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Resumen de ponencia
“La raza se hereda, la etnia se elige”

*Guadalupe Román



Abrir el debate hacia otras formas del conocer(nos)
Estamos atravesando en nuestra región y en el mundo, un contexto histórico-social complejo que pese a las transformaciones del siglo XX y los avances académicos e historiográficos sobre las categorías de “raza”, “etnia” que parecían estar superados en ciertos ámbitos, hoy vuelven a tomar entidad y con más fuerza frente al avance de un lenguaje conservador, eurocéntrico que viene a propagarse desde los centros de dominio, Estados Unidos y Europa Occidental, para reforzarla colonialidad del poder –definida por Aníbal Quijano- y así fracturar aquellas aspiraciones y proyectos alternativos, algunos decoloniales, que surgieron en las últimas décadas. Esto nos plantea ahondar el análisis y las reflexiones, así como también retomar los “viejos” debates y pensar nuevos interrogantes acerca del ser, el estar y los otros.
Por ello, sostenemos que una de las instituciones donde estos debates siguen anclados a la estructura racista y patriarcal surgida a partir de la construcción del Estado nacional a fines del siglo XIX en Argentina, es la escuela. El pensamiento imperante de esa época basado en la dicotomía “civilización o barbarie” se constituyó en el proyecto hegemónico y definió una identidad nacional alejada del mestizaje cultural característico de nuestro país y de la región, donde coexistían una heterogeneidad de etnias, culturas y colores.
En este sentido, nos proponemos indagar en un primer momento, el proceso en el que este pensamiento colonialista configuró un discurso único y lineal, que al mismo tiempo, buscó forjar una idea de un nosotros blanco, occidental, clasista, cristiano; que se tradujo en nuestro sistema educativo argentino. Por otro lado, en segundo lugar, a pesar de que en los últimos años en América Latina asistimos al advenimiento de un pensamiento emancipatorio y crítico, que acompañó los procesos de gobiernos de signo progresista y que permitió que desde diferentes lugares del planeta observen las transformaciones de nuestro territorio; no sólo en lo discursivo sino también en la práctica, la escuela no se ha emancipado, ni transformado; por el contrario, sigue anclada a los principios discursivos e ideológicos de fines siglo XIX. Por ello, para reflexionar qué tipo de ciudadanos anhelamos que surjan desde ésta institución, es que vamos a tomar los principales aportes de dos filósofos influyentes del siglo XX, Rodolfo Kuschy Kwame Anthony Appiah quienes reflexionaron acerca del ser y el estar, desde diferentes puntos geográficos, experiencias, historias.
Por último, en la tercera parte de este trabajo se desarrollara una vía de acción pedagógica pensada centralmente para implementar en las escuelas públicas de Argentina, pero que podría ampliarse a nuestra América Latina; de modo de que el pensamiento colonialista también imperante en las instituciones educativas comience a resquebrajarse en pos de una sociedad más pluralista e igualitaria.
La conformación de una identidad monocultural
La consolidación del Estado nacional a fines del siglo XIX en Argentina fue posible gracias a un ideario que imperó desde el siglo XV en nuestro continente. La colonialidad del poder, como la denomina Aníbal Quijano, posibilitó y aseguró que un grupo social, en este caso, las elites criollas, ejercieran la dominación en todos los niveles; social, económico, cultural; sobre los otros sectores de la sociedad, “indios”, “negros”, “mestizos”. Las elites, gracias a la inserción de América Latina al mercado mundial capitalista como productora de bienes primarios, vieron acrecentar sus fortunas a través del modelo agroexportadora fines del siglo XIX. Esta “supremacía” económica les permitió legitimar esta diferenciación social fundamentalmente apoyada en esquemas racistas y patriarcales. Este pensamiento colonialista no sólo se instaló en este contexto sino que data de una larga tradición histórica, es a partir de la llegada de los europeos a América a fines del siglo XV cuando en nuestro territorio se establece una nueva identidad basada, sobre todo, en la idea de “raza”. Desde este momento, América Latina se configuró como un espacio atravesado por las relaciones coloniales de poder, y desde allí, se ejerció la dominación en todos los ámbitos y esferas de esta nueva sociedad. Los otros que no pertenecían a los estratos más altos, los europeos, pasaron a ser consideradores inferiores, hasta el punto de dudar si tenían “alma” y por ende, si podían denominarse humanos. Aníbal Quijano señala al respecto, “Como los vencedores fueron adquiriendo durante la Colonia la identidad de ´europeos´ y ´blancos´, las otras identidades fueron asociadas también ante todo al color de la piel, “negros”, “indios” y “mestizos”. Pero en esas nuevas identidades quedó fijada, igualmente, la idea de su desigualdad, concretamente inferioridad, cultural, si se quiere “étnica” (QUIJANO, 2014, p.759). El colonialismo naciente en este contexto definió el lugar que cada uno ocupaba en la sociedad. Y a partir de allí, Quijano señala, “La «superioridad racial» de los «europeos» fue admitida como «natural» entre todos los integrantes del poder. Porque el poder se elaboró también como una colonización del imaginario, los dominados no siempre pudieron defenderse con éxito de ser llevados a mirarse con el ojo del dominador” (QUIJANO, 2014, p.760).
Este esquema de pensamiento, a pesar de la ruptura colonial y del proceso independententista de principios del siglo XIX, no pudo desarticularse y requebrajarse a pesar de que varones y mujeres, como José Gervasio de Artigas, José de San Martin, Juana Azurduy, María Remedios del Valle; levantaran las banderas de “libertad” e “igualdad” y propusieran otros proyectos alternativos de sociedad; la retórica de la modernidad, como mencionan los autores del pensamiento decolonial, se consolidó con la formación de los Estados nacionales. Como se mencionó anteriormente, las elites forjaron una nueva nación que coincidía con el imaginario social fundado por los conquistadores, en este sentido, los sectores marginados como los fueron los indígenas y los afroamericanos pasaron a convertirse en ciudadanos argentinos, pero al igual que durante la etapa colonial, quedaron en una situación diferencial con respecto a los grupos dominantes. Como consecuencia, se convirtieron en clase subalterna de una nación que pretendía ser homogénea. En palabras de Walter Mignolo: “El estado moderno- europeo es una etno-clase: la emergente burguesía blanco- europea, cristiana, en sus variadas gamas (…) En consecuencia, el estado se corresponde con una nación y esa nación es la etno-clase blanca, cristiana, europea, burguesa. De tal modo que el estado le pertenece a una nación y deja afuera y en silencio a otras naciones (…)” y continúa agregando, “El estado- nación moderno y europeo, (…) es fundamentalmente monocultural”. (MIGNOLO, 2014, p.124). El Estado nacional argentino reforzó esta imagen en esta nueva nación, que debía erigirse blanca, occidental, moderna, clasista; por lo tanto, la idea de superioridad a partir del pensamiento eurocentrista cobra el mismo sentido que el de sus inicios: “civilizar” y dominar a los inferiores, los primitivos, bárbaros, incultos. De esta manera, la colonialidad del poder pretendió la desintegración de los pueblos que no se adaptaban a esta imagen, reduciéndolos a la pobreza y a la marginación; y al mismo tiempo, al olvido y al silencio.
Como veníamos señalando, las elites criollas necesitaron forjar una idea de un nosotros, de una patria y de un pasado -único, lineal- que habría llevado a ese presente casi determinado de antemano, como si todos hubieran sabido que la historia iba a finalizar en la construcción de los estados- nacionales. Los indígenas y afroamericanos se convirtieron en ciudadanos argentinos, y en consecuencia, de acuerdo a su situación con respecto a los grupos dominantes pasaron a quedar vinculados a categorías como marginación y pobreza; de este modo, se convirtieron en clase subalterna de una nación que pretendía ser homogénea. El efecto de ésta política fue el silencio, la reducción de estas minorías segregadas, y la subordinación de su pensamiento a la lógica de la colonialidad del poder.
La escuela argentina, un proyecto modernizador
Una de las pensadoras más influyentes de nuestro tiempo sobre la postura decolonial es Zulma Palermo. En consonancia con lo expuesto hasta el momento, sostiene en cuanto a la conformación del Estado nacional argentino: “Asumiéndose a sí misma como la más europea de las naciones en formación, convicción consolidada y sostenida por los proyectos de «blanqueamiento» de su población con las sucesivas campañas de «erradicación» de indígenas y de negros y la inmigración masiva de población europea, el pensamiento nacional que recoge la «historia oficial», no muestra en la construcción de su perfil resquebrajaduras (…) Sostenida por los sucesivos proyectos de nación, esa construcción se mantuvo inalterada por las instituciones del Estado: la educativa como su tronco principal” (PALERMO, 2010, p.35). La escuela se convirtió en el instrumento ideológico para crear esa nación blanca, occidental, homogénea y, a su vez, se utilizó como carácter doctrinal para fortalecer los Estados Nacionales a través de los ritos y símbolos de la nueva nación y por medio de las efemérides escolares. Crear la escuela se tornaba necesario, no sólo para asegurar la dominación económica, social y cultural de un grupo sobre otro sino también porque ésta institución buscaba formar patriotas que se encarguen de defender la reciente nación. El Estado a través de la enseñanza de la historia pretendió y logró con éxito, forjar un ideario común a través de la educación patriótica en el cual se privilegiaban hechos y acontecimientos del pasado, por lo general, esos sucesos eran batallas y hazañas “inspiradas” por “héroes” o “próceres”; siempre los que se convertían en protagonistas de la historia eran varones, de manera qu




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* Román
Casa de la Cultura Indo-afro-americana "Mario Luis López" CCIAA. Santa Fe, Argentina