La experiencia desde la cual situamos estas reflexiones se han generado en el marco de una intervención pedagógica a través del Seminario de Práctica Sociocomunitaria (“Des-tejiendo itinerarios de enseñanza en la escuela primaria: formas narrativas, textos visuales, mundos culturales”) que venimos desarrollando, desde el año 2015, entre la Facultad de Filosofía y Humanidades (UNC) y la escuela primaria Hugo Leonelli, ubicada en una barriada popular de la periferia de la ciudad de Córdoba.
Nuestra intención es resignificar la relación entre universidad-escuela pública y la comunidad territorial en la que se inscribe, en donde prácticas y problematizaciones sobre lo que acontece y lo posible se hacen cuerpo individual y colectivo. En este punto de reconocimiento mutuo, se torna necesario y estratégico construir puentes entre saberes que vinculen los debates académicos con experiencias comunitarias territoriales no sólo para dotar de sentido y acción política, pertinente y situada, a la producción de conocimiento, sino para que éste tenga utilidad en la producción y reproducción de la vida en contextos de resistencia y lucha. Es así como presentamos, a manera de aportes a las grandes discusiones colectivas, tematizaciones y preguntas elaboradas en este andar.
El recorrido de estos años nos ha permitido repensar las implicancias epistemológicas, éticas y políticas de los modos diversos de producción de conocimiento. Algunas de las preguntas que a modo de brújula y horizonte nos movilizan son: ¿Cómo generar diálogos de saberes entre actores que provienen de distintos ámbitos -universidades y de escuelas territorializadas en contextos urbanos populares- para construir conocimiento plural e integrador? ¿Estos intercambios habilitan miradas o modos de ver que nos hacen comunes? ¿Qué producen en común? ¿Cómo se (re)escribe una práctica cotidiana, en un diálogo horizontal con referentes teóricos? ¿Cómo se produce conocimiento con Otros?
El recorte que proponemos es un itinerario metodológico no lineal para plantear sentidos y prácticas, reales y posibles, que han habilitado el encuentro de saberes y recuperan el valor genésico del conocimiento “sentipensante”: “pensar sintiendo” la escuela, la gente, el territorio, la vida misma. En esta clave, la sensibilidad ha tomado un lugar protagónico como forma de conocimiento para comprender lo tácito.
Así, las formas narrativas han sido un espacio vital de construcción subjetiva individual y colectiva, siendo la literatura y las visualidades campos complementarios no sólo para reconocer otros mundos (miradas) sino para hacerse los mundos propios y posibles, junto a otros/as. En los encuentros entre la escuela y la universidad, se configura un espacio y un tiempo otro, donde el arte y la enseñanza, la literatura y las imágenes como saberes entrelazados, se han ido tejiendo en una experiencia de pensamiento apasionado, reflexivo y sensible, analítico y emocional. Una experiencia de lenguaje desde un “nosotros” inclusivo, en primera persona para un hacer común.
Desde este lugar/tiempo, se configuró una ecología de saberes, donde la pluralidad de miradas enriquecieron los sentidos transformadores acerca de los territorios en los que producimos la vida individual y colectiva (universidad-escuela-comunidad), de las resistencias necesarias, de las preocupaciones compartidas, de las prácticas humanizadoras y de los horizontes que nos hacen comunes. Los diálogos con la literatura y las imágenes funcionaron como un entramado de relatos que junto al registro fotográfico producido en el proceso, aportaron y pusieron en circulación otras miradas y repertorios visuales alternativos a los hegemónicos en torno a las escuelas de los márgenes, el barrio, las infancias y los saberes pedagógicos.
Estos espacios colectivos de encuentro y de reflexividad han permitido no sólo imaginar y re-inventar colectivamente la enseñanza, sino también habilitar una discusión pública acerca de cómo en el nivel local de las prácticas pedagógicas se juega también un proyecto político y un proyecto de infancia. Poner en debate la tensión -cada vez más preocupante- entre un modelo de educación como derecho humano versus la educación como mercancía, en un contexto socio-económico y político con claras expresiones neoliberales en el que también coexisten expresiones de vida, que en sus sentidos emancipadores, nos movilizan a no quedarnos en la impotencia y nos orientan a reconocer las líneas de fuga, los intersticios, las posibilidades que existen en los márgenes.
La experiencia compartida cristaliza que la necesidad de soñar y hacer un mundo otro, implica también imaginar y producir un conocimiento otro, en las universidades, en las escuelas (espacios públicos y centrales en la transmisión cultural), para entrelazar saberes y potenciar la creación viva que se genera en nuestro sur profundo.