La presente ponencia aborda algunas reflexiones sobre el ejercicio de la autoridad en el proceso de profesionalización de las mujeres Policías de Córdoba. Es necesario aclarar que se enmarca en un proyecto doctoral de reciente iniciación. En este se pretende comprender las prácticas y sentidos que circulan en la institución policial, especialmente aquellos presentes en las relaciones de subordinación y autoridad en la profesionalización de las mujeres integrantes de la fuerza. Por ello se inscribe en la corriente de estudios de policía que busca “reflexionar sobre las condiciones que producen sus modos de hacer y de pensar” (Frederic y otros, 2014:22).
Desde esta posición que pretende comprender prácticas y sentidos situados, Sirimarco (2009) se aleja del estudio de la moral o la ética para acentuar la encarnación corporal de la producción del “sujeto policial”. Ella plantea un ideal que no sólo es un sujeto institucional, sino que también se forja como un sujeto masculino. El cuerpo individual se subordina al cuerpo político-social que va delineando y avalando cierta forma de ser y actuar dentro de la agencia policial. Se presta desmesurada atención a la apariencia de masculinidad, importando así las marcas que testimonian la virilidad. Es más, la masculinidad se constituye como la condición de actuación del sujeto policial, significando cualidades que se consideran inherentes a dicha labor. Pero esto no implica aludir unívocamente a los varones, ya que al retomar la definición de Segato entiende que “los géneros no son más que el registro en el cual nos instalamos al ingresar en una escena, donde masculino y femenino son posiciones relativas, más o menos establemente representadas por las anatomías de hombres y mujeres en la vida social en cuanto signos de esa diferencia estructurada. Pero no necesariamente” (Sirimarco,2004). En consecuencia, el género no es una entidad empíricamente observable, sino un registro desde el cual insertarse en la trama de relaciones. Las mujeres policías, socializadas en los valores de la institución, tenderían a posicionarse a partir de un discurso y una actitud que incorpore el imperativo de la virilidad (activo, prepotente, desafiante) y copie el lenguaje masculino para generar autoridad.
Garrida Zucal agrega que esos “gestos, modismos, usos del cuerpo que remiten a lo masculino ensamblan al policía ideal. Este ideal, representante de la viril masculinidad, del arriesgado trabajo en la búsqueda de peligrosos malvivientes, del uso de la fuerza, es escenificado hasta por aquellos que no encajan en ese molde” (2013:484). Tener un cuerpo varón parece presuponer la capacidad de ser policía, mientras que el de la mujer carecería de las condiciones necesarias. Las policías deben demostrar su idoneidad para el cargo y en esas acciones radicaría su desfeminización. Las tareas policiales, especialmente las operativas, parecen no poder coexistir en un cuerpo de mujer, que institucionalmente está asociado con lo femenino, lo civil y lo pasivo. Lo policial, de carácter ideal, es entonces inherentemente masculino. Sin embargo, investigaciones más recientes (Calandrón,2014; Garriga Zucal,2013) plantean que no sucede esta pretendida desfeminización y masculinización de las prácticas de las mujeres.
En concreto, Calandrón (2012) plantea una postura teórica que habilita pensar otras estrategias que las mujeres adoptan para obtener autoridad entre sus pares policías. Para esto retoma a Cornwall y Lindisfrarne quienes discutieron el sentido unívoco de la masculinidad, mostrando diferentes modos en que aparece y opera en la socialización. Así, la autora se aleja de la noción normativa del género, en pos de un concepto que incluya identidades cambiantes, múltiples y contradictorias. La complejidad de la masculinidad también se encuentra dentro del espectro de lo que se puede afirmar como feminidad. Por ende, aquellos rasgos o atributos que se consideran femeninos en un espacio social, pueden no serlo en otro. De esta manera, es válido considerar que esos rasgos o modos que serían leídos como “masculinos” son, en realidad, parte de la profesión policial y de las prácticas que ella conlleva. Calandrón estudia el “uso estratégico de rasgos-particulares en cada caso considerados bienes femeninos válidos para agenciarse y conseguir estabilidad profesional o ascenso económico a través de las relaciones” (2012:97). Esta heteroafectividad puede presentarse de diversas maneras: en la relación entre pares, algunas reconocieron que los varones las trataban como la hermana menor a la que debían proteger; como superior, los subordinados podían considerarla como una madre que cuida de ellos; y también desde la retórica del cuidado, algunas mujeres replican un lugar doméstico dentro del espacio laboral al encargarse de las tareas relacionadas a la comida y la limpieza. Asimismo, la sexualidad y la erotización del cuerpo de la mujer implica un uso de la feminidad que tiene consecuencias en el espacio laboral. Este recurso es válido para ambos géneros. Calandrón (2014) sostiene que la sexualidad no es una cuestión privada, ya que las conductas sexuales están asociadas a valorizaciones morales que exceden lo exclusivamente sexual. Se configura una nueva escala de autoridad en donde convergen elementos formales como la jerarquía con estas valoraciones morales.
Además, es necesario considerar que la división del trabajo propia de la organización policial genera principios de diferenciación entre los miembros de la fuerza que impactan en el ejercicio de autoridad. Es más, no hay un único sujeto policial, sino que las experiencias registradas dan cuenta de una heterogeneidad. No hay una sola manera de ser policía y los destinos en los que se asientan las trayectorias laborales van moldeando los principios de identificación. Una primera gran diferenciación es la de tareas administrativas o de seguridad. Esta división del trabajo se asocia a roles de género, “especialmente en los modos de definir normativamente las características de cada actividad” (Garriga Zucal,2013:485). Así, se observa una feminización de las tareas administrativas y, paralelamente, una masculinización del trabajo “de calle” u operativo. Esto sucede sin importar el género de quien realice esa actividad. El sujeto policial ideal hace referencia a un tipo de masculinidad específica, vinculada al patrullaje, los allanamientos, los tiroteos y otras prácticas policiales de gran peligrosidad. Supone tener capacidades corporales suficientes para hacer frente al riesgo que asumen. Es un rol activo en contraposición del pasivo e intelectual que está asociado a lo administrativo. Esta distinción de activo/pasivo se sustenta en una distinción de género que opera en el ámbito de las representaciones.
La institución policial requiere de ambas caras del hacer policial, tanto lo operativo como lo administrativo. Al interior se jerarquiza el personal al diferenciarlo entre cuerpo de seguridad, profesional y técnico (Ley 9728). En la jerga policial se denominan “azules” y “blancos”, haciendo referencia al color del uniforme o la chaquetilla médica. Asimismo, opera una segunda diferenciación hacia dentro de los “azules” entre quienes efectivamente se dedican al trabajo “de calle” y quienes hacen tareas administrativas, ya sea en la comisaría o en otro destino. Algo similar sucede con las profesionales, reconocidas como administrativas, aun cuando pueden formar parte de operativos, por ejemplo psicólogas trabajando en las negociaciones de rehenes. El estatus normativo no asegura su identificación como de seguridad o no. Entonces, las posiciones en la organización van a moldear y dar lugar a determinadas maneras de autoridad y obediencia, por lo que será necesario prestar atención a esta dimensión. No solo se caracteriza por lo genérico sino que el recorrido de cada agente abonará a su experiencia y forma de relacionarse.
En el primer acercamiento al campo, aparecen emergentes para pensar esta profesionalización de las policías en relación a su género. Las diferentes entrevistas parecen sostener las dos posturas teóricas. Por un lado, una “azul” reconoce que optó por “ser un varoncito más” para ser exitosa profesionalmente dentro de la patrulla. Ella no solo dejó de “sentirse” mujer, sino que también no permitió que otros la valoraran como femenina. Esta estrategia le permitió no constituirse como objeto de deseo sexual de sus compañeros varones, con el objetivo, quizás, de evitar la desvalorización que lo femenino significa en un espacio operativo. Pero por el otro, también se encontraron relatos donde la feminidad fue la herramienta para su éxito profesional. Tal es el caso de una Oficial que, al llegar como nueva jefa de comisaría, sus subordinados no querían acatar sus órdenes. Para convencerlos dijo que sería una jefa diferente, más “femenina” por no gritar o insultarlos. Les pediría “por favor” en cada orden, pero si no cumplian serian castigados. Así, guarda cierta forma de decoro y su feminidad.
Sin embargo, es una feminidad que elimina todo indicio de debilidad, la cual puede o no estar, pero nunca debe ser demostrada. La fortaleza se logra en esa distancia con el varón y en la superación de las adversidades. Esta fuerza no es reconocida como una masculinización sino como una cuestión de carácter más vinculada a un hacer policial profesional. Asimismo, algo similar aparece en los casos de supuesta masculinización; ya que, a pesar de reconocer que suprimen rasgos femeninos, las mismas agentes la caracterizan como “neutralidad” genérica.
Finalmente, a partir de estos emergentes, se observa que el modo de ejercicio de la autoridad está atravesado por muchos elementos donde el género es uno más. Asimismo, la condición de mujer no es vivida de la misma manera por todas y no se reduce a una opción dicotómica de masculinización o no. Queda seguir preguntándose por estas otras vivencias de las policías que quedan en el medio y permiten entender sus prácticas.