Print Friendly and PDF



Resumen de ponencia
Acoger, reparar, dar testimonio. Clínica del trauma y política de la reparación

*Thomas Perilleux



En los análisis de las luchas por la justicia social y la democracia, el tema de la reparación está generalmente asociado a la problemática de los colectivos de víctimas que reclaman el reconocimiento de un daño y exigen una indemnización. Los estudios han estado dedicados a las víctimas de accidentes médicos (Dodier, 2009; Barbot, 2015), industriales (Fassin, Rechtman, 2007) o militares (Barthe, 2017), pero también a las víctimas de dictaduras y de violencias políticas masivas (Brackelaire, 2013). Todos/as recordamos siempre a las Madres de Plaza de Mayo. La multiplicación de movimientos de víctimas ha dado lugar a numerosos ensayos denunciando una tendencia a la “victimización” en las sociedades modernas capitalistas (Erner, 2006; Eliacheff, 2007).

En relación con estos estudios, propongo un doble cambio. Por una parte, me situaré en el terreno clínico, en etapas previas a la formación de colectivos de víctimas (en el sentido de movimientos organizados de lucha con los medios del Derecho para obtener una indemnización): analizaré la acogida y la reparación psicosocial necesarias para que el sujeto enfrente las consecuencias de la violencia y le permitan luego movilizarse colectivamente. Por otra parte, daré a la cuestión de la reparación un sentido más amplio que aquel de indemnización por un daño sufrido, integrando sus dimensiones clínicas y políticas, de acuerdo con el pensamiento de Frantz Fanon y Achille Mbembe.

Dos experiencias son la base de mi reflexión. La primera tiene que ver con la instauración de dispositivos de mediación destinados a jóvenes víctimas de violencia psicosocial en Ecuador. Se trata de una investigación-acción colectiva con ONG's implicadas en el tratamiento de situaciones de violencia en el campo de la escuela y de las migraciones. Pensamos que las violencias directas pueden ocultar una violencia más sistémica. Esto significa que tenemos que estar atentos a las violencias que vemos pero también a aquellas invisibles, lo que cuestiona nuestro método de análisis y de intervención.

La segunda experiencia tiene que ver con una clínica de trabajo en la cual estoy implicado desde hace varios años. Recibimos en consulta a personas que encuentran dificultades profesionales que desembocan a menudo en la pérdida del trabajo. En este marco, he estado confrontado de forma exponencial con la cuestión de la violencia, del trauma y de la reparación en los lugares de trabajo. La violencia de los métodos de gestión en las organizaciones neoliberales opera a menudo de manera engañosa, fuera de las prácticas conflictivas anteriores. La gestión neoliberal pretende dar la imagen de una gestión “liberada” de la obligación de la vigilancia y de la represión; sin embargo incurre en el uso de métodos brutales de control, de evaluación, de sanción y de exclusión, lo que provoca en ciertos casos efectos traumáticos en el trabajador. Las personas que consultan la clínica de trabajo, cuando han sido expuestas a tales violencias, tienen a menudo dificultades en identificarlas y en nombrarlas, y se encuentran en ocasiones incapacitadas para pedir ayuda. Para los intervinientes psicosociales, esto suscita una interrogación sobre la postura que se debe adoptar, entre la clínica y lo político.

Las dos experiencias a las que me refiero son muy diferentes la una de la otra. A primera vista, las violencias que ocurren en las familias, la escuela o las comunidades en Ecuador no tienen gran cosa en común con la violencia de la gestión neoliberal en las empresas capitalistas. No obstante, parto del supuesto de que nos plantean preguntas comunes. En los dos casos, ciertos procesos antropológicos fundamentales están en juego, porque estas violencias implican la misma cuestión humana: aquello que permite a los seres humanos concebirse como sujetos de un mundo común. La violencia destructiva impide la posibilidad de reciprocidad humana (Douville, 2016), impone una situación de muerte en la vida (Fanon, 2001; Renault, 2009; Mbembe, 2016) y normaliza lo intolerable, lo que pasa a menudo por la invisibilidad de la destrucción (Dejours, 1998, 2009).

Una de las consecuencias de las violencias traumáticas puede ser la “parálisis” de la facultad de pensar, llegando al extremo de provocar un estado de insensibilidad o de impedimento para identificar la violencia (Schneider, 2011). “Je n’ai plus de voix, toute ma vie s’en va” (“Ya no tengo voz, toda mi vida se me va”), decía un paciente de F. Fanon víctima de violencias durante el periodo colonial. La pérdida de la voz está asociada a un sentimiento de muerte en la vida. En este caso, la cuestión de una acogida fundamental, incondicional, surge al mismo tiempo que aquella del proceso de reparación necesario para que el sujeto pueda recuperar la “posibilidad de tener voz” (Le Blanc, 2007).

En este plano, podemos aprovechar el pensamiento de Frantz Fanon, tal como es interpretado por Achille Mbembe. Fanon, psiquiatra de origen antillano comprometido en las luchas de liberación nacional, médico jefe del hospital de Blida (Argelia), militante del FLN, forjó su obra en el crisol de la violencia y del cuidado. Colocó la problemática de la hospitalidad y de la reparación en el centro de su pensamiento.

Según Fanon, la violencia se ejercita sobre el cuerpo del oprimido y pasa por el uso de una lengua que mantiene una denegación de la realidad acompañando un silencio sin voz (Mbembe, 2016; Périlleux, 2017). La opresión crea comunidades del odio. Produce efectos de despersonalización (Renault, 2009). Todas las relaciones con otros - con la familia, con la colectividad - son “anuladas” (Fanon, 2001). Luchar contra la opresión, en el campo político o económico, significa ante todo crear las condiciones de acogida incondicional de las víctimas. La hospitalidad restablece una reciprocidad en las relaciones humanas, que la violencia había destruido (Oury, 2005, Douville, 2016). Tiene que ser sin condiciones pero no sin un marco referencial, porque el principio de apertura al otro debe tener en cuenta limitaciones sociopolíticas en su ejecución (Stavo-Debauge, 2018).

A partir de la hospitalidad, es necesario un trabajo de reparación. Fanon lo situaba en la interfaz de la clínica y de lo político. Por un lado, se trata de reinscribir las violencias traumáticas en una historia que pueda ser contada. Para esto, hace falta enfrentarse a la repetición de los procesos traumáticos. Hay que poder entender lo que no se dice y asumir un papel testimonial de las violencias sufridas (Kammerer, 2014; Roisin, 2010; Périlleux, 2017).

Por otra parte, la reparación tiene una dimensión política cuando la historia ha dejado heridas que impiden luchar por la justicia social. Los gestos de reparación son necesarios para escapar del ciclo de la venganza y asumir una memoria dolorosa, contra la ley del olvido. El proceso de reparación restituye la parte de humanidad que les ha sido robada a los que han sufrido una forma de despersonalización. La reparación realiza una tarea de transformación y de regeneración en la cual las heridas se mantienen perceptibles (Mbembe, 2015, 2016).

Sin embargo, como lo muestran ambas experiencias a las cuales me refiero, la conjunción entre la dimensión clínica (terapéutica) y la dimensión politico-jurídica no es directa. Las relaciones entre derecho y terapia son complejas. El “trabajo de duelo” asociado a los traumas no es asimilable a una reivindicación de derechos. La preocupación de la reparación no puede excluir la exigencia de justicia (Mbembe, 2016). Es necesario entonces situar la reparación entre las teorías del reconocimiento y las de la justicia. Es la cuestión que deseo discutir como conclusión de esta comunicación.




......................

* Perilleux
Université catholique de Louvain - UCL. Lovaina-la-Nueva, Bélgica