En el contexto de un mundo incierto e impredecible, con una fuerte disputa hegemónica entre Estados Unidos y China , una Unión Europea estancada y con riesgo de disolución, un creciente malestar y rechazo a la “globalización neoliberal” y el ascenso de movimientos y líderes neofascistas, Nuestra América es disputada por los centros imperiales, cuyo apetito se dirige especialmente a los bienes comunes de la tierra que abundan en la región . Los gobiernos de Mauricio Macri, Enrique Peña Nieto, Michel Temer y Pedro Pablo Kuczynski –antes de verse forzado a renunciar en marzo de 2018-, emblemas de las derechas del siglo XXI, pretenden clausurar el llamado “ciclo progresista”, derrotar al eje bolivariano y restaurar las políticas que emanaron del Consenso de Washington en la posguerra fría. Esos gobiernos neoliberales aspiran a clausurar cualquier alternativa popular, en pos de profundizar los esquemas extractivistas y revertir la inédita cooperación y coordinación política latinoamericanas que caracterizó el inicio del siglo XXI, tras el “No al ALCA” en la Cuarta Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005 (Karg y Lewitt, 2015; Kan, 2016). Abandonaron en sus discursos toda referencia latinoamericanista y apuestan a debilitar a organismos nuevos, con la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), para volver a posicionar a la Organización de los Estados Americanos (OEA), cuya sede no casualmente se encuentra en Washington, a pocos metros de la Casa Blanca (Suárez Salazar, 2017b). Desde que Barack Obama inició su segundo mandato, en 2013, ensayó una nueva ofensiva imperial, que coincidió con la muerte de Hugo Chávez –el gran líder de la integración alternativa, a partir de la iniciativa que lanzó junto a Cuba en 2004, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América –Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP)- y la reversión del ciclo de alta demanda y precio de las materias primas (Gandásegui, 2016). Esa ofensiva, basada en el smart power, parecía tener en Hillary Clinton su continuadora “natural” .
Sin embargo, el triunfo de Donald Trump en las elecciones del 8 de noviembre de 2016 modificó sustancialmente el panorama geopolítico, generando una conmoción mundial mucho mayor a la siguió al Brexit, la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea. Ambas votaciones expresan el creciente rechazo que está generando la globalización neoliberal impulsada desde los centros financieros y el resquebrajamiento del consenso político que se imponía desde las elites de Europa y Estados Unidos. En el crucial año 2016 se consumó el final de ese oxímoron que la filósofa y politóloga estadounidense Nancy Fraser denominó el “neoliberalismo progresista” (Fraser, 2017). Mientras líderes xenófobos, de extrema derecha o neofascistas canalizan a su favor el creciente hartazgo social, aumenta la incertidumbre global . Se resquebrajó el consenso global, a tal punto que en las reuniones del G20 previas a la Cumbre presidencial de Hamburgo, Estados Unidos bloqueó las declaraciones pro-libre comercio y China pretendió erigirse en la nueva líder de la globalización. En la cumbre de Alemania, Trump se quedó solo, tras haber anunciado la salida de Estados Unidos del Acuerdo Climático de París. Ángela Merkel, la anfitriona, debió admitirlo: “Cuando no hay consenso, hay que reflejar el disenso, no ocultarlo” .
La elección en Estados Unidos de un presidente abiertamente xenófobo, anti-obrero, misógino, negacionista del cambio climático, plutocrático, unilateralista y militarista supone un gran peligro no sólo para la mayoría de la población de ese país, sino también para toda Nuestra América . Agredió a México, Cuba y Venezuela y promueve una diplomacia militar que reniega de las instancias multilaterales, lo cual genera niveles de rechazo históricos. Una reciente encuesta internacional del Pew Research Center, publicada el 26 de junio, muestra que la imagen del gobierno de Estados Unidos se hundió 15 puntos desde que asumió Trump . Con excepción de Israel y Rusia, en los otros 35 países en los que se realizó la encuesta cayó la confianza en Washington, y especialmente lo hizo en América Latina. Este contexto –no se cerró la crisis económica internacional que se inició hace una década en Estados Unidos, crece la incertidumbre global, ganan poder líderes y movimientos de ultraderecha, se impugna el discurso neoliberal en los países centrales, se ralentiza el comercio global y se agudizan las disputas hegemónicas- obliga a realizar un balance de lo ocurrido en los últimos años y a plantear cuáles son los principales desafíos para la región y las alternativas para vincularse con un mundo cuyo reordenamiento es incierto y con el nuevo inquilino de la Casa Blanca, quien posee algunas características peculiares que lo distinguen de sus antecesores.
La llegada al poder del magnate neoyorquino, con el rechazo que suscita, supone una oportunidad para enfrentar los nuevos peligros y desafíos recuperando el espíritu de Mar del Plata, es decir la experiencia de una exitosa coordinación y cooperación política regionales, en función de retomar una integración latinoamericana que impugne no solamente la ofensiva neoliberal restauradora, sino que adquiera una perspectiva anti-imperialista con proyección anti-capitalista y socialista . Entre el 10 y el 13 de diciembre del año pasado se llevó a cabo en Buenos Aires la XI Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC), que intentó infructuosamente relanzar la ofensiva pro libre comercio en el ámbito multilateral y regional (Morgenfeld, 2017). En abril de 2018 se realizó la Octava Cumbre de las Américas, en Lima, que, se suponía, sería la primera visita de Trump a la región. Sin embargo, a apenas tres días antes del inicio de la misma, el presidente estadounidense canceló su participación, debido al conflicto en Siria –el 13 de abril, mientras se abría oficialmente el cónclave regional, el jefe de la Casa Blanca anunciaba un bombardeo a Damasco-. Dentro de algunos meses, el 30 de noviembre y 1 de diciembre, Argentina será sede de la primera Cumbre Presidencial del G20 que se realizará en la región . En próximo cónclave se empezará a definir el rumbo de la globalización neoliberal, se debatirá sobre la incipiente guerra comercial entre Estados Unidos y China y también se verá el estado de las relaciones con América Latina, ya que será la primera visita de Trump a la región.