En la ponencia se presentan algunas reflexiones desde las contribuciones del feminismo postestructuralista, inspiradas en la investigación doctoral sobre sujetos políticos con identidades sexuales no normativas, activistas colombianxs de movimientos identitarios basados en la diversidad sexual, destacadxs por su liderazgo y militancia, cuya causa de movilización y acción política está centrada en la reivindicación de los derechos de las diversidades sexuales. Se plantea como tesis central que las subjetividades forjadas por dichos sujetos, emergen de una postura crítica que escinde el orden y se reconfiguran a través del deseo de vivir bajo una ética del cuidado de si, a partir de la cual se constituyen en subjetividades políticas en resistencia. Dichas subjetividades en resistencia son producidas a través de estrategias sexo-políticas, mediante las cuales consiguen una reapropiación de los discursos de poder/saber producidos sobre el sexo/género y crean juegos de cómo resistir y cómo reconvertir los cuerpos en habitáculos políticos de resistencia, dando paso a una clara apuesta de política sexual que se pone en movimiento para la emancipación, generando la fractura del principio de la jerarquía sexo-cultural pero a su vez, produciendo efectos hegemónicos como la intensificación de los dispositivos de control basados en la violencia y la brutalidad sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres, causando su aniquilamiento.
Asumir que toda subjetividad agenciada en las prácticas discursivas, es en sí misma una práctica política, implica reconocer que en tanto las prácticas discursivas se inscriben en un régimen de saber/poder y dicho régimen se haya regulado por un sistema sexo/genero, la subjetividad entonces, será necesariamente política. Este planteamiento, se fundamenta en las contribuciones específicamente de Michel Foucault y de autoras feministas como Rossi Braidotti, Teresa De lauretis, Judith Bluter, entre otras, quienes postulan entro otros, la necesidad de abandonar el esencialismo del sujeto, para asumir que su aparición se da como una producción, imbricada en los registros ideológicos, culturales y políticos dominantes; es decir, en las tramas de poder que circulan en la sociedad.
Sin embargo, aunque asumir esta premisa implica reconocer que las prácticas culturales instituidas por el orden dominante, prevalecen en la constitución de los sujetos, es necesario señalar que los procesos de subjetivación comportan fisuras, líneas de fuga dentro de los circuitos de poder que los determinan y que posibilitan procesos emergentes, inéditos, singulares que se amalgaman a los procesos homogenizantes dados por las matrices de poder dominantes. Estos procesos emergentes resultan vinculados a prácticas culturales cotidianas invisibilizadas, renuentes, contra-hegemónicas y en resistencia, que influyen en la configuración de subjetividades, provocando un replanteamiento del sentido del sujeto, que se escinde, aunque no del todo, del predominio moral del individualismo, dado por el paradigma esencialista y unificador que desde la modernidad ha prevalecido.
En el centro de este orden de legitimación, que encuentra su anclaje en una diferenciación de lo público/ privado basada en una asignación sexo/generizada de funciones atribuidas a hombres y mujeres, lo público se convierte en el escenario de la sobrerrepresentación omnipotente de lo masculino, espacio reservado a los iguales, en tanto hombres que dan vida al contrato político fundacional de la jerarquía y el privilegio, del cual las mujeres harán parte, para ser asimiladas, atribuidas, asignadas, adjetivadas, dando sentido a dicho contrato. Es en este locus, en el cual la dicotomía masculino/femenino se hace imprescindible como inteligibilidad epistémica del mundo, operando como condición para el paso hacia el proyecto civilizatorio. Es en este contexto, donde se sitúan los procesos de subjetivación; es decir, se producen en un contexto histórico-cultural determinado y su devenir se halla ligado a la mediación del poder y el deseo, en cuya interfaz se produce subjetividad.
Es innegable que las subjetividades en resistencia, al agenciar prácticas sexuales no-normativas, a través de marcos de acción política, logran visibilizar no solo las voces excluidas sino también denunciar las prácticas de dominación y las formas simbólicas de dicha dominación que impregnan el mundo de la cotidianidad, las valoraciones y los placeres. En suma, en el contexto actual, las reivindicaciones basadas en una política sexual y sus formas de acción política, parecen dirigirse menos por una visión de universalidad y más por la visibilización de la singularidad, menos dirigidas hacia la representación o la toma del poder y más hacia la reconfiguración de las relaciones sociales, la expresión de nuevas sensibilidades y la reivindicación de los derechos que se le implican, inaugurando patrones inéditos de organización social o resignificando los existentes, dando paso a sujetos políticos cuyas formas de reterritorialización y despliegue de la acción política, están configurando y enunciando subjetividades políticas resistentes.
Sin embargo, estos importantes avances, traen consigo fuertes desafíos. En una mirada compleja sobre la cuestión, sostenemos como hipótesis inicial, que la intensificación de los dispositivos de control basados en la violencia y la brutalidad sobre las mujeres, causando su aniquilamiento, buscan reposicionar el principio de “la jerarquía sexo-cultural”, y vienen como una contra-reacción justamente a las conquistas en el espacio público, de las luchas feministas y el avance en el reconocimiento garantista de los derechos de las mujeres. De igual manera, esta intensificación del feminicidio, se ha dado a la par del despliegue cada vez mayor, en el espacio privado, de subjetividades en resistencia que buscan su emancipación, repoblando los espacios cotidianos, donde se testimonia la necesidad inclaudicable de habitar el mundo desde el deseo de la vida. Las subjetividades en resistencia emergen en estos mundos íntimos, donde el principio de la jerarquía sexo-cultural, se quiebra en los intersticios por donde circula el deseo de habitar la vida en libertad y sin miedo. Cada vez con mayor claridad, estas subjetividades en resistencia, impregnan los habitáculos corporales, para usarlos como territorio de autonomía, como campo político de reivindicación de una existencia en la diferencia igualitaria que elimine el privilegio sexo-cultural de unos sobre otras y con ello, se deslegitime el disciplinamiento violento y la aniquilación.
Puede ser que ese sea justamente el precio de la emancipación: dejar al desnudo el monstruo para enfrentarlo en sus múltiples expresiones. Lo cierto del caso, es que no parece posible que estas subjetividades en resistencia claudiquen y antes bien, esperamos que su despliegue irrefrenable le muestre a la sociedad, la necesidad impostergable de desear la vida, en contra del afianzamiento de la necropolitica del patriarcalismo cuya operación está basada en la eliminación del deseo de desear la vida, mediante el castigo, la violencia y el miedo. Las subjetividades en resistencia cobran vida en múltiples cuerpos que merecen ser valorizados, respetados y expandidos libremente.