La idea de la dimensión cultural y las artes como un ámbito privilegiado de memoria y construcción de paz es un tema reiterado en las políticas culturales y la estética filosófica. Constituye un tema relevante en la antigüedad clásica y se mantiene como eje central en la historia del arte occidental. Desde Platón y Aristóteles el asunto del valor educativo del arte es subrayado y reconocido como uno de los problemas más complejos de la reflexión filosófica. En el Libro X de La República de Platón, son expulsados de la organización política un conjunto de poetas imitativos que, para este pensador, rinden culto a la condición “aparente” de la realidad y engendran una “dañina constitución privada”. La Poética de Aristóteles reivindica la experiencia estética de la tragedia griega porque logra encaminar al ser humano hacia la eutymia, un estado de ánimo que armoniza las virtudes (areté) y la felicidad (eudaimonia), como también posibilita la cartarsis (purificación emocional, corporal y espiritual). La persistencia y agravamiento de las guerras y las violencias en el mundo actual ha exigido el retorno a esta importante problemática. En 1998, la Organización de Naciones Unidas declararon el periodo 2001-2010, como el “decenio Internacional de una cultura de paz y no violencia contra los niños del mundo”, y el año 2000, como el “Año Internacional de la Cultura de Paz”.
En Colombia la persistencia de un largo conflicto armado interno que puede abarcar su historia republicana o casi la totalidad del siglo XX ha acentuado la preocupación de múltiples caminos para la paz y la reconciliación. Constituye el conflicto armado interno más extenso en el tiempo del hemisferio occidental. Luego de tres décadas de búsqueda de su terminación, un plebiscito popular en que fue derrotado, la existencia de otros grupos insurgentes, el 24 de noviembre de 2016, se logró la firma de un acuerdo entre el gobierno y la insurgencia de las FARC. Las dificultades de su implementación y el reciente cambio de gobierno hacia posiciones de extrema derecha han incrementado las dudas sobre su futuro. El Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, quién hace un seguimiento periódico al estado efectivo de la implementación del Acuerdo, en su Informe 2 que evalúa el proceso de diciembre de 2016 a mayo del 2018, llama la atención sobre tres áreas críticas que son determinantes para el progreso del Acuerdo: a. Garantías de seguridad y protección comunitaria; b. Ritmo lento en el proceso de reincorporación política, económica y social de los excombatientes; c. Escasos desarrollos normativos para la calidad de la participación y los procesos democráticos. La afirmación conclusiva más preocupante del Informe es: “Esto no significa que el éxito esté garantizado o que el riesgo de retornar al conflicto armado haya desaparecido. Por el contrario, como lo indica nuestro Informe, existen muchos problemas e incertidumbre en el proceso de implementación, algunos de los cuales representan un riesgo para la sostenibilidad de la paz. En el presente, la falta de garantías de seguridad y las demoras en el proceso de reincorporación son particularmente preocupantes. A largo plazo, el avance lento en la implementación de la reforma rural integral y la sustitución de cultivos podría socavar el logro de una paz estable y duradera” (p.73).
Las legítimas preocupaciones sobre el destino del Acuerdo y la persistencia de múltiples violencias en Colombia han vuelto a otorgar al arte y las culturas una condición importante para el posible afianzamiento de la memoria y la paz estable. Tanto la investigación académica como la formulación de políticas culturales han construido diversos significados para la construcción de paz desde el campo cultural. Encontramos sentidos teóricos profundos en la investigación académica. Son destacables las ideas de Arturo Escobar, quién sostiene que la contribución de la dimensión cultural a la paz es estudiar los procesos históricos a través de los cuales se constituyeron los regímenes de representación violentos y las alternativas hacia sistemas no violentos. Para Jesús Martín-Barbero el sentido del campo cultural es construir narrativas que den cuenta de la presencia e interacción de diversos lenguajes y relatos. Alonso Salazar sostiene que la cultura apoya la paz por su contribución a reconstruir el tejido social de lo público. Mientras que Eduardo Restrepo resalta como la cultura busca abrir espacios concretos para la experiencia colectiva del duelo y el sufrimiento. Las posturas de Ana María Ochoa apuntan a destacar que los escenarios culturales siempre cuestionan las lógicas del miedo, la desconfianza y la venganza en las situaciones de la vida cotidiana.
En las políticas culturales públicas institucionales, en las últimas de décadas, en el contexto colombiano se han acentuado tres finalidades relativas a la construcción de paz: a. La cultura aporta a la paz como espacio de participación que transforma la historia de exclusiones al crear derechos sociales y culturales que incrementan la inclusión y los derechos colectivos; b. La cultura contiene la posibilidad de reconstruir el tejido social destruido; c. La dimensión cultural actualmente actúa como un efecto terapéutico para mitigar el miedo y el terror en aquellos territorios donde domina la violencia.
En una entrevista concedida al diario El Espectador, en mayo de 2010, la artista colombiana Doris Salcedo, quién actualmente ejecuta una obra con las armas dejadas por la FARC, evocaba en tono benjaminiano que el arte es “el contrapeso a la barbarie” y ratificaba: “quiere decir que estamos contando la historia de los vencidos. La historia siempre la cuentan los triunfadores y aquí tenemos una perspectiva invertida: no tenemos ni arcos de triunfo, no columnas de Nelson, ni obeliscos, tenemos ruinas de la guerra y de nuestra historia. Eso nos lleva a trabajar una obra que articule la historia de los derrotados”. Si el arte logra ser contrapeso a la barbarie es por su capacidad de producir narraciones y testimonios de aquellos que nunca han tenido voz en la escritura de la historia.
Los días precedentes al cambio de gobierno se realizó en Bogotá una Cumbre Nacional de Arte y Cultura por la paz, la reconciliación y la convivencia (agosto 2018), donde cerca de cincuenta procesos territoriales de prácticas artísticas expusieron sus obras de resistencia. Desde las regiones más apartadas de la geografía y donde la crudeza del conflicto no desaparece, las prácticas estéticas son un espacio para la memoria, la resistencia y la creatividad.
Se trata de la constatación de importantes virtudes y potencialidades de las artes y las culturas en un largo y complejo proceso de construcción de paz en Colombia. La primera virtud es la capacidad cultural de cuestionar los imaginarios dominantes de paz, guerra, conflicto y violencia, en cada sociedad concreta. La segunda potencialidad es la apertura a otros caminos no violentos para tramitar y movilizar la conflictividad humana. La tercera virtud la conforma el gran valor existencial de los proyectos estético-culturales para la catarsis de las emociones, el reencuentro con las sensibilidades y el cuidado de las subjetividades. Una cuarta potencialidad es la potencia que contiene la cultura para transformar, reconstruir o dinamizar la dimensión de lo político. Y la quinta virtud es el reconocimiento que no existe ninguna construcción humana, como las artes y las culturas, que logre promover la participación colectiva, cuidar con esmero las diversidades, problematizar las identidades y potenciar la creatividad humana.
REFERENCIAS
Aristóteles. Poética. Madrid: Gredos, 1974.
Platón. Diálogos. Madrid: Gredos, 1984.
Benjamin, W. Tesis sobre de historia. México: Universidad Autónoma de México, 2008.
García Canclini, N. Políticas culturales en América Latina. México: Grijalbo, 1987.