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Resumen de ponencia
Modelos productivos, luchas de clases y salud laboral

*Sergio Pena Dopico



En la presente ponencia pretendo poner de relieve la necesidad de dotar a los estudios sobre la Seguridad y Salud en el Trabajo (SST) de herramientas teóricas sólidas para abordar un problema social que en ocasiones se ve invisibilizado o naturalizado, cuando no justificado por exigencias técnicas o financieras.
Para abordar el escaso compromiso de cierta parte del empresariado y las protestas de los trabajadores, se ha puesto el acento en aspectos como la difusión de una cultura de seguridad, basándose en una supuesta comunidad de intereses entre empresarios y trabajadores, según la cual la mejora de las condiciones de trabajo mejoraría también la productividad. Estos discursos conviven en ocasiones con importantes vacíos legales que fuercen a las empresas a adoptar medidas de seguridad, o con la escasez de medios para la inspección de su cumplimiento. Al mismo tiempo, crecen las apuestas por instrumentos sin carácter vinculante que dejan el cumplimiento de esas buenas prácticas a voluntad de las empresas, como la reciente ISO 45001.
No obstante, la creciente competencia internacional muestra que las estrategias de rentabilidad de muchas economías pasan antes por el abaratamiento de costes laborales que por la mejora de la productividad y la SST.
Creo por tanto que la persistencia de esta problemática no obedece principalmente a aspectos de cultura o de legislación. Tampoco es principalmente una cuestión de técnicas preventivas, pues la siniestralidad antecede a la prevención. Detrás de estos factores se encuentra un condicionante fundamental, que según se profundiza la crisis y la regresión laboral en muchos países, se revela más claramente: las relaciones sociales de producción.
Dentro de esas relaciones, la salud de la clase trabajadora bajo el capitalismo se convierte en un componente de su fuerza de trabajo, y por tanto se ve condicionada por la tendencia a maximizar la explotación. La mejora de la salud puede incrementar las ganancias, disminuyendo el valor relativo del trabajo, porque menos trabajadores sanos produzcan más que muchos enfermos, o porque las ganancias simplemente crezcan más que los salarios. En cambio, cuando el trabajador resulta fácilmente sustituible (por estar escasamente cualificados y/o por una saturación de la oferta en el mercado laboral), se puede observar una tendencia a empeorar las condiciones de trabajo.
Si el nivel tecnológico o la cualificación pueden implicar una mayor necesidad de protección de la salud, estos factores conviven en el proceso de trabajo con los ritmos, la organización del tiempo, el grado de autonomía, la estabilidad, la remuneración, etc. La incidencia de éstos se ha puesto cada vez más de relieve como fuente básica de daños a la salud y su deterioro revela una estrategia de intensificación del trabajo como vía de mantener la tasa de ganancia, pese a los daños a la salud que implica.
Boyer y Freyssenet conceptualizarán el término de modelo productivo, un proceso “de pertinencia externa y coherencia interna de los cambios técnicos, organizacionales, de gestión y sociales para dar una respuesta a los nuevos problemas de rentabilidad económica y aceptabilidad social” (2003: 17). Este marco muestra la interrelación entre factores que podemos considerar como condicionantes de la salud laboral y permite analizar las tendencias que los mueven, al tiempo que la SST se puede considerar como un indicador de la evolución de dichos modelos.
Este análisis dará pie a Castillo y López (2009) a hablar de una distinción entre modelos de vía baja (con trabajos descualificados, inseguros y bajos salarios) o de vía alta (con estrategias de incremento de la productividad mediante cualificación y estabilidad en el puesto). Desde una perspectiva de sistema-mundo, un primer vistazo podría mostrar a los países del centro capitalista como economías de vía alta, gracias a los mecanismos imperialistas de reparto del mundo, que les ha permitido contar con una mano de obra cualificada, especializada en actividades con alto valor agregado. Paralelamente, la deslocalización de las actividades más peligrosas hacia países dependientes ha empujado hacia esos lugares también la inseguridad laboral.
No obstante, cabe ser cautos con estas distinciones, pues se puede observar una tendencia hacia la homogeneización global de las condiciones de trabajo en base a la creciente competitividad tecnológica y la respuesta en términos de abaratamiento de la mano de obra e intensificación del trabajo en el centro.
Por lo tanto, la existencia de modelos de vía alta depende de la existencia de los de vía baja, de forma directa cuando externalizan los aspectos más lesivos del trabajo, o de forma indirecta, a través de la redistribución de las ganancias imperialistas que realizan los Estados del centro.
A pesar de lo expuesto, los cambios en SST no han obedecido exclusivamente a necesidades productivas. Los Estados, las empresas o la cultura de cada país son factores que también obedecen a sus lógicas internas que pueden transformar en una dirección u otra los aspectos de SST.
Entre estos factores, resulta interesante detenerse en uno de ellos: la lucha de clases con intereses antagónicos entre sí. Mientras que el interés del obrero es mejorar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo (salario) y las condiciones de reproducción del mismo (salud laboral), el interés de la empresa se mide en resultados económicos.
Así se revela el carácter ideológico de la premisa de la comunidad de intereses y la necesidad de concienciar al empresario: supone que éste no conoce las ventajas de invertir en SST, porque es más útil vender la imagen de un ignorante al que ayudar que reconocer que los daños a la salud obedecen a un frío cálculo económico, un homicidio de guante blanco. Se construye una imagen de empresario-cavernícola que no marcha con los tiempos de la moderna empresa capitalista, responsable socialmente. Si ese es el futuro, cabe tener paciencia y esperar a que gradualmente la idea vaya calando, con lo cual este ideologema cumple al mismo tiempo un papel legitimador y desmovilizador.
La historia muestra que los grandes avances en SST no han venido de un convencimiento moral de la clase dominante. Han sido las luchas de la clase trabajadora las que situaron ese problema en el orden del día y las que han conseguido situar mejoras en los distintos países. Elling (1989), en base a un estudio de campo realizado en seis países distintos, corroboraba esta tesis, afirmando que la fortaleza del movimiento obrero en un país dado determina la adecuación y calidad de sus leyes y otras condiciones de SST.
El análisis de la respuesta obrera a los problemas de salud laboral ofrece múltiples formas, atravesadas por el nivel de conciencia de clase y las estrategias de lucha. Marx afirmaba que el obrero “vende su fuerza de trabajo para conservarla, salvo su natural desgaste, pero no para destruirla” (2010: 69). La ubicación de la frontera entre el desgaste natural y el destructivo está mediada por aspectos estructurales y culturales, pero cuando se cruza ese umbral existe la posibilidad de que se establezca una lucha al respecto. Cuando estas luchas emergen, se pueden convertir en una lucha de poder que tiende a cristalizar en normas (escritas o no) cuyo contenido dependerá de la correlación de fuerzas.
Se pueden encontrar distintos tipos de luchas por la salud laboral, en función de diversos grados de madurez del movimiento obrero. Encontramos luchas por el mínimo vital, dirigidas a incrementar un nivel de retribución inferior al necesario para reponer la fuerza de trabajo. Luchas contra la accidentabilidad, que atraviesan de forma casi permanente la historia de cualquier empresa con riesgos elevados. O luchas por la organización del trabajo, como respuesta a los intentos de racionalización productiva, a la intensificación del trabajo, a los riesgos psicosociales, etc.
Por último, hay que mencionar las luchas políticas por la salud laboral, cuya forma más avanzada la constituyó el Modelo Obrero italiano de los años setenta, desarrollado en las décadas siguientes en distintas latitudes. Basado en principios como no monetarización del riesgo o la no delegación, en este modelo los obreros disputan a la empresa la dirección de la gestión de su propia salud.

A modo de cierre podemos señalar que mientras la salud laboral esté sujeta a los criterios de rentabilidad capitalista, las estrategias que apelen a moral de la clase dominante para mejorar las condiciones de trabajo tropezarán generalmente con modelos productivos que empujan a la mayoría de la población asalariada a una sobreexplotación que atenta contra su salud. La historia muestra que sólo la lucha de la clase trabajadora asegura conquistas duraderas. En ese sentido, podemos considerar el nivel de conciencia respecto a la salud laboral como un indicativo de la conciencia de clase, puesto que refleja el grado de valoración del ser humano en su integridad y posibilita el desarrollo de las luchas necesarias para defender ese ideal.
Ante ello, los científicos sociales tenemos una responsabilidad clara a la hora de describir las leyes generales que rigen la transformación de las condiciones de trabajo, exponer las formas en que la cultura hegemónica menoscaba la SST, recuperar las experiencias de lucha históricas por ese objetivo y favorecer el desarrollo de una conciencia clasista que sitúe la defensa de la vida humana entre las prioridades sociales.

Bibliografía
Boyer, R., y Freyssenet, M. (2003). Los modelos productivos. Madrid: Editorial Fundamentos.
Castillo, J. J., y López, P. (2009). Modelos productivos, salud laboral y políticas de prevención: el caso español. La Mutua- Fraternidad, 21, 145–155.
Elling, R. H. (1989). The Political Economy of Workers’ health and safety. Soc. Sci. Med., 28(11), 1171–1182.
Marx, K. (2010). Salario, Precio Y Ganancia Trabajo Asalariado Y Capital. México D. F.: Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx.




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* Pena Dopico
Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. -Universidad Complutense de Madrid - UCM. MADRID, España