En el año 2015, en el Centro de Pedagogías Críticas y Educación Popular de la Fundación La Salle–Argentina comenzamos indagar, el vínculo entre filosofía, infancia y escuela desde la perspectiva de la educación popular propia de contextos latinoamericanos. En el año 2017, pusimos en práctica una propuesta de acompañamiento a educadorxs de diversas escuelas de Argentina para generar, de manera conjunta, los espacios de filosofía con niñxs en las aulas en las que desempeñaban su tarea docente. En la actualidad nos encontramos trabajando junto a más de 15 experiencias educativas públicas y privadas, de diversos contextos socio-económicos, acompañando alrededor de 90 educadorxs tanto de nivel inicial, primario y secundario. Participan del proyecto escuelas del interior del país, del Gran Buenos Aires y de la Ciudad Autónoma de Bs. As.
La elaboración de la propuesta requirió varios encuentros de reflexión colectiva poniendo en diálogo elementos fundamentales de toda propuesta educativa, tales como el rol del maestrx, el lugar de la escuela, el conocimiento, las experiencias de aprendizaje, el ejercicio de la pregunta y la infancia. El proyecto “Filosofar con niños, niñas y jóvenes en la escuela”, como lo llamamos, puso en cuestión un suelo común desde el cual cada uno desarrollaba cotidianamente su tarea de enseñanza. La práctica filosófica no es sólo una invitación para niñxs y jóvenes sino que en verdad es una propuesta para revisar nuestra forma de ser y estar en la escuela como educadorxs. Hablamos de maestrxs artesanxs que inspiran el arte de pensar, maestrxs filósofxs que enseñan no tanto un saber sino una relación con el saber, una cierta distancia respecto del saber que despierta siempre y ante todo el deseo de saber.
Nos sumamos a la búsqueda de quienes se han propuesto conformar un camino decolonizador de nuestra cultura, de nuestra identidad, de nuestro ser-estar, de nuestro aprender y enseñar. Creemos que las prácticas filosóficas con niños, niñas y jóvenes en las escuelas permite develar ciertos modos en que ambas -la filosofía y la escuela- han colaborado con el plan colonizador de civilizar/modernizar nuestros pueblos. Consideramos que este proyecto se va consolidando desde las bases como una efectiva experiencia pedagógica resistente generando una grieta en el corazón del sistema escolar tradicional. En especial nos permite desnaturalizar las injustas jerarquías cognitivas que caracterizan la conformación de nuestra cultura colonizada. Dado que estamos atravesados por la cultura occidental europea que en sus producciones filosóficas ha naturalizado la jerarquización de saberes/seres superiores a quienes corresponde pensar, impedir el ejercicio de indagar y cuestionar ciertos interrogantes últimos, tal vez sea uno de los modos menos visibilizados o reconocidos como formas de opresión.
Para empezar a desandar este camino de escolarización como modernización de nuestro territorio reflexionamos entorno a tres cuestiones de las prácticas pedagógicas: la conformación de saberes o conocimiento asumidos como válidos en el territorio extranjero, especialmente en el Norte Global; la verticalidad de la estructura escolar signada por la calificación y clasificación de los sujetos; el vaciamiento de la palabra de estudiantes y docentes, en la reproducción de discursos ajenos y por lo tanto el silenciamiento y la negación.
Creemos que ante estos tres elementos la práctica filosófica sistemática en el espacio del aula ofrece la sospecha, la invitación a desconfiar de aquello que se establece como verdadero. Con sus preguntas quiebra la autoridad de los saberes y principios afirmados como verdaderos. Además propone vínculos más horizontales, reconociendo la igual capacidad de todos los sujetos de pensar, de filosofar, de cuestionar el mundo. Habilita de esta manera un nuevo uso de la palabra, aquella que nos permite pronunciar el mundo de un modo auténtico, haciéndonos presentes, recordando que aquí, en el sur, también estamos de pie.
El espacio de filosofía hace de la escuela el lugar donde volver común la pregunta por el mundo, la pregunta por la forma en que vivimos y en que queremos vivir en él. La experiencia educativa filosófica no nos enseña/explica/indica cómo es el mundo, cómo debemos pronunciarlo, cómo debemos actuar. Todo ello se vuelve un asunto a ser pensado, de manera colectiva. Experiencia que permite crecer sabiendo que la realidad puede ser de otra manera y que ello es un asunto público, es un asunto del pueblo, es un asunto de todos y todas. Es por ello que consideramos a esta propuesta una más que se sumaría al conjunto de prácticas emancipatorias, urgentes en el Sur, que permitan la construcción de nuevos mundos donde sean los pueblos libres los que tengan el control de los procesos de subjetivación desde la conciencia de la propia dignidad.
Y así, quizá encontremos allí una posibilidad de responder al interrogante de Adolfo Albán Achinte ¿Cómo enfrentar a, desde el acto creador como pedagogía emancipatoria, la colonialidad del ser?