingredientes olvidados u omitidos por no ser “buenos para comer” o en otras palabras por no tener la misma carga simbólica, económica que los productos manufacturados o de lujo. Estas transformaciones en la carga simbólica también intervienen el resultado de evaluaciones climáticas, agronómicas y tecnológicas que juegan sobre las disponibilidades de alimentos; pero también las modificaciones de los sistemas de valores y los juegos de competencia y de diferenciación entre grupos sociales.
En muchas ocasiones, para que haya innovación alimentaria hace falta que se modifiquen también los sistemas de valores gastronómicos, es decir, las categorías de comestibles y no comestibles de lo bueno y lo malo, de lo sabroso y lo insípido, de lo distinguido y lo vulgar. Aquí es donde focalizo mi investigación en cómo esta crisis ha abierto las puertas a nuevas manera de preparar e innovar el recetario gastronómico del venezolano, la conocida “Arepa”, ya no es solo de harina de maíz precocida, sino sus ingredientes, sabores, texturas, acompañamientos y conceptos simbólicos cambiaron. La carencia llego al plato del ciudadano y es hora de llamar a la resiliencia, a la capacidad que tiene el individuo de superar situaciones adversas ante cualquier circunstancia y transformar nuestros modelos alimentarios, culturales, ideológicos e identitarios: Comemos lo que somos, eso es todo.