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Resumen de ponencia
¿Cuánta igualdad soportan nuestras sociedades latinoamericanas?

Grupo de Trabajo CLACSO: Esquemas de bienestar en el siglo XXI

*Analía Mara Minteguiaga
*René Ramírez



En los primeros tres lustros del siglo XXI se evidenciaron en varios países de América Latina esfuerzos estatales que tuvieron como objetivo mejorar los existentes esquemas de protección social y de bienestar de la población. Especialmente apuntaron a disminuir las distancias socioeconómicas ahondadas como consecuencia de la puesta en marcha del modelo neoliberal; modelo que asumió modalidades extremas en la región y que tuvo impactos gravosos en términos de profundización de la desigualdad, aumento de la precariedad laboral, de la pobreza, la indigencia, entre otros negativos efectos.

Básicamente esos esfuerzos que buscaron la expansión de las protecciones y de los derechos sociales involucraron complejos procesos de movilidad social, de (re) incorporación social y política de amplios sectores populares y de extensión de las clases medias. Sin embargo, y esto es lo que pasó desapercibido por buena parte de la dirigencia política y de reflexión académica, estas dinámicas expansivas tuvieron consecuencias no pensadas y no deseadas. Se trató de un efecto paradojal y completamente imperceptible desde el consenso técnico y político que se conformó en defensa de intervenciones estatales consideradas per se progresistas y emancipadoras: la mayor igualdad material vino de la mano de procesos desigualadores subjetivos, construyendo las condiciones para deslegitimar muchas políticas redistributivas que permitieron la mejora del bienestar objetivo.

Estos efectos desigualadores nos hablaron de procesos eminentemente relacionales, de nuevas configuraciones de vínculos entre sectores/grupos/clases sociales y, en este sentido, de novedosas ordenaciones entre ellos. No se trató de dinámicas individuales sino de relaciones entre personas que posibilitaron la emergencia de diversas modalidades de distinción, jerarquías y desigualdades que involucraron aspectos materiales y simbólicos. Como diría Rea Campos ¿qué sucede “cuando la otredad se iguala” (2015)? Los procesos de movilidad social ascendente entrañan la aparición de dinámicas que buscan reestablecer órdenes en contextos cambiantes, contextos que se perciben como “caóticos” y hasta “injustos”. Bajo múltiples figuras: el “marginado” u “outsider” (Elías y Scotson, 2016); el “extranjero” (Simmel, 2012; Cacciari, 1996); el “forastero” (Schütz, 2012), el “cholo” o el “indio” (Rea Campos, 2015), se empiezan a constituir inesperadas distancias y separaciones. En definitiva se trata de un “otro” que pretende convivir y cohabitar espacios que antes no le pertenecían. No le eran propios. Su ajenidad hace aparición justamente porque nos hemos encontrado en algún punto, porque aparece en el horizonte de nuestra existencia. Es en el contacto con ese “otro” en donde surgen los elementos que lo definen como alguien que no pertenece a “nuestro” círculo, sus cualidades no provienen de éste. Lo definitivo es su posición paradojal, la proximidad y lejanía irresoluble de su condición.

Ahora bien, en sociedades que ya registraban altos niveles de desigualdad y en donde operaban diversas justificaciones para estas distancias, los procesos de incorporación social los realimentaron. No se trató de procesos que se aplicaron sobre tabulas rasas, sino que lo hicieron sobre escenarios sociales ya altamente estratificados y divididos.

En este marco emerge el cuestionamiento a la igualdad como principio de justicia y la re-instalación de otros, ahora resignificados y que empiezan a funcionar en “esferas” antes insospechadas (Elster, 1998; Dieterlen, 1997). Así, reaparece con fuerza la "meritocracia" como principio preminente de justicia y de organización de la vida social, re-definido bajo las ideas de: a) igualdad de oportunidades (igualdad de condiciones más no igualdad de resultados) (Dubet, 2012; 2011); b) merecimiento (dar a aquellos que realmente “se lo merecen”; c) acicate para reducir excesos de dependencia hacia el Estado (autonomía individual); y, d) reforzamiento de la responsabilidad individual en cualquier construcción de bienestar colectivo (no hay destino común y compartido, nuestro futuro no está vinculado al de los demás y nadie debe aceptar ningún sacrificio para sostener la vida de los otros) (Minteguiaga y Ramírez, 2007). De esta forma surge una segunda paradoja: la igualdad material que fomenta la cohesión social termina reforzando un espíritu individualista propio de la ideología y del sistema capitalista.

Estas dinámicas nos hablan en definitiva de aquello que ha permanecido inalterado en nuestras sociedades. No podemos olvidar que el proyecto societario neoliberal se montó sobre una crítica lapidaria al igualitarismo que suponía el Estado de bienestar o los Estados proto bienestaristas que se instauraron en nuestras latitudes. Se trata del sustrato político-cultural o ideológico de este proyecto de sociedad. En esto el neoliberalismo ganó todas las batallas. Como diría Francois Dubet pareciera que la desigualdad logró constituirse en una “elección” por la que siguen optando nuestras sociedades; no “solo somos víctimas de las desigualdades, somos también sus actores” (2016). El legado del neoliberalismo no son sólo los Estados neoliberales, las privatizaciones, las desregulaciones o la política de liberalización de los mercados. En realidad su más potente herencia es el anti-igualitarismo. De esta forma, surge una tercera paradoja: la reivindicación de que la desigualdad es justa en clases sociales favorecidas por la reducción de la desigualdad. Por ello, más que preguntarnos por cuánta desigualdad toleran nuestras comunidades, debemos empezar a interrogarnos por cuánta igualdad soportan; porque más allá de lo que se considere “políticamente correcto” (lugar, sin duda, en el que podemos sentirnos muy cómodos) hay que empezar a preguntarse por dónde pasan las reales opciones de nuestros conciudadanos y a partir de éstas ver cómo hacer para construir otras más democráticamente inclusivas.

En este marco se analizará lo sucedido en el Ecuador de la Revolución Ciudadana (2007-2017) explicando esos efectos no deseados de políticas que apuntaron a reducir las divisiones de clase existentes y ampliar el bienestar de la población. Una mirada que busca deliberadamente y sin falsas neutralidades identificar caminos concretos para construir modelos alternativos de sociedad en nuestra Latinoamérica.


Bibliografía citada:

Cacciari, Massimo (1996). “La paradoja del extranjero”. En Archipiélagos. Cuadernos de Critica de la Cultura, Nro. 26-27.
Dieterlen, Paulette (comp.) (1997). Justicia global y local. México: Coordinación General de Estudios de Posgrado, UNAM.
Dubet, François (2011). Repensar la justicia social. Contra el mito de la igualdad de oportunidades. Siglo XXI: Buenos Aires.
Dubet, Francois (2012). “Los límites de la igualdad de oportunidades”. Revista Nueva Sociedad, N° 239. Pp. 42-50.
Dubet, François (2016). ¿Por qué preferimos la desigualdad? (Aunque digamos lo contrario). Siglo XXI: Buenos Aires.
Elias, Norbert y Scotson, John L. (2016). Establecidos y marginados. Una investigación sociológica sobre problemas comunitarios. México: Fondo de Cultura Económica.
Elster, Jon (1998). Justicia Local. De qué modo las instituciones distribuyen bienes escasos y cargas necesarias. Gedisa: Barcelona.
Minteguiaga, Analía y Ramírez, René (2007). “¿Queremos vivir juntos?: entre la equidad y la igualdad”. En Ecuador Debate. Nro. 70. Pp. 107-128.
Rea Campos, Carmen (2015). Cuando la otredad se iguala. Racismo y cambio estructural en Oruro-Bolivia. México: COLMEX.
Shütz, Alfred (2012). “El Forastero. Ensayo de psicología social”. En Simmel, George El Extranjero. Sociología del extraño. Madrid: Sequitur.
Simmel, George (2012). “El Extranjero”. En Simmel, George El Extranjero. Sociología del extraño. Madrid: Sequitur.




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* Minteguiaga
Altos Estudios Nacionales (IAEN). Quito, Ecuador

* Ramírez
Universidad de Coimbra. Quito, Ecuador