En el tiempo de la invención de América, los Guaraní dominaban amplios territorios en la Cuenca del Plata. Su organización como una compleja red de núcleos autónomos facilitó las incursiones coloniales, cuyas alianzas y guerras circunstanciales posibilitaron a los conquistadores la creación de pueblos y almacenes que servían para la salida de lo que la naturaleza del continente tenía que ofrecer. Mientras realizaban los debates de conciencia, portugueses y españoles se organizaron cada uno a su modo y avanzaron sobre la naturaleza latinoamericana y sobre los pueblos que en ella vivían. Cuando la colonización de los cuerpos no se mostró suficiente, la cruz misionero-jesuita vino en socorro para colonizar el espíritu. Sobre su protección, la colonización se mostró menos brutal y fue resignificada por los Guaraní. Así fue posible construir territorios con autonomía, en que los modos de producción comunitarios contrastaban con la lógica de explotación predominante. Con esta peligrosa amenaza a las mentalidades que las metrópolis buscaban imponer, la destrucción fue promovida por la guerra entre imperios ibéricos que destruyeron la alianza Guaranítico-jesuíta.
Una nueva experiencia autonómica y comunitaria fundamentó el proceso revolucionario en el Estado nacional latinoamericano que acepta más su herencia Guaraní, el Paraguay, que experimentó una rara condición social de bienestar económico en América. Mientras que la potencia inglesa emergida de la revolución industrial no disparó ni siquiera un tiro, pues en nombre de sus intereses actuaron criminalmente Argentina, Brasil y Uruguay. Destruido el Paraguay, sus tierras fueron incorporadas al modo de producción capitalista internacional y la explotación se expandió para espacios aún no colonizados. Así fue destruida la frontera Guaraní, cuyo último gran refugio coincidía con la región en la cual este pueblo nació, el centro de la tierra, Yvy Mbyte. Inicialmente a través de la explotación de la madera y la hierba mate, por el trabajo Guaraní esclavizado, la Cuenca del Plata vio el cómo su naturaleza fue sustituida por especies exóticas. El capital se reprodujo en la monocultura de los granos en el centro del mundo Guaraní.
A los que huyeron de la colonización, en las partes más inaccesibles de las márgenes del Río Paraná, estaba reservado el mítico diluvio por la sumersión de las aguas de Itaipu. Delante del apocalipsis, una de las formas de reacción de las identidades Guaraní contemporáneas consiste en la reciente re-significación de su ethos, reorganizando caracteres culturales para asumir una nueva postura ante las adversidades. En los continuos procesos de construcción y transformación de sus concepciones territoriales surge un nuevo elemento, el retomar las tierras como instrumento de resistencia. En medio de sus caminadas y retomadas, espacios naturales son mantenidos por las sociedades nacionales como intocados. Su lógica obedece a la división occidental entre naturaleza y cultura, al punto que la dicotomía entre tierras productivas y parques constituye una representación y sustrato de la modernidad capitalista. La intocabilidad de estos espacios no se justifica delante del pueblo que descubre en los bosques sus mundos, cuya constitución de los territorios no obedece lógicas modernas. De esta manera, la contradicción los espacios naturales protegidos y la territorialidad Guaraní en el centro de la tierra se entiende como falsa, aunque contemporáneamente el conflicto socioambiental se presente.
Como grietas dentro del derecho moderno capitalista, los derechos colectivos de los pueblos son suficientemente reconocidos para fundamentar jurídicamente la superación de este conflicto. El pueblo Guaraní insiste en ser pueblo, insiste en caminar por los territorios. Los cercos que la modernidad le busca imponer son varios, mediante diferentes instrumentos y formas. Por ellos pasaron y continuaron pasando los exploradores, navegantes, náufragos, adelantados, gobernadores, capitanes, sesmeiros, encomenderos, franciscanos, jesuitas, pioneros, presidentes, emperadores, condes, ejércitos, obrajero, empresarios, militares, ferrocarrileros, notarios, hacendados, ingenieros y ambientalistas. Son diferentes actores que actuaron de diferentes maneras, pero cuyo elemento común es el de la conquista y colonización de sus territorios. Pero el proyecto y los sentidos de la colonización, aunque hayan avanzado ferozmente, fallaron en su totalidad. Resistencias son gestadas en cada casa de reza, en cada canto y en cada movimiento de los cuerpos al ritmo del mbraka y del impacto de la takuara al suelo.
Esas resistencias acaban manifestándose en la medida de las diferentes disputas, en las diferentes regiones. En Bolivia, el compartir lo que se llama como indianidad respecto a la mayoría de la población, posibilitó la construcción de un fenómeno completamente extraño en América, la creación de una autonomía territorial Chiriguana reconocida por el Estado boliviano. Contradictorio, como todo proceso social, él se muestra como suficientemente apto para garantizar territorios a los pies de la Cordillera de los Andes. Pero el Estado continua ejerciendo su histórico papel de salvaguardar los intereses del capital, reservando su represión para los casos en que los Guaraní se contraponen a los intereses de los mega-emprendimientos.
En el sur de Mato Grosso del Sur, la súper-concentración poblacional torna imposible a los Kaiowá el ejercicio de lo que entienden como sus formas propias de vida. La vida en las reservas, creadas hace poco más de un siglo, transborda. Para romper el cerco del agronegocio, que transformó la naturaleza de la región en un mar de granos, es necesario avanzar en el camino de sus territorios, creando corredores de movilidad en campamentos en las orillas de las carreteras y emergiendo contra las cercas que la mente no acepta.
En la Costa Atlántica, en las proximidades de los centros urbanos más grandes, la naturaleza de las sierras, que escaparon de la colonización en virtud de su accidentado relevo ha presenciado las caminatas Mbya de ocupaciones territoriales ancestrales. En ellas, interligadas por los lazos de parentesco y reciprocidad, la resistencia teje la reconstrucción de aquello que la colonización siempre intentó destruir. La modernidad busca imponerse de diferentes formas, desde la construcción de una metrópoli hasta la creación de una redoma de reserva de vida.
En el centro de la tierra, Yvy Mbyte, los Avá-Guaraní se imponen y se muestran como contrapunto a los proyectos coloniales. Allí, al lado de los minúsculos fragmentos de bosques, recomponen la diversidad de las formas de vida y dan a la naturaleza los cantos y tiempos necesarios para que ella descanse y se recomponga. El supuesto confinamiento, que la modernidad nacional divisa en el mapa de sus ocupaciones, en verdad constituye pequeñas bases de un cerco que está siendo impuesto por los Guaraní a algunas ciudades. En poco más de una década, consiguen constituir y mantener dos docenas de ocupaciones, imponiendo al Estado la obligación de respetar su derecho de tener un lugar para ser o que se es. Los pasos, que se muestran como lentos a la mentalidad moderna inmediatista, se adentran en largas jornadas Guaraní. Paso a paso, tierra y tierra, van consiguiendo demostrar que el proyecto de la modernidad no se completará. Ocurre que luchar contra la prosperidad privada, muchas veces, se muestra menos duro de lo que contra una estructura de negocio, que tiene en la conservación de la naturaleza su mercancía y la base de la colonización de una frontera.
Triste ceguera de la modernidad, al buscar imponer a los Guaraní su dicotomía entre la conservación por parques y la destrucción de la naturaleza. Justamente en el centro de la tierra. El pueblo que ve en la naturaleza sus mundos es reprendido por las fuerzas del Estado cuando osa entrar en la redoma verde. Es necesario entender que el parque es Guaraní por el simple hecho de ser, por este pueblo allí divisar su territorio. Si los ojos modernos intentaran divisar más allá de sí mismos, podrían ver en los Guaraní la memoria de otro posible. Los destructores modos de vida modernos, que diariamente se esfuerzan por destruir la casa en que habitan, encuentran junto a los Guaraní una contraposición, además de una fuerte critica. El pueblo que tiene en su memoria colectiva la mítica destrucción de otras tierras, consciente de la actual destrucción que está en curso, divisa en el apocalipsis una extraña oportunidad de constitución de otros mundos en que se apagará la modernidad.