El Brexit marcó un cambio en la marcha de la integración europea que, de un periodo de profundización y ampliación de la Unión Europea, pasó a otro que comenzó con la decisión de Gran Bretaña de solicitar su salida, salida con la que se prevé que ocurra el primer achicamiento de la Unión Europea en 2019. Tanto para los Estados miembros y sus regiones, como para la Unión Europea, estos procesos estuvieron, están, y seguramente seguirán estando, en permanente tensión debido a las dificultades prácticas, agravadas incluso por el cuestionamiento a la validez de conceptos necesarios para tratarlas, algunos tan venerables como, por ejemplo, el de soberanía, requeridos para lograr la definición y abordar la instrumentación de las requeridas políticas, históricamente situadas, de la distribución de facultades de formulación de las políticas públicas específicas entre las distintas instancias de definición y ejecución, y de las profundas transformaciones institucionales y organizativas que demandan, y que son posibles y necesarias en cada momento de la integración europea para seguir sosteniendo la acción colectiva requerida para avanzar en la integración.
Este cambio, que estuvo precedido del complejo proceso de digestión, que está lejos de haber terminado, de la ampliación de 2004-06 hacia los países de Europa central y del este, del fracasado intento de aprobación de una Constitución para la Unión Europea en 2005, de la consolidación del Tratado de la Unión y del Tratado del Funcionamiento de la Unión Europea mediante el Tratado de Lisboa vigente desde 2009, y de la Gran Recesión que comenzó con la crisis financiera de 2007 en Estados Unidos y se manifestó específicamente como crisis europea desde 2010.
La crisis encontró a la integración europea con enormes debilidades institucionales y organizativas para enfrentarla, si las comparamos con las capacidades desarrolladas por los otros centros fundamentales de decisión en la gobernanza internación de la economía mundial. Por una parte, esta circunstancia aceleró los tiempos en que debieron construirse apresuradamente nuevas capacidades en la Unión Europea mediante una profundización de la integración, en buena medida no ya mediante el derecho de la Unión Europea que exigía la unanimidad de los estados miembros, sino utilizando el derecho de tratados de la Convención de Viena, pero, por otra parte, intensificó simultáneamente las tendencias centrífugas promovidas por las fuerzas que, promoviendo la regresión de la integración a la cooperación, o el aislamiento estatal, buscaban remedio a la crisis y a sus consecuencias. La construcción institucional desde mediados de la década pasada hasta mediados de la presente, pero todavía inacabada, ocurrió entonces en el curso del agravamiento de los permanentes conflictos intestinos característicos del proceso de transferencias de facultades de formulación de políticas públicas desde los estados miembros hacia la Unión Europea. Gran Bretaña pugnó durante este periodo por evitar la profundización de la integración. Su solicitud de salir de la UE muestra que, a pesar de la gran influencia que tuvo durante su permanencia en la misma, no pudo contener el proceso de profundización institucional y organizativa de la integración. Esta profundización, que posiblemente proseguirá según los planes de las autoridades unieuropeas, fue factor importante de la recuperación económica europea que, sin embargo, no ha podido contrarrestar el avance político del nacionalismo antieuropeo de derecha.
Es en estas condiciones que la Unión Europea tuvo que enfrentar el reto que la administración Trump de los Estados Unidos al sistema de gobernanza multilateral de sociedad internacional, incluyendo los de seguridad, los de derechos humanos, y los medioambientales. Aquí, en particular nos interesan sus políticas en la gobernanza internacional de la economía mundial, especialmente en el ámbito comercial, mediante la cancelación de su participación en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, el congelamiento del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, su prepotencia en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y sus amenazas de sustituirlo por acuerdos bilaterales con Canadá y México, las dificultades generadas en la Organización Mundial del Comercio, debidas a la escalada de medidas proteccionistas contra algunos de sus más importantes socios comerciales, que amenazan convertirse en una guerra comercial, y sus amenazas de que podría retirar a Estados Unidos de la misma y retornar al bilateralismo comercial, hoy prácticamente imposible si no se añaden las otras dimensiones del relacionamiento económico internacional.
Comenzaré haciendo una presentación de la modesta recuperación global, y una crítica de la metodología -generalizada en los organizaciones económicas internacionales- para evaluarla. Después haré un balance de los avances institucionales y organizativos en la Unión Europea desde la Gran Recesión, de los planes para seguir desarrollándolos, y de las estimaciones de su cumplimiento. Finalmente haré una consideración de la situación relativa de la Unión Europea en la gobernanza internacional en el ámbito económico, y de la posible evolución de la misma, considerando especialmente la posibilidad de que, como consecuencia de la agudización de sus contradicciones internas e internacionales, la Unión Europea emule la estrategia estadounidense de abandonar su estrategia de defensa del multilateralismo, incluso el regional, y adoptando una estrategia de bilateralización generalizada, se autodisuelva, y sus estados miembros bilateralicen sus relaciones entre sí, y con los países del resto del mundo.