En el presente trabajo buscamos indagar en las disputas de proyectos estratégicos a nivel mundial que se profundizan a partir de la crisis financiera global desatada en 2008. En este marco, comienza a plantearse desde distintos sectores económicos, políticos e intelectuales una crítica al sistema mundial heredado de Bretton Woods, al calor del surgimiento de nuevos espacios de poder que plantean la necesidad de avanzar hacia la conformación de un mundo “multipolar”, superando la hegemonía norteamericana y europea.
La aparición en escena de los países denominados “BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) plantea nuevos interrogantes sobre la coyuntura política actual y sobre la continuidad de la hegemonía trilateral global clásica (Estados Unidos, Europa, Japón). Entre 2000 y 2013 los países emergentes pasaron de representar menos del 40 % del PIB mundial a la mitad del mismo y esta tendencia también se refleja en el peso de este grupo en la inversión, el consumo y las exportaciones mundiales. Los BRICS reúnen, además 42% de la población mundial, 20,4% de la producción y 17,6% del comercio. Producto de esto, cuatro de sus miembros se encuentran ubicados entre las diez economías más grandes del planeta -China (2), India (3), Rusia (6) y Brasil (7)-.
La crisis global produjo una parálisis en las economías centrales, que prácticamente vieron estancarse sus PBI y, a la vez, fueron ganando peso economías “emergentes”, que a partir de su crecimiento económico primero, y su capacidad de articulación política después, comenzaron a plantear nuevos desafíos en el orden global, mostrándose críticos de la arquitectura financiera unipolar global actual y esbozando lineamientos para superarla.
Una de las reivindicaciones que aparece decisivamente en los discursos de los BRICS es la necesidad de dar paso a un nuevo mundo multipolar. Este nuevo orden mundial implicaría la coexistencia de polos de poder que no sólo se limitarían al plano de lo económico-financiero, sino polos-regiones de poder político, cultural y social. En este marco, los BRICS se caracterizan, por un lado, por un cuestionamiento explícito a lo que consideran un orden mundial unilateral-unipolar, donde existe un solo polo de poder, una sola potencia hegemónica que actúa, de manera unilateral, imponiendo sus decisiones sobre el resto de los países del mundo.
Los BRICS se posicionan fuertemente a favor de una transformación en la forma de territorialidad impulsada por la red financiera global. En este sentido, “multipolarismo” hace alusión a una forma de territorialidad basada en una multiplicidad de bloques de poder regional soberanos, limitando la liberalización de la circulación global de mercancías y capitales financieros (favorable a los fondos financieros de inversión globalizados), impulsando políticas proteccionistas para los bienes y servicios producidos localmente, desarrollando nuevas tecnologías que permitan lograr la soberanía tecnológica, informática, etc. El planteamiento de un mundo multipolar implica la necesidad de estos bloques de poder de empezar a romper con la unilateralidad en la toma de decisiones globales y un protagonismo de nuevos actores que hasta entonces venían subordinados. El planteo de la necesidad de una Nueva Arquitectura Financiera Internacional, en tanto complejo jurídico, institucional y normativo que rige las relaciones financieras y monetarias públicas y privadas a escala internacional, será uno de los ejes articuladores del BRICS para la construcción de un mundo multipolar.
La propuesta de la nueva Ruta de la Seda viene a confirmar la consolidación de un proyecto productivo industrial basado en el trabajo y en la economía real, motorizado por la principal potencia económica en ascenso, la República Popular China, y articulando un conjunto de bloques regionales emergentes que propician un nuevo orden mundial multipolar. Este proyecto viene acelerándose, principalmente, a partir de la victoria de Donald Trump y del Brexit: el desplazamiento del centro gravitatorio de la producción y el PBI mundial hacia el mundo emergente, con centro en el Asia-Pacífico.
La Ruta de la Seda también tiene un lugar para América Latina, en tanto Brasil es parte integrante del BRICS y México fue invitada en la última Cumbre del bloque, Argentina y Chile han participado del primer Foro de la Ruta de la Seda en mayo de 2017, la profundización del Foro China-CELAC y el hecho de que varios países de nuestra región hayan sido aceptados como miembros permanentes del BAII. En este marco, la nueva Ruta de la Seda significa la continuidad de la oportunidad histórica para América Latina, en tanto la CELAC está incorporada al proyecto impulsado por China y Rusia. Los ambiciosos proyectos de infraestructura y desarrollo que se proyectan para la región, en tanto bloque de 500 millones de habitantes, con una enorme cantidad de recursos naturales y con posiciones geopolíticas estratégicas (paso interoceánico, proximidad a la Antártida, etc), hacen que Latinoamerica tenga un papel fundamental en el nuevo proyecto multipolar.
La intención (por lo menos manifiesta) de conformar un bloque de poder alternativo, a partir de la creación de herramientas económico-financieras propias, y los discursos sobre la necesidad de conformar un nuevo mundo multipolar, nos obligan a indagar sobre cuáles son los intereses en disputa y que actores económicos, políticos y estratégico-culturales son parte del conflicto.