En el marco de la clase “Taller de Investigación II” del énfasis de Investigación de la carrera de Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana (sede Bogotá), nos surgió la iniciativa de realizar una lectura decolonial de una obra colombiana publicada en 1930 titulada Casa de vecindad y escrita por el novelista y político José Antonio Osorio Lizarazo. La determinación de acercarnos a dicha obra desde este paradigma epistemológico fue producto de nuestro malestar con varias teorías tradicionales desde las cuales se suele estudiar la literatura. De esto surgió la idea de preguntarnos sobre la vigencia de las dinámicas coloniales en la literatura de la Colombia de comienzos del siglo XX y la relación que tienen con la modernidad. Sin embargo, y siendo conscientes de que el concepto de modernidad es muy complejo y difícil de abarcar, optamos por el estudio de una de las nociones fundamentales que lo conforman: el progreso. Utilizamos entonces la definición que da Santiago Castro-Gómez para guiar nuestro estudio: «El imaginario del progreso según el cual todas las sociedades evolucionan en el tiempo según las leyes universales inherentes a la naturaleza o al espíritu humano, aparece así como un producto ideológico construido desde el dispositivo de poder moderno/colonial» (Castro-Gómez 2005, 154). Por lo tanto comprendimos el progreso como un micro marco de significación históricamente situado que busca imponerse epistemológicamente sobre otras realidades como único modo válido del saber/actuar.
Elegimos esta novela porque se sitúa en un momento crítico en la historia del país (la década de 1930) caracterizado por fuertes cambios en lo económico y lo social. Nuestro interés por su autor José Antonio Osorio Lizarazo, bogotano de nacimiento y periodista de profesión, además de consejero político de Jorge Eliécer Gaitán y colaborar del gobierno de Juan Domingo Perón, surgió del interés que nos produjo el poco reconocimiento que tuvo en vida y las dudas acerca de la calidad y elaboración formal de su narrativa. Consideramos que su valor estético, y también político, reside en que realiza un retrato sobrio y preciso de algunas dinámicas de su tiempo y que, por lo tanto, se resiste tanto al canon estético tradicional como a aquel enfocado en un “problema social” (H Ureña 296) limitado y especializado, cuestionando también las transformaciones sociales y epistemológicas dominantes en la época.
Por ende, el fin de nuestro trabajo fue realizar un estudio de la obra como práctica discursiva que da cuenta de múltiples dinámicas sociopolíticas y económicas, con el propósito de oponernos también a una tendencia académica en los Estudios Literarios que privilegia el estudio de las obras en su dimensión estética. Esta es, para nosotros, la importancia de realizar un acercamiento a la novela ya nombrada desde la teoría decolonial. Nos apoyamos entonces en los aportes críticos de Eduardo Restrepo y Santiago Castro-Gómez, teóricos decoloniales y profesores de la Pontificia Universidad Javeriana, entre otros autores. Principalmente utilizamos sus definiciones sobre la modernidad y el cinetismo del sistema moderno capitalista.
Así pues, logramos entender la relación modernidad/colonialidad como fenómeno inserto en el sistema-mundo, como una configuración histórica del poder que se produce de forma bidireccional y que se presenta ahistóricamente aislada y no influenciada. En palabras de Restrepo «La modernidad constituye un universal noratlántico que opera como si fuese paradigma transhistórico y transcultural, el cual oblitera la particular historicidad y locación de la cual ha brotado» (313). El cinetismo, por su lado, como concepto que consideramos fundamental para explicar las dinámicas materiales del progreso, se expresa mediante sus propias prácticas:
«Conducir un auto en los años veinte significaba algo más que operar una simple máquina. Más que un medio de transporte (...), el automóvil arrastraba un valor simbólico importante. Era emblema del tipo de sujeto que la industrialización necesitaba crear en el país: sujeto como “conductor”. (...) El automóvil otorga al individuo una identidad específica: la del sujeto que “progresa” y es libre para moverse hacia donde quiera, sin depender para ello de la voluntad de otro» (2009, 14).
Nos pareció fundamental realizar el trabajo sobre Casa de vecindad porque, además de ser la novela más difundida de este autor, enuncia la relación particular entre modernidad y modernización. Osorio Lizarazo narra desde la perspectiva de un protagonista, cuyo nombre es siempre desconocido, que vive la transición de un orden de escritura que ejerce (la tipografía), a otro tecnificado que lo reemplaza (el linotipo) en la ciudad de Bogotá. Es, entonces, un proceso de modernización, con implicaciones en la producción, que tiene lugar en un contexto urbano. Así pues, la novela muestra cómo los sujetos que no pueden adaptarse a la ciudad moderna y sus nuevas formas laborales se vuelven obsoletos, como el protagonista de la obra cuando se ve enfrentado a una realidad en la que ya no es funcional. De esta manera, la novela evidencia la ambivalencia del sujeto colonial en el mundo moderno, en el sentido que ambas realidades en las que se ve inmerso, tanto la modernidad como la tradición, le son a la vez atractivas y problemáticas (Martínez-San Miguel). Podemos encontrar numerosos momentos donde el protagonista reflexiona sobre este choque entre lo nuevo y lo que le era conocido por pertenecer a un orden anterior: «Pensé entonces en el asesinato del arte, llevado a cabo por los mecanismos. ¿Cuál Beethoven va a resultar ahora con una pianola? ¿Cuál Schubert con una vitrola?» (Osorio Lizarazo 55). En este pasaje el protagonista hace también referencia a la situación en donde su oficio se ha visto desacreditado por las nuevas tecnologías de la escritura. Sin embargo, y a pesar de padecer por esto, el protagonista reconocerá desde el principio que el progreso es útil y bueno (5). Por ende, se ve inmerso en prácticas y discursos que lo posicionan extrañamente en el mundo y lo desproveen de un lugar propio y claro. De esta forma empieza a sentir que es él quien no cuadra en el nuevo orden. Esto nos indica otro asunto que le compete a la teoría decolonial y que exploramos en el campo específico de esta obra: el de la naturalización de los fenómenos epistemológicos y materiales de la colonialidad/modernidad.
A diferencia de lo enunciado por Castro-Gómez en su obra Tejidos oníricos, que se enfoca en una Bogotá desordenada y estridente entre 1910 y 1930, la novela de Osorio Lizarazo ocurre prácticamente en una zona de quietud. Si bien el personaje se encuentra inquieto debido a su desempleo, su vida es una suerte de no transcurrir. Ni sus prácticas se muestran “modernas”: cuando sale a buscar trabajo no lo hace en un medio industrializado, sino caminando, por ejemplo. Él, como personaje, es una pausa en el progreso -no sólo por su forma de movilizarse que pertenece a un orden precapitalista-, una fuga en esta necesariamente constante movilidad del sistema capitalista. Su vida se encuentra detenida en tanto no es un sujeto funcional para el sistema actual de mercado y, por ende, no posee movilidad. Ello lo obliga a detenerse en todos los aspectos de su vida e, incluso, a desaparecer como sujeto al final del libro. Profundizando más, el protagonista de Casa de vecindad es un no-sujeto moderno por excelencia: su nombre no es ni siquiera pertinente en la representación, lo que nos indica, en últimas, que aquello que no es nombrado es lo que desaparecerá. En este caso, por lo menos, de los ámbitos formales de sociabilización y trabajo. Incluso un análisis formal de la obra nos provee la misma sensación de quietud -si bien no ahondaremos en ello-, la cual es acentuada en tanto que su narración es siempre posterior a la historia, materializado en un espacio en el que se depositan eventos ya pasados y se cristalizan en una suerte de no-tiempo: el diario. Este es el modo en el que se consigna la obra.
De esta forma podemos concluir que Casa de vecindad está atravesado por diferentes problemáticas características del principio del siglo pasado que dan cuenta de los procesos de modernización y por ende de colonización en Colombia y América Latina. Podemos identificar la producción de un cierto tipo de sujetos muy complejos a través de los ya mencionados marcos históricos y sociales modernos: los sujetos coloniales de la modernidad-progreso que son también ambivalentes. Están condenados a las formas de movilidad de la sociedad capitalista, son susceptibles a ser reemplazados por las nuevas dinámicas de producción modernas y, por ende, también susceptibles a desaparecer.
Bibliografía
Castro-Gómez, Santiago. “Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la ‘invención del otro’” en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. CLACSO. Buenos Aires: 1993.
___. Tejidos oníricos: Movilidad, capitalismo y biopolíticas en Bogotá (1910-1930). Editorial de la Pontificia Universidad Javeriana e Instituto Pensar. Bogotá: 2009.
Henríquez Ureña, Pedro. Las corrientes literarias en la América hispánica. Fondo de Cultura Económica. 4ta ed. México: 2014.
Martínez-San Miguel, Yolanda. “Colonialismo y decolonialidad: literatura y debates disciplinarios” en 80 grados. 2018. Web. Revisado el 5 de abril del 2018.
Osorio Lizarazo, José Antonio. “La casa de vecindad” en Novelas y crónicas J.A. Osorio Lizarazo. Ed. Biblioteca Básica Colombiana. Instituto colombiano de Cultura. Talleres de Editorial Andes. Bogotá: 1978. pp. 4-132.
Restrepo, Eduardo. “Articulaciones coloniales, modernidades plurales: aportes al enfoque decolonial” en América y el Caribe en el cruce de la modernidad y la colonialidad. Universidad Nacional Autónoma de México. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades. México: 2014.