En una sociedad que aspire al desarrollo de relaciones socialistas de producción resulta consustancial asegurar la participación consciente de la población en el proceso de toma de decisiones, lo que deviene un elemento clave para la legitimación del sistema.
No obstante, la experiencia histórica del llamado socialismo real mostró que esa participación no constituyó un elemento esencial en esas sociedades. Fue precisamente el establecimiento de un sistema de dirección, donde todas las decisiones fundamentales se tomaban centralizadamente por un aparato burocrático al margen de la participación popular, lo que engendró el aislamiento de los dirigentes en relación al pueblo, lo que –además- contribuyó decisivamente a que los miembros de la sociedad no se identificaran con los objetivos de la sociedad socialista y se manifestaran indiferentes ante la defensa de sus valores cuando los mismos fueron cuestionados.
La experiencia histórica de diversos procesos revolucionarios que tuvieron lugar durante el pasado siglo, mostró también que esa participación no se produce automáticamente a partir de la existencia de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción. Es preciso crear una serie de valores que nutran la consciencia social para que la población asimile su condición de copropietaria de los medios de producción y reconozca el derecho que le asiste para la toma de decisiones, en medio de un ambiente de solidaridad y justicia social. Este no es un proceso sencillo ni rápido, pues debe enfrentar la posición individualista se encuentra en la actuación de los actores sociales bajo el capitalismo.
Por otro lado, compatibilizar las aspiraciones y deseos de avanzar de cada individuo con los intereses de la comunidad constituye un proceso de alta complejidad, donde las acciones en el ámbito de la política, la economía y lo social deben alcanzar un elevado nivel de profundidad y coherencia para forjar un consenso que permita el apoyo de la población a su Revolución.
II
La experiencia de la Revolución cubana en este campo resulta relevante por su originalidad y eficiencia política.
En efecto, la constante consulta popular en el ejercicio del poder ha sido un elemento esencial para comprender la identificación lograda entre los intereses individuales y colectivos en la forja de un consenso de apoyo a las medidas aplicadas en Cuba a partir de 1959.
En este proceso fue central la figura de Fidel Castro y los principios por él aplicados para lograr la identificación entre dirigentes y dirigidos.
Los métodos utilizados, desde la consulta a través de concentraciones populares en los años 60 y 70, hasta las Marchas del Pueblo Combatiente en los años 2000, son un ejemplo de pedagogía revolucionaria, forja de valores y respeto a la voluntad popular, a lo que se unieron consultas plebiscitarias de leyes y documentos programáticos, que se estructuraron institucionalmente de forma muy flexible a través del Estado cubano.
Precisamente muchos éxitos se lograron a partir de una organización que –combinando lo estatal con la sociedad civil- recurrió en diversas ocasiones a estructuras de dirección paralelas bajo principios de mando centralizado en pos de determinados objetivos sociopolíticos. Así se desarrollaron los Planes Especiales en los años 60 y la Batalla de Ideas en los años 2000.
Finalmente, a partir del 2009 se ha tratado de perfeccionar la institucionalización del Estado cubano, utilizando otros métodos y principios para su gestión.
En tal sentido, resulta de mucha utilidad realizar un balance de las diferentes etapas de la dirección socialista en la sociedad cubana para extraer las mejores experiencias y aprender también de los errores cometidos en los procesos de participación popular para la toma de decisiones.
En tal sentido, resulta de mucha utilidad realizar un balance de las diferentes etapas de la dirección socialista en la sociedad cubana para extraer las mejores experiencias y aprender también de los errores cometidos en los procesos de participación popular para la toma de decisiones.