La infancia y la adolescencia históricamente han sido concebidas y trabajadas como etapas cronológicas de la vida, en ellas se han hecho carne los más puros juicios adultoscéntricos disciplinares que posicionaron y sujetaron el ser niño/a en un ser minorizado, a un “ser menor”. Esta concepción cronológica de la vida, construye arbitrariamente divisiones entre etapas de la vida referenciadas en edades, las cuales a su vez se convierten en objeto de disputas y manipulaciones, atribuyendo clasificaciones y características a quienes experimentan dicha “etapa” produciéndoles un lugar en la vida y en la sociedad, estableciendo comportamientos, conductas y cogniciones, un orden y una normalidad. De este modo, la infancia se erige como una categoría eminentemente política dentro de la cual habrá distintas disputas de poder, de sentido e imaginarios que se trastocan y chocan entre sí, produciendo al niño/a y al adolescente en objeto de intervención, sobre el cual recaerán y se crearán una serie de dispositivos, mecanismo e instituciones que tendrán como objetivo su regulación a través de los sistemas de protección, educación, salud y de control con el fin de producir al niño/a a la vez que administrar su vida. Así la infancia y la adolescencia se han creado como objeto de intervención y de producción, aún más cuando se trata de las infancias y adolescencias que han sido marcadas por la marginalidad y la exclusión que esta conlleva, más aún si se trata de la vida de niños/as y adolescentes que han sido objeto de violencia y vulneraciones por parte de sus propias familias y por ende de la misma sociedad, vidas y experiencias que han sido catalogadas bajo las categorías de “niño/a vulnerado socialmente” y de/en “riesgo social”.
Ésta ponencia invita a reflexionar y discutir en torno a las infancias marginalizadas y estigmatizadas que han sido objeto de intervención e internación (a partir de las categorías ya mencionadas) por parte del Estado chileno a través del Servicio Nacional de Menores en los Centros de Reparación Especializada (Cread), institución encargada de la reparación y restitución de los derechos vulnerados de los niños/as y adolescentes y de su “reinserción en sociedad”. Sin embargo, como se expondrá, dicha institución opera bajo lógicas que la convierten en una institución de control social, en la cual se busca administrar la vida de los niños/as y adolescentes a partir de la normalización de sus conductas, ocupando el uso y la configuración de los espacios de los centros de internación, la instauración de rutinas, la medicalización de los niños/as y adolescentes y la negación, anulación y control de las emociones como mecanismos de disciplinamiento. Es así, como a través de dichos mecanismos se generan subjetividades en los niños/as y adolescentes, que en vez de superar su condición de “niños/as vulnerados socialmente o en/de riesgo social” termina por reafirmar dicha condición y reproducir la internalización de las practicas a las cuales están expuestos/as en los centros.
Así, aquellas categorías –vulnerado/a o en/de riesgo social- con las cuales fueron constituidos doblemente como objeto de intervención operan como formas de clasificación de una experiencia de vida de un tipo de infancia, que desencadena una serie de dispositivos sobre el niños/a y adolescente que le construyen una serie prácticas de internación que no solo develan una sanción encubierta, sino que constituyen en sí una institucionalización de un tipo de infancia y adolescencia, aquella niñez y juventud que desde el mismo inicio que surge se ve constreñida por las condiciones sociales en las cuales nace: la marginalidad, la pobreza y la exclusión. De modo que estas medidas de internación, construyen un espacio de control social dentro de estos centros donde se despliegan prácticas y discursos que se materializan como un mecanismo de disciplinamiento (Foucault, 2000) que recaen en el cuerpo de los sujetos interpelados, así el cuerpo al ser una herramienta de poder, es objeto de intervención de las instituciones (entendiéndolas en el sentido foucaultiano), de los dispositivos, por ende, el cuerpo también es el espacio que hace posible/factible aquel afuera, aquella exterioridad que busca interpelar a los sujetos para producirlos como tal, como sujetos/sujetados.
Entonces la categorización de los niño/as y adolescentes como sujeto “vulnerado/a o en/de riesgo social” no solo buscan conducir sus comportamientos y sus conductas (materializar su cuerpo), sino que constituyen así una racionalidad disciplinar sobre ellos/as y sus subjetividades. De tal forma, que estas categorías no solo permiten la institucionalización de los niño/as y adolescentes, sino que, desde el mismo momento en que se les judicializa, se les separa de sus familias, y se les categoriza, se les aparta de sus historias particulares a modo de borradura de sus experiencias de vida. Sumado a esto, estas categorías de identificación por un lado, les producen un nuevo espacio físico –las residencias y/o centros- en el cual estarán concentrados siendo susceptibles a ser vigilados, controlados y disciplinados pues estas instituciones funcionan con la lógica del panóptico –en el sentido arquitectónico, físico del lugar- que a través de la configuración y el uso de sus espacios permite una “constante vigilancia”, (Foucault, 2008), puesto que las técnicas disciplinarias también se ejercen en el cercenamiento espacial, la división de zonas y su jerarquización en accesos y permanencias, el control de las inconductas, la vigilancia, el despojo de objetos no autorizados, la reproducción incesante de la rutina y de la irrupción de aquella rutina por la constante contingencia.
Por otro lado, estas categorías de vulnerado/a o en riesgo social también funcionan bajo la lógica del “panoptismo” entendiendo que por este término (a diferencia del panóptico) Foucault (2008), hace referencia a la relaciones de disciplinas que van más allá de una estructura de encierro (como los centros) sino que en su mecanismo mismo constituirían una sociedad disciplinar basada en la vigilancia y el control. Ésta lógica, se haría patente en estas categorías puesto que éstas les otorgan un espacio social y simbólico a los niño/as y adolescentes desde donde podrán ser entendidos, tratados, analizados y vigilados y auto vigilarse al ser situados como “sujetos de encierro”, lo que a su vez les hace factibles de ser separados de la sociedad al ser constitutivos de este “otro” en/de “riesgo”, vale decir, se les hace posible de ser internados en los centros en los que se les garantizará su “protección”, reinserción y resocialización, como si ello/as nunca hubiesen sido parte integral de la sociedad, como si hubiesen estado suspendidos en tierra de nadie. En este sentido y siguiendo las reflexiones ya expuestas se puede entender a la internación, como la confirmación de la expulsión y la producción de subjetividades precarizadas.
De acuerdo a lo anterior, esta ponencia pone su foco en la relación entre las políticas sociales que contemplan la integración social -como una exclusión inclusiva- como un producto de la relación práctica entre las acciones estatales y los individuos de la sociedad, para identificar tensiones en este funcionamiento y articulación. De este modo, esta ponencia busca profundizar en la descripción del funcionamiento de los dispositivos que despojados de sus discursos legitimadores de tales acciones estatales (de inclusión, integración, restitución, reinserción) develan la tensa mecánica de aparatos y mecanismos especializados que producen subjetividades como vórtices que se convierten en objeto de control y dominación productiva, contemplar esta relación da lugar a interrogarse sobre el riesgo de constituirse en agentes de producción de figuras de segregación que toman “cuerpo” como si fueran “norma escrita.