En el presente texto se aborda y reflexiona los aportes y retos epistemológicos que ha implicado hacer investigaciones, por parte de intelectuales de pueblos originarios, partiendo desde la lengua propia como parte de una lucha epistémica por visibilizar y fortalecer los sentidos del mundo que poseen estos idiomas. Ser parte de una cultura particular y hablar un idioma propio (maya tseltal en este caso) permite entender y explicar el mundo y nuestro estar en él de una forma diferente a otros pueblos y personas.
Darnos cuenta de estas otras lógicas de estar-pensar-sentir-hacer-vivir (stalel en maya tseltal) el mundo, la vida y las relaciones sociales no se da, en automático, por ser hablantes o partes de dicho idioma y cultura, sino que requiere, por un lado, de un proceso de análisis y reflexión profunda y constante desde-con nosotros mismos en diálogo con las demás personas de nuestra comunidad y nuestras prácticas cotidianas. Esto no es posible si no reconocemos y asumimos en principio la riqueza y cosmovisión que portamos y guardamos en nuestro bats’il k’op (idiomas propios) que la colonialidad del poder y el conocimiento científico hegemónico occidental se han esforzado, por siglos, en hacernos creer y ver lo contrario. Si no reconocemos que nuestra cultura e idioma propio contienen modos de ser-pensar-sentir-vivir-hacer diferentes, tan importantes como los de otros pueblos y culturas, no podremos comprender su lenguaje profundo, su filosofía, su cosmovisión (Lenkersdorf, 2005) o, mejor dicho, su sentido del mundo (Oyêwùmí, 2017).
Por otro lado, requiere “salirse” de los marcos conceptuales e ideológicos de otras stalel adquiridos a lo largo del tiempo que nos condicionan a mirar nuestra realidad desde esos otros referentes (el idioma castellano y nuestra formación académica, por ejemplo). ¿Cómo hacer para que los conocimientos de nuestros pueblos no estén condicionados o subordinados por estos marcos conceptuales? ¿Cómo le hacemos para que los conceptos que analicemos no se tergiversen sus significados? La respuesta constituye un gran reto porque no hay recetas para hacer esto. No obstante, existen varios trabajos de intelectuales de pueblos originarios de Chiapas, Colombia, del país Mapuche, Guatemala, África, Nueva Zelanda, entre otros, que están creando o intentando romper con estos esquemas para dar cuenta de la profundidad de filosofías que existe en nuestros idiomas propios partiendo desde la cultura propia. Para mencionar solo dos casos, referimos el trabajo del intelectual maya tsotsil Manuel Bolom Palé (2012) quien al reflexionar sobre la categoría t’ujum (belleza) presente en la cultura e idioma tsotsil, encuentra que la belleza está en función de la abundancia (de los alimentos) y correlacionada con la vida, los olores (xjik’et smuil: su olor, su fragancia), los sabores, la música, el saber hablar bien (t’ujum chk’opoj: habla hermoso), con los rezos, los valores comunitarios, la fertilidad (de la mujer y de la tierra), el sonido del agua, la semilla, entre otros aspectos. La belleza tiene que ver con el trabajo, el bordado, el tejido y la elaboración de un discurso. En este sentido, la belleza no es solo contemplación de un objeto, sino parte de un estar y actuar en la sociedad.
Por su parte, el intelectual maya tseltal Juan López Intzín (2014, 2015), partiendo desde el sentir pensar y sentir saber profundo de su cultura, plantea que la categoría de ch’ulel no sólo puede entenderse como la parte anímica como muchos lo hacen puesto que tiene otras dimensiones, como conciencia, es decir el proceso de despertar la memoria de quiénes somos y de nuestras raíces (sutesel o’tanil). Asimismo, el ch’ulel es el principio del ich’el ta muk’ porque implica reconocer que todo lo que existe (vegetales, minerales, animales y ser humano) tiene una esencia, potencia, espíritu y fuerza que los hace ser lo que son. Esto se diferencia del pensamiento occidental positivista que ha clasificado a los seres en animados e inanimados.
Darnos cuenta de estas lógicas otras de sentir-vivir-pensar-forjar el mundo es posible (y necesario) indagando desde del idioma y cultura propia, por supuesto en diálogo con las otras maneras comprender lo que nos rodea. Una justicia cognitiva de los pueblos implica reconocer estos conocimientos y filosofías presentes en sus idiomas y prácticas cotidianas.