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Resumen de ponencia
La Escuela-frontera: Una cartografía a ras de piso de las comunidades educativas periféricas de Santiago con estudiantes migrantes haitianos.

*Patricio Azócar Donoso



Las migraciones históricamente han sido procesos fundamentales para la construcción de la representación identitaria de lo nacional en el país. Como tales, nos permiten ponen en evidencia las prácticas discursivas, las estrategias y procedimientos con los cuales históricamente se ha pretendido justificar, reproducir y naturalizar un marco de reconocimiento con raíces eminentemente racistas, basado en matrices racializadas y sexualizadas homogeneizantes como correlato fundacional de pertenencia y ciudadanía. Racismo que pretende encarnar biológicamente, a través de la producción de ficciones identitarias en torno a lo nacional, matrices de superioridad e inferioridad por medio de mecanismos de selección, legitimación e identificación jerárquicos entre quienes habitan delimitados confines geoterritoriales y quiénes no.
Las diversas investigaciones visitadas afirmarán que la matriz racista con la cual se organiza el sentimiento de pertenencia e identificación que construye una “identidad chilena” persiste en el contexto de las migraciones contemporáneas bajo tramas económicas y culturales que incluso llegarán a negar expresiones de racismo en pos de defender intereses y privilegios de ciertos grupos sobre otros, y con él una ideología que seguiría interpelando a las y los sujetos de acuerdo a un régimen socio-simbólico estructuralmente racializado y sexualizado de las diferencias.
En este contexto de un nuevo racismo que “marca” los cuerpos de las y los migrantes contemporáneos es que las investigaciones sociales han asumido la tarea de constatar cómo la escuela, en cuanto aparato ideológico del racismo estructural, reproduce una matriz identitaria racializada y sexualizada en las prácticas pedagógicas, condicionando el reconocimiento de las y los niños, y jóvenes migrantes por medio de habitus que interiorizan desigualdades y violencias sociales, como también criminalización y segregación, mostrándose hasta ahora estas instituciones impotentes frente a ellas (Tijoux, 2013).
De acuerdo con lo anterior, las propuestas constatativas han desarrollado una importante labor de visibilización y denuncia de la preservación ideológica de un racismo estructural, desplegando prácticas de intervención que tienen por objetivo evaluar, describir, corregir, concientizar y combatir a través de la incorporación de nuevas racionalidades pedagógicas la xenofobia y la violencia que persiste en las escuelas y en los procesos pedagógicos (Rieddeman, Stefoni, 2015). Pese a esto, son ellas mismas las que advierten los límites que puede tener abordar el racismo sólo desde la transmisión de conocimientos y habilidades en clave de una racionalidad anti-racista, sin poder interrogar y afrontar las raíces emocionales donde éste se cultiva y a la vez se profundiza (op. Cit, 2015). De igual manera, han señalado la necesidad de complejizar las perspectivas interculturales desde ejercicios no meramente reflexivos sobre los modos con que ver-pensar-sentir esas “otras culturas”, sino que también desde la adopción de prácticas de autorreflexividad efectivas que nos permitan ver-pensar-sentir la propia, siendo capaces de relativizarla, historizarla y complejizarla. (PRIEM & FUSUPO, 2016). Como señalan, citando a Catherine Walsh (2002): “concebir la interculturalidad no sólo como un asunto de voluntad personal, sino como un problema enraizado en relaciones de poder y en la lucha por focos de sentido” (op. Cit., 2016).
Considerando los antecedentes, en permanente proceso de reflexión y autointerrogación, es que esta investigación parte de la problematización de las responsabilidades ético-políticas que le caben a la universidad, y a mí como investigador, activista y profesor vinculado a formación docente con las dimensiones relacionales de la educación. Con las exigencias históricas, que son también políticas, que las migraciones contemporáneas y los fenómenos de hostilidad social que las acompañan señalan a las prácticas educativas y a las instituciones encargadas de producir conocimiento y saberes en la praxis cotidiana.
Asumí esta investigación desde la urgencia que supone repensar/reinventar desde la praxis educativa-investigativa procesos de reconocimiento que, como señala Villasante, no sólo apuesten por cambiar las condiciones de violencia desde una “simple disputa de ideas, por buenas que éstas sean… sino por la necesaria implicación a las redes que ya están en marcha, que ya se están movimiento, o que pueden moverse, por su potencialidad para transformar y mejorar nuestras calidades de vida” (Villasante, 2006: 382).
En esta línea, esta investigación propuso aproximarnos a perspectivas y enfoques investigativos que aborden el fenómeno de las migraciones contemporáneas, como el racismo y las violencias racializadas/sexualizadas/generizadas, complejizando los soportes representacionales e identitarios que persisten en lo que se ha denominado ideología racista estructural de lo nacional, ejercitando epistemes y metodologías de investigación transfeministas que permitan, como señalará Judith Butler, “apoyarnos en una nueva ontología corporal que implique repensar la precariedad, la vulnerabilidad, la dañabilidad, la interdependencia, la exposición, la persistencia corporal, el deseo, el trabajo y las reivindicaciones respecto al lenguaje y la pertenencia social” (Butler, 2010: 15) como un espacio común y colectivo frente al cual nos cabe una responsabilidad compartida e interdependiente con los otros dedicada a minimizar el daño y la vulnerabilidad frente a la cual estamos diferencialmente expuestos a nivel general.
En este sentido, esta investigación apuestó por buscar espacios de colaboración y co-investigación con espacios relacionales, como son los escuelas periféricas municipales, donde intersectan distintas experiencias de vulnerabilidad social en el ámbito del género, las sexualidades, la clase, la “raza”, la generación, y donde no sólo se cumple una función reproductiva en el ámbito de la transmisión de soportes ideológicos sino también se elaboran, experimentan, ensayan y practican nuevas estrategias micropolíticas de reconocimiento, revinculación y socialización desafiando los habitus de la violencia e imaginando nuevas pragmáticas para la aprehensión y sensibilización afectiva con los otros, migrantes, no migrantes; estudiantes, funcionarios, docentes; institución y barrio; escuelas, universidades. Como señala Thayer (2011), afirmando la experiencia migratoria como base material para la configuración de nuevos procesos de identificación colectivos.
Cabe la necesidad de que la investigación social colabore en la construcción de lugares de enunciación de las juventudes migrantes que se incorporan a los establecimientos secundarios chilenos en cuanto han sido obliterados por la intención investigativa hasta la fecha, sin embargo, referidos como sujetos que a pesar de estar expuestos a una alta vulneración y discriminación, reconocen potencialidades de transformación efectivas de los marcos racistas del reconocimiento y las relaciones de poder que les organizan en la sociedad de llegada.
De acuerdo con lo anterior, fue importante asumir la investigación con las y los jóvenes migrantes haitianos mirando esa condición ambivalente que se reconoce en la juventud migrante y no migrante como base material para pensar que la barrera idiomática que les particulariza, pese a reconocer urgencias sociales que deben ser acogidas por las políticas educativas con prontitud, también supone la posibilidad de interrogar los pilares discursivos de la institución escuela tradicional, en cuanto suspende de facto la función transmitiva del conocimiento y los mecanismos de identificación fundacionales que quedaban adosados en lengua materna común, propiciando ensayos educativos, comunicativos e imaginaciones lingüísticas insospechados entre quienes cotidianamente construyen educación.




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* Azócar Donoso
Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación UMCE. Santiago, Chile