La presente ponencia surge de la investigación realizada en el marco del Trabajo de Fin de Master en Teoría y Crítica de la Cultura de la Universidad Carlos III de Madrid, donde se aborda la categoría de comunidad específicamente desde la cosmovisión indígena andina ecuatoriana, con el afán de conocer y comprender -proceso constante y no terminado- un concepto que desde esta visión se traduce en praxis de vida, en experiencia que encuentra explicación en principios que forman parte de la cosmovisión andina, de un pensamiento cosmogónico cuyo gran interés es la relación armónica entre los elementos que conforman el mundo, donde el ser humano se ubica como articulador de estas relaciones.
De este modo se identifican principios centrales de la cosmovisión andina, que según (Estermann, 2006) se configuran en complementariedad, reciprocidad, integralidad y relacionalidad. Estos principios de vida aportan en la consecución de una relación armónica no sólo entre seres humanos, sino entre éstos y la tierra. A su vez, la dinámica comunitaria de la vida de los pueblos andinos se ve reflejada en la vivencia de la familia, la minga, la relación con la tierra que tienen que ver con el uso comunitario de las mismas y la asamblea, que si bien no son las únicas acciones colectivas sí logran ilustrar un modo de organización y convivencia caracterizada por la solidaridad y el nosotros.
El principio fundamental y que se destaca por ser el factor de orientación de la vida en comunidad es la relacionalidad del todo (seres humanos y naturaleza), donde la dualidad se entiende como complemento, no como opuestos y donde el conocimiento del mundo tiene un alto grado de sabiduría alcanzada a través del vivir. Por eso la figura de los sabios, de los mayores, de los abuelos es una presencia que guía y consolida la vida familiar-comunitaria, a través del desarrollo del saber con el sentir. En este escenario, todo en la vida de los pueblos indígenas es comunitario.
Autores como Estermann, Gavilan Pinto, Luz María de la Torre, entre ortos, manifiesta que para la sabiduría andina el individuo como tal es un ‘nada’ (un ‘no-ente’), es algo totalmente perdido si no se halla insertado en una red de múltiples relaciones. Esto que se manifiesta como parte de estudios sobre la cosmovisión andina se confirma con la vivencia de quienes experimentan la acción colectiva que atravieza la vida cotidiana, pues al conversar con habitantes de distintos pueblos andinos del Ecuador, se encuentran coincidencias en cuanto a su concepción de la vida comunitaria y la necesidad de la toma de decisiones conjunta para el bienestar colectivo.
Este entramado de relaciones se expresa también en cuanto a los demás seres dotados de vida que son parte del mundo. Es así que la cosmovisión andina reconoce a las montañas, los rios, el sol, la luna, las cosechas como seres a los que hay que respetar y agradecer por posibilitar la vida y su continuidad. Muestra de ello es la leyenda como forma de saber, pues a través de su narrativa se comparten criterios y formas de sentir el mundo, la naturaleza, la vida.
La convivencia comunitaria tiene mucho que ver con el suelo donde se fueron acentando los pueblos indígenas. Abro aquí un parentesis para recordar la existencia de pueblos precolombinos que se acentaron en suelos complejos a gran altura con lo que el intercambio de productos agricolas consolidó el dar y recibir, la reciprocidad que forma parte de las relaciones en comunidad.
La familia o el ayllu en quichua es central en la vida comunitaria. El ayllu es en si mismo una comunidad que se puede ampliar ya sea por parentesco de sangre o por el compadrazgo, incluso por la voluntad de recibir a alguien que ha ayudado a la familia o por un tema de cercanía. Esta se considera como familia comunitaria incluso si quienes la conforman son de apellidos distintos. Esta familia abierta y comunitaria vive del respaldo de otras familias y la relación es recíproca. Por ejemplo si algún miembro de una familia fallece, el resto de familias cercanas acude a acompañar y ayudar con alimentos u otros aspectos a la familia que ha perdido un ser querido, las visitas se repiten y es constante la preocupación y la atención hacia esa familia.
La minga es la acción colectiva para conseguir un objetivo, una obra de beneficio para la comunidad; así mismo hay de aquellas que se ponen en acción para una familia, para una pareja recién casada cuando se recibe ayuda en la construcción de su casa o en la cosecha de parcelas que incluso pueden ser privadas pero su fruto siempre llega más allá de la familia que la detenta. La minga se cumple con la distribución de tareas y todos participan de un modo o de otro, pero es casi imposible no ser parte de ella, ya sea con un reemplazo o con materiales o dinero que se necesite para la consecución de las obras.
La asamblea es otra forma de participación comunitaria y está ligada a la toma decisiones, acuerdos y resolución de conflictos, así como para elegir las autoridades llamados cabildos de las comunidades que pueden tener representación ante instituciones y procesos políticos nacionales. Antes de ser tomadas, las decisiones deben ser consultadas con la comunidad. Las actividades que tienen este carácter colectivo y muchas de ellas celebrativas suelen incluir la pampamesa.
Esta vida en comunidad se traduce con gran importancia en la relación de los seres con la tierra, cuyo uso es comunitario. La relación con el suelo es tan fuerte que es como arrancar parte de la vida cuando las personas son obligadas a dejar su territorio que se asume no como propiedad privada en términos comerciales y monetarios, sino por una relación histórica y ancestral con la misma.
Esta ligación es profunda porque a la tierra se la concibe como madre, como pachamama de quien se reciben alimentos y demás elementos para la continuidad de la vida. La verdadera riqueza entonces está en la siembra y la cosecha, en la renovación de sus ciclos y por tanto, la renovación de la vida del ser humano.
La experiencia de vida en comunidad de la que da cuenta la cosmovisión andina de los pueblos indígenas del Abya Yala, constituye una posibilidad de comunidad permanente en el tiempo sobre la base de un modo de concebir la existencia humana y de todos los seres vivos en un constante entramado de relaciones simbióticas. Esta vida en comunidad conlleva una responsabilidad que a la vez une y consolida a sus miembros, se trata de cuidar la armonía de la pachamama lo cual es imposible al margen de la integralidad y la complementariedad. Como se manifiesta a través de los fundamentos de la vida en comunidad pensada desde los andes y a través de la descripción de algunas acciones colaborativas, el sujeto individual que persigue objetivos con una visión de beneficio propio no existe bajo esta visión del mundo. En el compartir y en la atención constante hacia el otro, el mundo indígena no encuentra amenazas a la autonomía del ser, por el contrario el término que bien podría añadirse al de comunidad es “amparo”. En comunidad, el mundo indígena de los andes procura la armonía junto al entorno, la convivencia como sumak kawsai y por lo tanto, la continuidad de la vida juntos.
En contraste con concepciones construidas desde Occidente, en virtud de experiencias históricas distintas, parecería que la vivencia de la comunidad en los Andes se consolida en la solidaridad, en el cuidado comunitario y hablar de comunidad no representa aquí cierta amenaza al ser (individuo) como se evidencia en análisis filosóficos de tradición europea que mantienen vivo el debate sobre la comunidad. Uno de los filósofos más actuales y que trabaja dicha categoría es Roberto Esposito, quien parte de un análisis etimológico del concepto de comunidad a partir del cual da cuenta de un sujeto incompleto y expuesto a otros sujetos al ser parte de esta compleja categoría y forma de vida llamada comunidad.
Abordar este concepto desde enfoques distintos con un evidente énfasis en la cosmovisión andina pretende diversificar y poner en discusión una categoría social que en este lado del mundo tiene mucho por enseñar y compartir.