Mientras que los marcos institucionales de los Estados nacionales, incluyendo las constituciones, se mantuvieron prácticamente sin cambios, las fronteras de los Estados-nación y la ciudadanía han sufrido grandes cambios. Entre los cambios más importantes destacamos el cruce de la frontera por una variedad de actores no estatales que, junto con flujos migratorios y movimientos transnacionales, han desafiado la percepción de una identidad nacional compartida como la piedra angular del demos.
Si la movilidad de las personas a través de las fronteras es una forma crucial de globalización, las migraciones son un elemento central del cambio social, político y cultural que se encuentra en marcha y lanza desafíos permanentes a las fronteras. En este contexto, la participación de los migrantes como un rasgo definitorio, desafía los límites de los estudios convencionales sobre migración y fronteras.
En la revisión de la literatura se reporta que las investigaciones que se han centrado en el estudio del proceso de cruce fronterizo, han destacado el papel activo de los migrantes en el proceso de toma de decisiones y en la organización de los cruces fronterizos frente a su estereotipo como actores pasivos del proceso. También ha subrayado la importancia de la familia y de las redes de parentesco en la facilitación de la migración a través del suministro de capital e información. Esta forma de capital social incluye el conocimiento adquirido a través de la experiencia reiterada de cruce, lo que explica los diferenciales del riesgo de detención y de muerte según procedencia. En este tipo de investigaciones también se subraya la importancia de lo que se ha denominado la “migración internacional autónoma”, es decir, aquellas formas de migración internacional que se producen al margen de las regulaciones estatales “Resistencia hormiga” (Spener, 2009, citados en López Sala, p. 337) y “Recursos de conocimiento” (Carlos Vélez, 1988, citado en López Sala, p. 337). En ellas, los sujetos y las comunidades de origen se insertan en el proceso migratorio siguiendo sus propios intereses y agendas, al margen de las medidas estatales y ejerciendo formas de resistencia ante la distribución internacional de los recursos que provocan las restricciones a la movilidad (Rodríguez, 2006; López Sala, 2005) (citados en López Sala, p. 337)
Las luchas migrantes ponen de relieve que la migración es en sí misma un campo de lucha. El campo migratorio transfronterizo (Suárez-Návaz, 2007) incorpora la posición social de los migrantes y el contexto en el que ocurre la migración transfronteriza.
Las luchas migrantes como movimientos sociales, serían a) un novísimo tipo de movimiento social, b) que construyen nuevas formas de ciudadanía, c) a pesar de que sus integrantes carezcan de reconocimiento jurídico como “sujetos de derecho”. (Varela 2013). Se trata de ampliar el límite del significado de lo político, desafiar qué es lo político y quién ejerce agencia. Dice Renahit Guha: hay que reconocer los intersticios cotidianos de los pueblos etiquetados como “pre-políticos”, como si fueran emancipaciones que desafían, de manera latente, los órdenes instituidos. Reconocer las historias de vida migrante, las experiencias de auto-organización y las respuestas al no-reconocimiento que se articulan sobre el “derecho a tener derechos”. Intersticios cotidianos pueden ser, por ejemplo, cruces fronterizos no autorizados, analizados en los últimos años como desobediencia a las políticas y prácticas de frontera estatales (Varela 2013).
De manera especial, en relación con las luchas migrantes y la ciudadanía seguimos el planteamiento de Nyers (2012) cuando afirma que las luchas migrantes han demostrado que, a pesar de los riesgos y peligros considerables, nuevos sujetos políticos se están formando dentro de los sitios securizados y las zonas fronterizas. “Las luchas de los refugiados y los migrantes en torno a temas de detención, deportación, regularización y libertad de movimiento han desmentido algunas de las suposiciones más preciadas sobre la subjetividad política. Mientras que los refugiados, los desplazados, los migrantes irregulares y los indocumentados han sido asociados con el victimismo, la impotencia y la dependencia, recientes teorizaciones sobre ciudadanía desafían estos supuestos, y muestran cómo los migrantes negocian, contestan y evaden (desobedecen) las fronteras y, al hacerlo, se constituyen como sujetos políticos. Estos estudios representan un cambio en la forma en que conceptualizamos la ciudadanía, desde un estatus formal a una representación de la subjetividad política como consecuencia de acciones inesperadas, desconocidas e irregulares (Nyers, 2012, p. 2)
La interpretación de las luchas migrantes y los modos de subjetivación política, se hace bajo la hipótesis de que como sujetos de derechos humanos reivindican la democratización de las fronteras por medio de ampliaciones conflictivas del demos legítimo. Aquí radica la importancia fundamental de la relación entre la política (luchas por la ampliación conflictiva del demos legítimo) y la democracia (ampliación de los límites de la comunidad política).