Esta ponencia forma parte de un proyecto de investigación sobre alternativas económicas en América Latina, que parte de los aprendizajes y debates surgidos de 8 experiencias prácticas. Resumimos aquí el marco teórico utilizado para dibujar los contornos de lo que entendemos por alternativas económicas emancipadoras (proyectos económicos autogestionados, construidos desde la base, vinculados al ámbito local y con sustrato anticapitalista y feminista) y las dimensiones de análisis que se derivan.
Al mismo tiempo, presentamos las reflexiones seguidas a partir del estudio de caso de una cooperativa de trabajadores de la economía popular de la rama agropecuaria, que organiza alrededor de 20 personas de 3 comunidades de la zona serrana de la provincia de Córdoba, Argentina.
La Cooperativa de Trabajadores se conformó hace alrededor de 8 años, por iniciativa de un grupo de jóvenes con deseos de trabajo territorial con las familias de lugar, y que inició con conocerse y reunirse con las comunidades. La primer actividad, y que sería el centro y pivot de la organización, fue una escuela de alfabetización para adultos a partir de la pedagogía popular. Esto catalizaría la forma de actuar de la organización: democracia directa, poder popular, anticapitalismo, antipatriarcado, anticolonial. El espacio de la “Escuelita” permitió el acercamiento entre el grupo de jóvenes y la comunidad, y a partir de allí comenzaron a surgir las diferentes actividades que hoy caracterizan a esta organización. Algunas de ellas son la formación comunitaria, las iniciativas de producción como el criadero de gallinas, las huertas comunitarias o la compra colectiva de granos.
Referentes teóricos y dimensiones de análisis
Una primer punto de partida es la idea de la “otra economía” (Cattani, 2004), que aboga por la “democracia económica”, horizonte antagónico con la civilización del capital. En esta línea, coincidimos con Miguel Mazzeo (en Seguel, 2015: 4-5) quien afirma que “es imposible elaborar un pensamiento emancipador sin el marxismo”, pero a su vez, este pensamiento emancipador “debe exceder al marxismo, debe ponerlo a dialogar con otras tradiciones”. En este sentido, es importante reconocer, también, “los importantes aportes anarquistas a la idea y a la práctica de la autogestión” (Ruggeri, 2011: 62).
Más recientemente, encontramos la propuesta de la “economía solidaria”, “un proyecto de acción colectiva” que pretende “construir un sistema económico alternativo” al capitalismo, en el que los y las trabajadoras se relacionan bajo los principios de complementariedad, cooperación y autogestión, respetando la naturaleza (Coraggio, 2016: 19).
Así como otras agendas alternativas como la economía feminista, que ha puesto de manifiesto la dependencia del sistema capitalista respecto al “trabajo no asalariado desarrollado desde los hogares” y ha desarrollado la propuesta alternativa de la “sostenibilidad de la vida” (Carrasco, 2014: 34, 37); y las corrientes ecologistas, que abogan por buscar un “decrecimiento de la esfera material” (Herrero, 2013: 299). Por último también recuperamos los aportes de los pueblos originarios de América Latina, especialmente el ‘Sumak Kawsay’ (quechua) o ‘Suma Qamaña’ (aymara) de los pueblos andinos.
Dimensiones de análisis
A partir de los referentes teóricos expuestos, hemos construido las siguientes dimensiones generales.
• Modelo de gestión (del poder):
El modelo de gestión alude directamente a la distribución del poder dentro de la organización, para estudiar cómo se lleva a la práctica el principio de la “gestión democrática” (García Jane, 2012: 10). La organización estudiada toma sus decisiones a través de la realización de asambleas periódicas, y por consenso. Esto garantiza la democratización en la información y la participación de los y las integrantes en las decisiones, como por ejemplo definen las condiciones laborales, la conciliación entre la vida laboral y personal, el destino de los excedentes, con qué organizaciones cooperar, etc. Tienen un modelo organizativo que les permite identificar responsables de áreas individuales o por parejas con el objetivo de generar relaciones igualitarias, respetando la diversidad, favoreciendo el asociacionismo y unas relaciones sociales “más solidarias”.
El reconocimiento de la forma “legal” de la organización aún no está implementada y por el momento la producción se realiza bajo una pluralidad de formas de propiedad. Los y las trabajadoras se relacionan bajo los principios de confianza, complementariedad, cooperación y autogestión.
• Lo “productivo y lo “reproductivo”
La segunda dimensión pretende articular, a partir de la reflexión feminista, el análisis del espacio productivo (tradicional) con el reproductivo. Reflexionamos en torno a qué se debería producir y en qué condiciones, qué impactos ambientales debería evitar o minimizar nuestra producción y qué trabajos ‘reproductivos’ (cuidados, etc.) que sostienen esa producción hay que visibilizar.
La organización que analizamos considera todos los aspectos de la vida humana como parte de este proyecto colectivo. De esta manera, no sólo ponderan el trabajo productivo, sino también valoran la participación en actividades que no se ponderan económicamente, pero que hacen a la cultura colectiva del grupo, como las capacitaciones. Algo que la organización viene discutiendo se relaciona con dos principios básicos del feminismo: una, la idea de la interdependencia (también en términos afectivos); y, dos, que lo afectivo juega un papel clave en la sostenibilidad de la vida (en este caso del proyecto autogestionado). Además de disponer de herramientas para “conciliar la vida personal y laboral” (REAS, 2016: 11), por lo que el cuidado de los niños y niñas también es parte de la forma organizativa de este proyecto.
Aemás, realizan una gestión colectiva de los recursos que provienen del “salario social” aunque este sea asignado individualmente a las familias. Este recurso les ha permitido potencializarlos en organización, recursos para el trabajo y la subsistencia de las familias. Esta distribución garantiza “las necesidades de todas y todos” y en el intercambio entre personas predomina “la reciprocidad sobre la competencia”.
• Articulación y cooperación con otras experiencias
La tercera dimensión pretende evaluar el grado de articulación y cooperación que el proyecto autogestionado tiene con otros proyectos de economía solidaria y autogestionada, el compromiso con el entorno y la articulación a nivel meso y macro. La Cooperativa de Trabajadores ha impulsado talleres de formación y capacitación con organizaciones de la zona, de la Universidad y con otras organizaciones populares. Esta apertura se identifica también en el apoyo a otros emprendimientos productivos para comprar y vender sus producciones, en asistir a la feria del “pueblo” donde otros pequeños productores (individuales y colectivos) ofrecen sus producciones, pero rescatan especialmente la venta de huevos a los comedores de los colegios del lugar que les ha permitido también iniciar una discusión sobre soberanía alimentaria dentro de las aulas y junto con los hijos e hijas de los miembros de la organización.
A nivel local, han articulado reclamos puesto que no solo es una propuesta económica, sino también política y cultural. La participación en acciones colectivas como las marchas “Ni Una Menos”, por la memoria del 24 de marzo, contra los “tarifazos”, en reclamo de mejores condiciones para los y las trabajadores de la economía popular, la campaña de la “Digna Educación”, entre otras, son parte de la convicción que otra forma económica es también parte de un proyecto más amplio.
• Modelo de relación con las instituciones públicas
La última gran dimensión de análisis aborda un tema que siempre genera importantes polémicas: la relación a establecer con las instituciones públicas. En este aspecto, REAS (2011:67) plantea que “la clave en todas las vinculaciones es no perder autonomía de decisión [ni económica], ni aceptar en sus acuerdos de trabajo criterios que sean incompatibles con sus principios”. La Cooperativa ha tomado como decisión el democratizar los recursos del Estado, por lo que, en función de sus necesidades, articulan con diferentes áreas para: gozar del monotributo social; pedir financiamiento a proyectos colectivos como para la conformación de la forrajería, o los pollos (que provienen del INTA) para el emprendimiento avícola. Como señalábamos, esto no ha afectado su autonomía pero les ha permitido potenciar a la organización en cuanto a la gestión de recursos.
Conclusiones
Presentamos algunas de las conclusiones preliminares que se derivan del análisis de la experiencia presentada en base a las cuatro dimensiones de análisis. En primer lugar, podemos decir que el caso estudiado es un buen ejemplo de gestión democrática, lo que se demuestra, especialmente, en todo su proceso de construcción, en el que han optado por la educación popular como una de sus señas de identidad.
Al mismo tiempo, es un ejemplo innovador en el campo de la conciliación de lo productivo y reproductivo, tanto por las prácticas como por las reflexiones generadas entorno a ello. En la dimensión de la articulación, destaca su vocación de trabajar “hacia fuera”; así como, en la relación con el Estado, su reconocimiento de la necesidad de la institución para el desarrollo de la Economía popular, aún sin perder su independencia y capacidad de confrontación.
Por otra parte, queda pendiente profundizar en el estudio del caso, para rescatar nuevos aprendizajes sobre cómo resuelven otras tensiones, como es la cuestión de la escala o la divergencia entre la forma legal y la real; así como para comprender el horizonte político que se plantean y los resultados de su apuesta por la educación popular.