Casi siempre la problemática de la cohesión social ha estado asociada a grandes momentos de cambio y su consecuente fragmentación de la realidad social. El desmoronamiento de lo socialmente establecido, así como, las expectativas entorno a las nuevas oportunidades hacen que incertidumbre y oposición recorran el espíritu de los distintos sectores sociales. Importantes eventos históricos una vez que desembocan en el triunfo del discurso de la economía globalizada dan cuenta de ello. Considerado por muchos una utopía, el anhelo de sostener/construir sociedades ordenadas no solo pasa por el mundo objetivo de los hombres; “(…) bajo la forma de prácticas y representaciones, que realizan el imperativo de la cohesión de los grupos sociales, y que son la fuente de la vida humana” (Isorni, s/a), el mundo interhumano juega un papel fundamental.
En tal sentido, la complejidad que reviste la definición de cohesión social nos conduce por un camino de peliagudas reflexiones, muy pocas veces unívocas y si distintivas de su carácter polisémico. Dentro de esta variedad, encontramos como vía más institucionalizada y compartida de afrontar los problemas de la cohesión social a la “(…) tradición más clásica de la sociología francesa, encabezada por Emile Durkheim (1982), y que encuentra la principal fuente de esta cohesión en la división social del trabajo” (Alonso, s/a). Otras interpretaciones, ya sea, desde el propio modelo europeo y latinoamericano, la hipótesis sobre un doble eje de integración por el trabajo (Castel 1997) e incluso los procesos conflictivos de lucha por un capital simbólico (Bourdieu 1999), destacan con obligatoriedad los costes, desigualdades y desequilibrios sociales, que como parte de los procesos de exclusión han dejado fuera a los propios sectores sociales y productivos que una vez estuvieron presentes en la construcción de la cohesión social.
Asociada a muchos otros conceptos como: equidad, bienestar, inclusión, capital e integración social, la cohesión también precisa de la disposición de los individuos a participar en los debates de la sociedad y en la construcción de proyectos colectivos. Para este fin, la construcción de relaciones colectivas a las diferentes escalas de lo social deberá “(…) excluir la posibilidad de intervención de un poder enajenante y de manipulaciones externas” (Espina, 2004), para así posibilitar la verdadera incidencia en la toma de decisiones, transformación de las relaciones de poder y demás eventos en que se ven involucrados los actores sociales. Reflexionar en torno a estas cuestiones ubica el presente artículo ante el reto de develar las articulaciones entre cohesión social y participación. Reconstruir la trama de significados que están contenidos en dichos conceptos pasa necesariamente por el análisis de ciertas cuestiones históricas y de aproximación conceptual, involucrándonos una vez más en el intento por comprender la realidad de sociedades tan complejas como las nuestras.
Pensar esta articulación para el caso cubano nos remite directamente a la trayectoria histórica de un proceso revolucionario que abrió nuevos ámbitos en la construcción de lo social. El quebrantamiento de las formas habituales y conocidas que conformaban la cotidianidad dio paso a la desestructuración/reestructuración de las representaciones, hábitos, expectativas, normas que articulan y dan cuerpo a la vida cotidiana, surgiendo así nuevas formas de relación entre el sujeto y su contexto. El decursar del tiempo demostró que sin perder las bases iniciales sobre las que se forjó , la actualización del llamado modelo económico cubano conduce y reafirma el perfeccionamiento del conjunto de condiciones económicas, normativas, político-organizativas, comunicativas e ideológico-culturales del pueblo cubano en las condiciones actuales. Develar sus múltiples interrogantes también resulta en tarea pendiente para nosotros.
Asumir con responsabilidad la construcción de sociedades cohesionadas, más que una idea romántica, responde a un imperativo social. La diversidad socio-cultural y político-económica de las naciones muestra el fracaso de una idea homogeneizadora sobre este propósito. Los disímiles enfoques que enriquecen el discurso científico sobre cohesión social, una vez conscientes de estas cuestiones, ha logrado superar la simplicidad de proponer medidas compensatorias hacia ciudadanos rezagados o excluidos de lo que supuestamente es un orden social alcanzable para todos. Abogar por “(…) acciones más activas y positivas que impidan esa segregación, que eviten la existencia de personas sin voz y que, en definitiva, fomenten la participación activa de todos los ciudadanos en la vida social” (Zamora et al, 2015), ratifica nuestros fundamentos en relación a la articulación propuesta.
La glorificación del paradigma neoliberal al destruir los lazos de solidaridad ciudadana erosionando la visión comunitarista de una cohesión social que en criterio compartido con Marta Ochman (2016), no es únicamente atributo de las comunidades pequeñas, sino también meta posible de alcanzar en las sociedades complejas y plurales, sitúa al modelo económico social cubano en su proceso de actualización se enfrenta a nuevas condiciones generadoras o no de cohesión social, para cualquiera de estos casos el camino está en construcción.